13 de diciembre del 2017
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Este artículo proviene de Reivindicando el habla andaluza (I)

Quienes tenemos ya unos años, siempre hemos recordado con tristeza como, desde pequeños, en la escuela, se nos prohibía hablar en nuestra lengua nativa, con la que nos comunicábamos en nuestra casa con nuestros padres y hermanos, y en nuestras calles con nuestros vecinos y amigos. El habla andaluz era tachada de vulgar, propia de personas incultas y, por tanto, si queríamos “ser alguien”, teníamos que abandonarla y usar el castellano culto como las personas de alto calado social.

El habla andaluza era considerada como una característica del más bajo estatus social de quienes vivíamos al sur de los Despeñaperros. Era algo así como un elemento definitorio de los sectores más empobrecidos social y culturalmente de Andalucía. Lo peor era que muchos andaluces, incluso de los más marginados, nos creíamos este sambenito y nos esforzábamos en hablar “fino” ante nuestros maestros y personas con reconocimiento social en nuestros pueblos, con el fin de evitar que nos dejaran en ridículo públicamente, tachándonos de ignorantes e incultos.

Por este motivo, me enojó la imagen que dio el programa de Antena 3 titulado El Hormiguero, cuando su presentador, el Sr. Pablo Motos, se metió en el papel de académico ilustrado para reprimir al Sr. Sarriá, superviviente del dúo “Sacapuntas”,  por su “mal castellano” y por hablar en andaluz y todo porque no había pronunciado las eses.  El humorista malagueño quedó atónito por la reprimenda pública del Pablo Motos debido a expresarse en su habla andaluza natural, como si eso supusiera una enorme dificultad para entenderlo. Finalmente, el presentador acabó humillando al humorista al obligarle a hablar en “castellano” frente a la audiencia.

Con ello, no demostró otra cosa que ser un perfecto inculto por no conocer las características de un habla, como la andaluza, que ya en su día el eminente escritor Gonzalo Torrente Ballester declaró durante una conferencia, que “los andaluces son los que mejor hablan el castellano, con independencia de su pronunciación”. Para el escritor gallego, afincado en Salamanca, “la riqueza léxica y sintáctica de los andaluces es extraordinaria”, sobre todo en las clases populares. “Cuando voy a Andalucía y caigo al lado de un grupo que está hablando me quedo turulato. En Andalucía están vivas una serie de palabras y de expresiones que han muerto en el resto de España. Es el suyo el arte de burlarse de la gramática para que la frase sea más expresiva“. Y esto lo dice sin rubor y con total convencimiento todo un académico que, no es andaluz de nacimiento sino gallego, pero que no tiene complejo en admitir la riqueza en otra manera de hablar.

Lo negativo fue ver a otros andaluces allí presentes, como los integrantes del dúo cómico Los Morancos, no alzar su voz echando en cara a Pablo Motos su incultura al denigrar un habla, como la andaluza, con la historia y la riqueza que tiene atesoradas.  Así nos va, si no defendemos lo nuestro con orgullo y razonamientos, estaremos propiciando que los andaluces pasemos por incultos y vulgares, entre otras cosas porque usamos un habla propia que, en público, hay que corregir por un “correcto castellano”. ¿Cabe mayor cinismo?

Fotografía: Getty Images/Ulf Andersen.

Ciertamente la literatura y, en concreto algunos escritores andaluces, no han contribuido a prestigiar el habla andaluza. Se ha asociado casi siempre a lo cómico, al sainete o a la zarzuela, en boca del gracioso  de turno, identificando lo andaluz con el bandolero o el personaje de bajo nivel cultural. Para algunos, su problema con el habla andaluza es una simple cuestión de clasismo. Los andaluces, sin embargo, no nos resignamos a ser los “graciosos”, los que alegramos la reunión con nuestros chistes y anécdotas, los que pasamos por incultos o pobretones. Estamos orgullosos de nuestros rasgos identitarios y usamos nuestra lengua como signo de nuestra cultura milenaria.

Lo que echamos de menos es que la lengua andaluza y su cultura no esté lo suficientemente apoyada por las instituciones de nuestra tierra y los políticos no se vuelquen en prestigiarla. Pese a que los documentos oficiales están llenos de frases donde se reconocen la singularidad de nuestra lengua dentro de los valores de nuestra cultura y patrimonio histórico, más allá no ha existido voluntad política para concretar esa teórica en actuaciones que favorezcan su desarrollo. La enseñanza en la escuela sigue marginando la lengua andaluza y como ésta se considera como una forma del “mal hablar”, se favorece entre los alumnos su abandono porque lo “culto” es no emplearla por su “vulgaridad”. Y no digamos el escaso eco que tiene nuestra lengua en la Televisión Andaluza, Canal Sur, con escasa labor pedagógica y constructiva, y que reduce lo andaluz a atiborrarnos con cantes y bailes por “sevillanas” y poco más.

Por ello, estimo necesario que el Gobierno Andaluz cree un organismo donde no solamente se estudie nuestra historia; sino que se vaya articulando la estructura que vaya definiendo aquellas características propias de nuestra lengua, en forma de dialecto o modalidad que nos orgullezca a los andaluces su uso, y la prestigie como uno de los signos enriquecedores de nuestra contribución al acervo universal.

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Emilio López Pizarro

Jubilado. Fue periodista durante una breve temporada y funcionario público casi toda la vida. Hombre de bien. Es progenitor de los creadores de La Réplica.

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    2 Réplicas

  1. Jesús

    Muy de acuerdo en la reivindicación de la riqueza idiomática de las hablas andaluzas, no existe un habla por definición, sino que Andalucía occidental tiene un cierto parecido en su habla, mientras que Andalucía oriental es totalmente diversa. No tiene apenas relación el habla de un oriundo de la vega granadina con la de un sileño jienense. Todo esto viene a cuento del intento de monopolizar y uniformar todo el territorio andaluz bajo el habla sevillana, a la que muchos encontramos igual de extraña que el habla castellana.

  2. María

    Pablo Motos se equivoca más que una escopeta de caña. Otra cagada más del presentador éste que intenta hacer la gracia y acaba de ignorante.

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