14 de noviembre del 2018
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Podría pensarse, a simple vista, que Rick y Morty (Dan Harmon y Justin Roiland, 2013) es una más de estas series de animación irreverentes que pugnan por emitir la barbaridad más grande en la pequeña pantalla. Ya saben, algo tipo Padre de Familia, South Park o BoJack Horseman. No es así. Es mucho, muchísimo más. Esta inicial parodia de Regreso al Futuro (Doc y Marty) de velocidad supersónica y estructura anárquica e impredecible es una de las grandes noticias de la ciencia ficción en la presente década. Es una obra de una imaginación prodigiosa, que usa un humor que mezcla lo escatológico, lo gore, lo surrealista y lo mundano con pinceladas de pura y dura ciencia, innumerables y cifrados homenajes a la cultura pop y críticas feroces a nuestro mundo tal y como lo concebimos hoy.

La serie es una enmienda a la totalidad de nosotros mismos: de nuestros sistemas políticos, de nuestra moralidad y de los entramados culturales que artículamos. Nos enmienda haciéndose valer no pocas veces de un relativismo de corte nihilista, casi trágico. Pero no se trata de una crítica burda y ligera, la encontramos sibilinamente sumergida en un torbellino de acciones y reacciones que ingenia Rick para más tarde materializarlas con Morty, su nieto preferido (quién lo diría) y la pieza clave para ocultarse de sus problemas interdimensionales.

Un sinfín de aventuras en ilimitadas realidades de este multiverso van dibujando poquito a poco a los personajes principales, sus motivaciones y su relación: un Rick cada vez más perverso, crápula, inteligente y poderoso, y un Morty desgraciado, perdedor, trágico: un pelele que parece saber más de lo que aparenta. Son los protagonistas de un universo repleto de personajes tan grotescos como desternillantes, en el que la trama gira alrededor de una familia americana de clase media (clara influencia de Los Simpsons) que combinan la cotidianidad con grandes aventuras cósmicas.

No hay escenario del que no podamos escapar ni versión nuestra imparodiable que podamos dejar atrás parece querer decirnos la serie Rick & Morty en sus tres cortas y jugosas temporadas; una deliciosa, socarrona e inteligente forma de evadirnos de una realidad, la nuestra, de la que cualquier vía de escape, por pequeña, absurda e insólita que sea, es razonablemente válida.

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Periodista. Codirector de La Réplica.

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