19 de septiembre del 2017
La Réplica La Réplica La Réplica La Réplica La Réplica



Que España sigue siendo ese trozo de planeta por donde cruza errante la sombra de Caín, no es nada nuevo. La alargada sombra del hermano matando a su hermano sigue presente en nuestros días como un espectro que acecha nuestra historia más reciente. Nada parece haber cambiado en 40 años con esta “verdad a medias” llamada Democracia y que, como toda verdad a medias, al final, no es más que otra mentira.

Aquí no hemos arreglado nada desde la muerte del dictador, porque esa “dulce” píldora que tuvimos que tomar en el 78 en forma de Constitución no fue más que una medicina de silencio, que si bien trajo avances en libertades y convivencia, no cerró nunca la herida de cuarenta años de represión franquista.

Algunos me diréis que soy un pesimista, que hemos aprobado una ley de Memoria Histórica que pretende resarcir a los caídos, a los represaliados, a los perdedores. Pero desgraciadamente la ley de Memora Histórica, aunque necesaria, es una ley de perdedores, hecha por los perdedores. Una ley que los ganadores, los herederos del franquismo, se la siguen pasando por el forro de los pantalones sin ningún tipo de pudor.

El último signo de desprecio a los que lucharon por la libertad durante la Guerra Civil y la dictadura ha sido el discurso que el pasado miércoles dio el Rey Felipe VI para conmemorar los 40 años de las elecciones generales del 15 de junio de 1977. Nuestro monarca, como antes lo hizo su padre, volvió a vendernos la Transición como ese marco político celestial de reencuentro y reconciliación de las dos Españas, cuando no fue más que la claudicación de una de esas Españas frente a la otra. De nuevo Caín matando a Abel, pero esta vez suavemente, sin quijada de burro. Caín anulando a su hermano a base de silencio y de mantener la cabeza gacha frente al vencedor.

Fotografía de Europa Press

El discurso de Felipe VI fue, además de una crónica totalmente sesgada e interesada de nuestro pasado, un insulto a las miles de almas enterradas en las cunetas y a las miles de familias que no sienten que en España haya habido reconciliación alguna, porque no puede haber reconciliación sin la recuperación de la memoria y de la justicia. ¿No podemos de una puñetera vez poner a cada uno en su sitio y empezar a llamar víctimas a unos y a otros verdugos? ¿No podemos tratar de encontrar la verdadera concordia y reconciliación acabando con 40 años de impunidad de los que asesinaron y usaron la tortura como modo de gobierno?

Está claro que eso no se consigue con discursos como los de su majestad y muchos menos dando medallitas a tipos como Martin Villa, un franquista perseguido por la Justicia argentina por crímenes durante la dictadura. Pero ¿qué podemos esperar de una institución como la monarquía española que después de 40 años sigue manteniendo ese mismo discurso de que la reconciliación fue posible gracias a la “Sagrada Transición”?

Foto de Atlas

Yo sólo viví diez días de franquismo. Nací un 10 de noviembre de 1975, diez días antes de la muerte del dictador. Pero parece que aquí no ha pasado nada en estos cuarenta años. Que yo sepa, en mi familia más directa no hubo víctimas del franquismo. Pero os voy a decir una cosa. Yo me “pongo en el pellejo” (como se dice mucho por mi tierra) de la gente que perdió a su padre, a su madre, a sus hermanos o a cualquier familiar durante esos años de horror y se me levantaría el estómago viendo cómo el Jefe del Estado de mi país, después de cuarenta años de democracia, le soltaba la medallita a Martín Villa y más tarde hablaba de reconciliación de esas dos Españas del poema de Machado. Y para más inri al monarca se olvidó que fue una sola España la que lloró y perdió, la España de los republicanos, la de los luchadores por la verdadera democracia, esa que un 18 de julio de 1936, unos golpistas vinieron a cortar de raíz en nombre del orden y la patria.

Lo siento por ser tan pesimista. Pero aquí no ha cambiado nada. Los hijos de los perdedores siguen viendo cómo Franco sigue riéndose de ellos desde un mausoleo construido con sangre de los vencidos, con la sangre de sus padres. Los herederos de los perdedores siguen viendo cómo se les da homenajes con dinero público a los asesinos de sus familiares o cómo en un entierro al que asiste un ex ministro del PP, tenemos que soportar a cuatro camisas azules cantando el “Cara el Sol”. Los hijos de los vencidos todavía tienen que pasear por su pueblo o su ciudad y seguir viendo los nombres de los verdugos en los rótulos de las calles. ¿Es eso reconcialición?

Algunos dirán que la cosa está cambiando. Pero yo mire por donde mire veo que casi todo sigue igual. “Nada nuevo bajo el sol” o más bien, por desgracia, aquí seguimos “cara al sol”. Los únicos que hablan de reconciliación son los herederos de los vencedores, los que ahora gobiernan nuestro país, los que no ponen un euro en los Presupuestos Generales del Estado para la Ley de Memoria Histórica porque les trae al fresco eso de la restauración de la dignidad de las familias de los represaliados, que para eso ganaron la guerra.

¿Reconciliación, Majestad?… Aquí lo único que ha habido en cuarenta años ha sido claudicación. Y siempre por parte de los mismos.

 

La fotografía es de EFE.
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Manuel Tirado Guevara

Profesor de Lengua y Literatura. Concejal de Podemos en el Ayuntamiento de San Juan del Puerto (Huelva)

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