19 de octubre del 2017
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 El surgimiento del cristianismo durante las primeras décadas de nuestra era supuso una revolución esencial dentro de la estructura social y política del Imperio romano tardío. Como señala Kovaliov, el fracaso de los movimientos revolucionarios de finales de la República propició la extensión de la nueva religión. En efecto, incapaces de desprenderse del yugo  de la Roma esclavista, las clases bajas tomaron el narcótico de la nueva religión, pues “la situación de los sectores populares de la sociedad romana era tan triste y su conciencia de clase tenía tan poco desarrollo, que la nueva religión conquistó el Imperio en el curso de dos siglos” (Kovaliov, 1979, 800).

Desde la óptica del paganismo, el cristianismo supuso una auténtica revolución del pensamiento. Frente al panteón clásico se afirmó el monoteísmo, frente a la noción de la ciudadanía romana se alzó el espíritu universal y católico, de modo que la nueva religión iba dirigida a todos los pueblos y gentes sin distinción de ninguna clase. Asimismo, el determinismo clásico propio de la tragedia griega, donde el destino de Edipo Rey resulta ineludible, es sustituido por el “libre albedrío”, la posibilidad del hombre de elegir su camino. Por otra parte, y como un elemento esencial, el concepto de persona se extendió a todos los seres humanos, incluyendo así a los esclavos, considerados meros bienes.

Vestidos con este aparato ideológico resulta obvio que los primeros cristianos suscitaran recelos y murmuraciones entre la población y, como fuera que sus ritos eran desconocidos y se celebraban en la clandestinidad, resultó frecuente encontrar testimonios que pretendían acusar a los cristianos de todo tipo de crímenes. Así, según el orador Marco Cornelio Frontón, maestro y tutor de Marco Aurelio, los cristianos, bebidos y en la oscuridad, practican aleatoriamente el acto sexual, sin evitar el incesto. Asimismo, corren rumores de que en su liturgia los cristianos sacrifican a los niños y los devoran, aunque de ello no exista prueba alguna, como se encarga de señalar el apologeta latino Tertuliano, “¿dónde están los pesquisidores que al niño del sacrifico le oyeron sollozar? ¿Quién reservó ensangrentadas las bocas de cíclopes y sirenas para que el juez no vea entre los dientes la sangre? (Teja, 1990, 84).

Desde otro punto de vista, para los autores latinos de la época, como Luciano de Samósata, los cristianos no dejan de ser unos fanáticos religiosos dispuestos a creerse a cualquier impostor, como es el caso del famoso Peregrino quien difundiendo la nueva doctrina y encarcelado recibió una importante cantidad de dinero de esta gente y que, sin embargo, fieles a su fanatismo, lo rechazaron después al verle comer alimentos prohibidos.

No obstante, no ha de creerse que los cristianos despertaran en los primeros tiempos de la religión grandes preocupaciones en el ámbito del poder político. De hecho, ni por su número ni por sus actividades recibieron especial atención.

Durante los Antoninos, es decir, a partir del siglo II de nuestra era, la hostilidad y el odio hacia los cristianos aumentó, planteándose qué hacer con ellos. En el rescripto de Trajano, emitido para dar respuesta a la consulta planteada por su amigo Plinio el Joven, afirma el emperador tajantemente que los cristianos solo pueden ser perseguidos por denuncias privadas y que no se les busque. De hecho, Plinio los culpa únicamente de ateísmo y de superstición ilícita. En el rescripto de Adriano, dirigido al procónsul de Asia Minicio Fundano, el emperador no accedió a las peticiones de los cristianos, pero mandó castigar a los calumniadores, reforzando la normativa de Adriano. En el rescripto de Antonino Pío se condena ya el simple hecho de ser cristiano, como lo demuestra el martirio de Telesforo, pero no se ordena su persecución. De hecho, “podemos afirmar que la política dictada por Trajano, Adriano y Antonino Pío con respecto a los cristianos se caracteriza por la tolerancia, que se deriva, de un lado, de la propia ambigüedad de sus disposiciones y, de otro, de la explícita prohibición de proceder por parte de los gobernadores, a los que se dirigen los rescriptos, a la persecución de los cristianos” (González Román, 1981, 231).

Con Marco Aurelio y Cómmodo se intensifica la condena del cristianismo, no obstante lo cual no puede hablarse de persecuciones sino que, todo lo más, se condena a los cristianos por una culpa individual. Incluso al final del gobierno de Marco Aurelio y durante los años de Cómmodo, se llegó a un entendimiento entre Iglesia y Estado. Como señala el profesor Blázquez, “se intentó, poco a poco, integrar a los cristianos en la vida pública; a partir de ese momento se documentan cristianos desempeñando cargos públicos, existiendo, en la práctica, una tolerancia religiosa hacia el cristianismo” (Roldán J.M. et al. 2009, 491). Como gráficamente nos dice Mary Beard “de vez en cuando, durante los dos primeros siglos de nuestra era, las autoridades romanas castigaban a los cristianos. En este período no había persecuciones generales ni sistemáticas, no hubo indicio de ello hasta mediados del siglo III d. de c.” (Beard, 2016, 552). En dicho siglo, no obstante, se produce un importante cambio de actitud y se producen persecuciones de cristianos. Debido probablemente a la decadencia del Imperio, uno de cuyos momentos más lamentables, explica Gibbon, fue su venta en pública subasta por la guardia pretoriana a un insensato senador llamado Didio Juliano en el año 193, los cristianos empezaron a ser vistos por el poder político como una amenaza para la cohesión. Así, Decio, restaurador del paganismo, perseguiría a los cristianos por no cumplir con los ritos y, posteriormente, Valeriano, en plena crisis económica y social, confiscaría los cementerios, mandaría matar a todos los eclesiásticos detenidos y a senadores y caballeros cristianos. De este modo, los apóstatas perdieron sus bienes y su estatus social. Con Galieno volvería la a afirmarse la licitud de derecho y de hecho del cristianismo. Durante cuarenta años, hasta la Gran Persecución de Diocleciano, existió una coexistencia pacífica Iglesia-Estado.

Llegados a este punto resulta preciso poner de manifiesto, antes de entrar en las conclusiones que se derivan del relato de hechos precedente, que el cristianismo se anunció, desde el inicio, como una religión intransigente y proselitista. Si analizamos lo que pudo pensar el poder político sobre ella podemos recoger, como testimonio de ficción que reviste una cierta verosimilitud, las palabras de Margarite Yourcenar en sus Memorias de Adriano:

“Por aquel entonces Cuadrato, obispo de los cristianos, me envió una apología de su fe. Había yo tenido por principio mantener frente a esa secta la línea de conducta estrictamente equitativa que siguiera Trajano en sus mejores días; acababa de recordar a los gobernadores de provincia que la protección de las leyes se extiende a todos los ciudadanos, y que los difamadores de los cristianos serían castigados en caso de que los acusaran sin pruebas. Pero toda tolerancia a los fanáticos los mueve a creer que su causa merece simpatía (…) Bajo esa inocencia recatada y desvaída adivinaba la feroz intransigencia del sectario frente a formas de vida y pensamiento que no son las suyas, el insolente orgullo que lo mueve a preferirse al resto de los hombres y su visión voluntariamente deformada” (Yourcenar, 1982, 234-236).

En consonancia con lo expuesto podemos apuntar una serie de ideas básicas. Y así, la tolerancia hacia el culto cristiano, fuera de los lógicos recelos que la incultura y el desconocimiento provocaban en la plebe, fue una constante durante los dos primeros siglos. Solo cuando se agudizó la decadencia del Imperio, el cristianismo fue visto como enemigo del poder político debido, precisamente, a la intransigencia que mostraban los cristianos hacia los cultos paganos. Por otra parte, no hay que olvidar, y así se ha apuntado, que el cristianismo pretendía extenderse por todo el Imperio y su proselitismo era tan manifiesto que, inclusive Cuadrato, obispo de los cristianos, quiso convertir al emperador, hecho histórico que recoge Marguerite Yourcenar en su ficción. Es decir, el cristianismo no solo era un rito que profesaban sus creyentes, sino que aspiraba a impregnar con su ideología todos los rincones del Imperio. En este contexto, las persecuciones y tolerancias podían ser interpretadas en clave política, máxime cuando el propio concepto de ser humano, defendido por la nueva religión, resultaba tan disímil con respecto a la visión romana, que consideraba al esclavo, por ejemplo, un mero semoviente.

 

Bibliografía.

-Beard, M. (2016). SPQR. Barcelona: Editorial Crítica.
-Del Hoyo, J. (1990). Espacio, Tiempo y Forma, Serie II, Hª Antigua, t.3, págs. 183-198
-Gibbon, E. (2005). Historia de la decandencia y caída del Imperio romano. Barcelona. RBA Coleccionables.
-González Román, C. (1981). Problemas sociales y de política religiosa: a propósito de los rescriptos de Trajano, Adriano y Antonino Pío sobre los cristianos. Memorias de Historia Antigua, 5, 227–242.
-Kovaliov. (1979). Historia de Roma. Madrid: Akal.
-Roldán J.M., Blázquez J.Ma, D. C. A. (2009). Historia de Roma II. Barcelona: RBA Coleccionables.
-Teja, R. (1990). El cristianismo primitivo en la sociedad romana. Madrid: Istmo.
-Yourcenar, M. (1982). Memorias de Adriano. Barcelona: Edhasa.

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Escritor y letrado de la Seguridad Social. Leo, reflexiono. Me disgusta el clasismo, muestra de superficialidad e ignorancia. Mi referente es la honestidad, mi fin el comportamiento ético. La Administración española es estructuralmente corrupta. Replicar es más necesario que nunca.

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