16 de octubre del 2017
La Réplica La Réplica La Réplica La Réplica La Réplica



Mientras Felipe VI pronunciaba un discurso que parecía dictado por Mariano Rajoy y su cúpula de gobierno, una tremenda cacerolada sonaba en toda Barcelona.

La metáfora perfecta de lo que está sucediendo en España y Cataluña.

Si alguien, alguna vez, pensó que Felipe VI iba aprovechar la ocasión para buscar su propio 23F, si alguien tuvo la más mínima esperanza de que apelaría al diálogo y la concordia entre conciudadanos y entre sus pueblos, si alguien fantaseó con que actuaría como mediador y apaciguaría el conflicto abierto entre estado central y la autonomía, estaba muy equivocado.

No nos engañemos, existían precedentes que no invitaban al optimismo. Hace tan solo unos meses, durante el 40 aniversario de la democracia, Felipe VI  no tuvo un gesto hacia las minorías, no hizo alusión a las diferentes sensibilidades que hay en el territorio español, no hizo guiño alguno a las clases populares y a duras penas, sólo a duras penas, pronunció por primera vez la palabra dictadura, 40 años después de la muerte de Franco. Su incapacidad de leer los avances sociales es más que palpable. 

Hoy, el rey sacó a relucir su faceta más hooligan y despachó a gusto culpando al Govern de la situación acontecida en Cataluña, sin la más mínima mención a la nefasta gestión del Partido Popular, sin aludir a los heridos, sin asumir que lidera una corona corrupta que huye hacia delante, sin hablar de la obsoleta Constitución, haciendo caso omiso a la reivindicación que miles y miles de personas están expresando en Cataluña y comportándose como un Rafael Hernando más, banderita en mano y testículos sobre la mesa. Constitución, españoles, ley y orden. Nada más que eso.

Y la Generalitat, que al menos fue elegida democráticamente y representa a más de la mitad parlamentaria de un pueblo: inadmisible, inaceptable, irresponsable.

La parcialidad de su actuación, que induce a la aplicación del artículo 155 y estrecha el margen de diálogo, solo esconde un sentimiento. Miedo. El rey sabe que su tiempo se agota y actúa como un hombre desesperado, acudiendo a sus fieles. El búnker constitucional es aún considerable y tiene muchos apoyos, pero qué duda cabe que su popularidad está a años luz de los buenos tiempos de Juan Carlos I. Si el rey no responde a los complejos y poliédricos problemas institucionales, si no guía cuando sucede una crisis económica -más bien se aprovecha de ella- ni asume un papel de concordia en un momento de confrontación ni resuelve los problemas territoriales ni le quiere la gente -más próxima hoy día a la indiferencia-, ¿para qué queremos rey? El mayor enemigo del rey no es el movimiento republicano, incapaz de articularse con éxito, es el propio rey. Su adhesión a las élites, sus discursos de memoria, su compi yogui, su nula independencia, así lo atestiguan.

Hoy se ha quitado la careta y refugiado en su trinchera, con una apariencia dura y contundente, pero con un obvio mensaje de fondo: El rey más preparado, se prepara para su declive.

 

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Escritor y Social Media Manager. Ha publicado artículos culturales para medios como La Marea, Secretolivo, Perarnau Magazine o La Voz del Sur. Ha escrito el libro Yo, precario (Libros del Lince 2013), Hijos del Sur (Tierra de Nadie 2016) y Juan sin miedo (Alkibla 2015). Ha sido traducido al griego y al alemán. En 2014, creó La Réplica, periodismo incómodo.
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    4 Réplicas

  1. xavier

    Me parece un excelente articulo y muy acertado con lo que representa y lo mas importante a quien representa realmente el rey, solo representa al palco del Bernabeu y sus ganas de seguir siendo conisionista como su padre

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