16 de junio del 2018
La Réplica La Réplica La Réplica La Réplica La Réplica



Cada día es más evidente que el capitalismo no funciona para responder a las necesidades de la mayoría de la población y su entorno. Los ejemplos de  esta ineficiencia capitalista son innumerables a escala planetaria, desde la crisis alimentaria que condena a millones de personas ala subnutrición y a la obesidad, a la crisis sanitaria con las farmacéuticas a la cabeza invirtiendo solo allí donde les es más rentable, pasando por la crisis de empleo y precariedad laboral, las crisis económicas recurrentes, las guerras por intereses geoestratégicos y comerciales y la crisis ecológica global con el cambio climático en primera línea.

Sin embargo, a pesar de que se comprueba, a consta de enormes sufrimientos y pérdidas, una y otra vez, que el capitalismo no funciona, en los últimos años hemos visto el resurgir de un “nuevo” reformismo de izquierdas (con base electoral progresista) a nivel internacional, desde Obama a Podemos, pasando por Jeremy Corbin en el Laborismo británico y Syriza en Grecia. Un reformismo que no existiría, no se entendería y que ha capitalizado políticamente movimientos de lucha social como el 15M, las protesta estudiantiles en Reino Unido, o la ola de huelgas en Grecia. Luchas sociales con múltiples causas pero que comparten el haber surgido, de una manera u otra, frente a la crisis económica que comenzó en 2007-8. Este nuevo reformismo es muy diverso en su configuración, articulándose en la aparición de nuevos partidos (ej. Podemos en el Estado español), el crecimiento de partidos menores (ej. Bloco de Esquerra en Portugal, y Syriza en Grecia) o la aparición de nuevos líderes en partidos tradicionales (ej. Obama en Estados Unidos, Corbin en Reino Unido e, incluso, Pedro Sánchez con su oposición a Susana Díaz en el PsoE).

El nuevo reformismo comparte muchas características (incluyendo su propia naturaleza) con el reformismo clásico (la socialdemocracia tradicional) pero, debido al estado tan maduro del capitalismo, las contradicciones y los límites del nuevo reformismo se evidencian más rápidamente que en los periodos de boom del capitalismo. En un capitalismo en crisis de civilización, el reformismo clásico y el nuevo no tienen una estrategia coherente para responder a las necesidades de las clases populares y enfrentar con solidez y garantías, por ejemplo, los recortes sociales para aumentar los beneficios de las clases dirigentes. A pesar de los fracasos clamorosos del nuevo reformismo, cuyo mayor exponente es el gobierno de Syriza y sus recortes sociales draconianos, mucha gente piensa aún que la sociedad puede ser transformada sin necesidad de llevar a cabo una revolución profunda que transforme las bases materiales de nuestras sociedades. Quienes piensan esto, desde posiciones de izquierda, abogan porque formaciones políticas progresistas conquisten el apoyo popular para controlar las instituciones políticas, como los parlamentos y el Estado (la administración, la justicia, la policía, las fuerzas armadas…). Sin embargo, todas las tentativas de introducir medidas sociales profundas y revolucionarias desde los parlamento han fracasado más o menos estrepitosamente. Recordemos, por ejemplo, el golpe de Estado frente al gobierno de Salvador Allende en Chile en 1973. El reformismo en periodos no revolucionarios frena luchas sociales, en periodos revolucionarios conduce a la tragedia social. Podría decirse que el reformismo intenta el “socialismo desde arriba” mientras que las posiciones revolucionarias consecuentes luchan por el “socialismo desde abajo”. Por eso el estalinismo es reformista, más allá de retóricas más o menos encendidas.

El debate sobre reforma o revolución viene de lejos. Por ejemplo, la revolucionaria Rosa Luxemburgo se enfrentó a la dirección del Partido Socialista Alemán (SPD) a finales del siglo XIX, con Eduard Bernstein y su libro ‘Los problemas del socialismo’ a la cabeza, por la necesidad de una orientación revolucionaria para superar el capitalismo. La historia le da dado la razón a Luxemburgo y su folleto ‘Reforma o Revolución’ y a otras muchas revolucionarias, mostrando que hay, al menos, tres razones por las cuales el reformismo está condenado a fracasar:

1.- Mientras las mayorías progresistas en los parlamentos van gradualmente introduciendo medidas socialistas, el poder económico continúa en manos de las clases dominante que siguen manteniendo gran parte del poder real con el que atacar a gobiernos progresistas. Por ejemplo, el gobierno de Allende en Chile enfrentó varios boicots por parte de los grandes empresarios, como le ocurre actualmente al gobierno reformista de Nicolás Maduro en Venezuela.

2.- La segunda razón por la cual el capitalismo no puede ser reformado se debe al hecho de que la maquinaria estatal (la policía, el ejército, el poder judicial, los servicios públicos, las empresas públicas) no es “neutra”. Fue construida por los capitalistas de arriba hacia abajo, para preservar la sociedad capitalista. La cuestión no es “¿Quién manda en el ejército?” sino “¿Quiénes son esos generales?”. La repuesta: individuos vinculados con quienes manejan los grandes negocios, pertenecen a los mismos clubes, ejercen las mismas funciones sociales, comparten las mismas ideas. Un gobierno realmente progresista tendrá que enfrentar, en minoría si no hubiera grandes luchas en las calles y centros de trabajo, esta maquinaria estatal que impulsaría el boicot a sus medidas, cuando no, directamente, la destrucción del gobierno.

3.- Por otro lado, la democracia parlamentaria mantiene mecanismos que impiden que cualquier movimiento revolucionario pueda tomar forma a través de ella. Las dinámicas parlamentarias burguesas rebajan y ralentizan las exigencias de las luchas sociales, haciendo que si finalmente se aprueben sean reformas de menor entidad que las exigidas desde las calles. Además, y más importante, una reforma conseguida en los parlamentos no conlleva, o en el mejor de los casos rebaja, la lucha desde abajo. Un proceso esencial para superar el capitalismo en el que se dan la autoorganización de la gente trabajadora y clases populares, así como el avance social a nivel psicológico e intelectual de quienes luchan. En Francia hace 50 años, el gobierno conservador del General de Gaulle usó las elecciones en este sentido, para debilitar las luchas sociales. Los partidos reformistas y los sindicatos plantearon a las y los trabajadores que pusieran fin a sus huelgas, cundió el desánimo, y De Gaulle venció en las elecciones.

Como dijo Marx, “las ideas dominantes son las ideas de la clase dominante”, pero a pesar de esto, repetidas veces en la historia del capitalismo han surgido movimientos revolucionarios: Francia en 1871, Rusia en 1917, Alemania y Hungría en 1919, Italia en 1920, España y Francia en 1936, Hungría en 1956, Francia en 1968, Chile en 1972-73, Portugal en 1975, Irán en 1979, Polonia en 1980, Egipto en 2011… La explicación para estos levantamientos reside exactamente en la propia naturaleza del capitalismo, un sistema que tiende a las crisis y a atacar de manera conjunta a los y las trabajadoras. Esto favorece que las personas que integran la clase trabajadora se vean reconocidas unas en otras, se establezca solidaridad y se unan para luchar colectivamente, avanzando a nivel social en autoorganización e ideológicamente. El capitalismo les impulsa a luchar aunque tengan muchas ideas favorables al capitalismo. El propio capitalismo crea las condiciones para un conflicto de clase que abre la mente de los trabajadores a ideas totalmente opuestas a aquellas que ese mismo sistema les enseñó. Y cuando las luchas meramente económicas (salario, jornada laboral, empleo, etc.) incorporan reivindicaciones políticas (dimisión del gobierno, derogación de una ley, puesta en duda del derecho a la propiedad privada, socialización de los medios de producción, gestión cooperativa, etc.) se abre la puerta a la lucha revolucionaria. En entonces, cuando el reformismo intenta desviar las luchas sociales colectivas hacia la acción parlamentaria e institucional de unos pocos.

En el contexto actual de aparición de un nuevo reformismo cargado de contradicciones, unido a las fuertes desilusiones que conlleva, la existencia de organizaciones revolucionarias que expongan y practiquen claramente la vía revolucionaria es clave. Mantener vivas las ideas y la tradición de lucha revolucionaria es esencial porque serán muy útiles de nuevo, en los venideros estallidos sociales. Una práctica revolucionaria sin sectarismos hacia el reformismo, con el que debe luchar codo con codo, pero con las ideas claras para no caer en sus cantos de sirena. Una práctica revolucionaria unida a las luchas sociales, que conecte temas locales con temas globales, radicalizándolas. Una práctica revolucionaria con los pies en el suelo que es la mejor luchadora por las reformas porque sabe cómo impulsar las luchas, no se conforma con las migajas y apuesta por procesos revolucionarios que traen muchas y profundas reformas.

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Profesor de Ecología, delegado del S.A.T. en la Universidad de Sevilla y miembro del círculo Macarena y miembro del Colectivo Acción Anticapitalista.
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