18 de octubre del 2017
La Réplica La Réplica La Réplica La Réplica La Réplica



Abordar con garantías la historia de Roma no supone, únicamente, el estudio de los grandes hechos y de los grandes nombres. Junto a ellos, y en un lugar que no debemos considerar marginal, discurre la vida de millones de seres humanos que formarían, en palabras de Unamuno, la “intrahistoria”, definida por la Real Academia Española como “vida tradicional que sirve de fondo permanente a la historia cambiante y visible”.

Esta vida tradicional, protagonizada por los ciudadanos corrientes y caracterizada por su ahistoricidad, afectó al 99,5% de la población, es decir, a la abrumadora mayoría de ciudadanos del Imperio quienes, bajo el nombre de humiliores (seres inferiores), vivían un día a día muy distinto al del 0,5% restante, honestiores (los más honorables). Esta distinción, fundada en criterios económicos, no agota, no obstante, todas las categorías posibles, pues dentro de los humiliores, un 25% pertenecía a lo que hoy denominaríamos “clase media”, formada, entre otros, por colectivos tales como modestos terratenientes, mercaderes o artesanos. A continuación, intentaremos aprehender las características más relevantes de esta abrumadora mayoría de ciudadanos tratando de contextualizar el medio en el que se desarrollan sus vidas.

Frente al “mundo de la seguridad” con que Stefan Zweig bautiza a la Europa anterior a la Primera Guerra Mundial, donde “todo lo radical y violento parecía imposible en aquella era de la razón” (Zweig, 2006,18) el mundo del Imperio romano se caracteriza por la violencia y la inseguridad. El hombre corriente practica la violencia con sus hijos, con sus esclavos e, incluso, con su esposa. Asimismo, frecuentemente, las disputas callejeras acaban en peleas y encontronazos físicos, el bandidaje puede convertirlo en víctima de cualquier asalto y los espectáculos a los que asiste se encuentran impregnados de sevicia.

En este contexto, el recurso a la ley, recurso que pudiera, aparentemente, ser reparador de dicha violencia, se encuentra ausente e, incluso, los hombres corrientes la evitan. No en vano, el sistema judicial romano está construido por la élite y para la élite, de modo que quien no goza de amicitia ni del apoyo de personas poderosas, clientela, puede resultar perjudicado por decisiones arbitrarias. De modo que “el sofisticado” edificio del derecho romano, a pesar de su extraordinaria pericia a la hora de formular principios y normas legales, decidir temas de responsabilidad y establecer derechos de propiedad y contrato, tuvo poco impacto en las vidas de aquellos que no pertenecían a la élite y ofrecía poca solución a sus problemas (Beard, 2016,496). Así, frente a la incerteza de la ley el hombre corriente prefiere la seguridad de la superstición, la fe en el hechizo, la certidumbre de la conjura, sin duda instrumentos más reconocibles y menos abstrusos que los regidos por un derecho extremadamente formalista y que favorece los intereses de personajes como Craso quien “como veía” que los incendios y los derrumbamientos eran un mal endémico e inevitable en Roma -debido a que los edificios eran muchos y muy pesados-, compró esclavos arquitectos y constructores. Luego, se dedicó a comprar los edificios incendiados y los próximos a éstos, pues los propietarios se los cedían a bajo precio a causa de su temor e incertidumbre; de manera que la mayor parte de Roma estaba en sus manos  (Plut.Cras.II,5). En este contexto, pues, puede interpretarse como más racional acudir a lo irracional dado que el sistema protege a quien “utilizó las desgracias públicas como su mayor fuente de ingresos” (Plut.Cras.II,4).

El romano corriente presenta un sistema de creencias conservador en el que el matrimonio es visto como algo bueno. Valora la fidelidad, la castidad y el trabajo duro. La ambición, si no cae en el exceso, es positiva, el autocontrol resulta necesario, de modo que la embriaguez está mal vista. Los juegos de azar en los que se cruzan apuestas están muy restringidos, el juego de los dados es la antesala de la delincuencia, aspecto este que, sin embargo, forma parte de la visión de la elite romana, pues “en un mundo en el que la jerarquía de riqueza había estado siempre en correlación con el poder político y el estatus social, la posibilidad, aunque remota, de que se trastocara el orden establecido por un dinero obtenido únicamente del azar era peligrosamente perturbadora” (Beard, 2016,490). La elite siempre intentó controlar el juego y limitar la responsabilidad legal por las deudas contraídas, cuestión que, por cierto, todavía se refleja en nuestro código civil, donde el artículo1789 afirma que “La ley no concede acción para reclamar lo que se gana en un juego de suerte, envite o azar; pero el que pierde no puede repetir lo que haya pagado voluntariamente, a no ser que hubiese mediado dolo, o que fuera menor, o estuviera inhabilitado para administrar sus bienes”.

El ciudadano corriente no tiene acceso a la cultura, los libros son caros y la educación, como proceso pedagógico reglado, no forma parte de su vida. Esta carencia se suple a través de la sabiduría popular entendida como colección de enseñanzas, dichos y remedios que nacen de la experiencia de las personas y que son transmitidas de generación en generación. La transmisión oral de estas enseñanzas resulta imprescindible como eje para vertebrar el aprendizaje y el anclaje de los ciudadanos más humildes en la sociedad que les ha tocado vivir. Alejados de los ideales estoicos de la apatheia y la ataraxia, “las autoridades más citadas por el pensamiento popular son, en este orden, los Siete Sabios, Esopo y Sócrates” (Knapp, 2011, 125).

Los Graco, ¿El Podemos de la antigua Roma?

Políticamente, si bien los ciudadanos pobres no contaban con un credo como el marxismo que pudiera articular su descontento ante la magnitud de la desigualdad económica extrema de la vida romana, no podemos obviar que durante la República Libre los conflictos sociales basados en la inequidad fueron una constante, siendo los hermanos Graco los representantes de los intereses de las clases subalternas. “Los pobres no los olvidaron sino que, por el contrario, hacían diarias ofrendas en sus tumbas” (Brunt, 1973,138). En esta línea de pensamiento cabe subrayar también la revuelta de Espartaco que, si bien se idealiza enormemente, viéndose en él un héroe histórico representante de la lucha de clases y de la emancipación de la clase trabajadora, constituyó un episodio más del malestar social durante los estertores de la República romana.

Por otra parte, se calcula que el 65% de la población del mundo grecorromano vivía al límite, es decir, su vida estaba expuesta a cualquier catástrofe natural, hambruna o calamidad. Ya apuntábamos, al recoger las citas de Plutarco sobre el taimado y especulador Craso, que los incendios en Roma eran constantes, afirmación que puede extenderse a los núcleos urbanos de todo el Imperio. La vida en las ciudades era, cuanto menos, muy precaria. Al respecto, cabe decir que “los pobres, apiñados en una densidad siete u ocho veces mayor que la de una ciudad inglesa moderna, vivían a menudo en alojamientos de sesenta o más pies de altura, precariamente construidos y con peligro constante de venirse abajo, mal iluminados, mal ventilados y sin medios adecuados para cocinar” (Brunt, 1973,187). No obstante, no ha de creerse que existía un deslinde geográfico claro en las urbes pues como con acierto afirma Beard “los ricos y los pobres vivían codo con codo, casas espaciosas con muchas tejas compartían las mismas calles y distritos con los tugurios. Los romanos no tenían barrios como Mayfair o la Quinta Avenida” (Beard, 2016,468).

La suciedad era otro de los elementos característicos de la vida romana. Frente a las idílicas imágenes que nos ofrece el cine sobre las termas romanas, cabe recordar que en estas la falta de la más mínimas condiciones higiénicas eran antológicas, “toda la suciedad, mugre, fluidos corporales, excreciones y gérmenes de la gente eran compartidos rápidamente con otros bañistas” ( Knapp, 2011,59). Las ciudades eran insalubres, las enfermedades y epidemias constantes.

La familia, por su parte, era piedra angular en la vida de los ciudadanos romanos. El pater familias, esposo y sui iuris (con derecho propio, autónomo) vestía la jefatura marital y familiar. Los hijos, alieni iuris (sin derecho propio), estaban sujetos a su autoridad y la  esposa, alieni iuris en los matrimonios celebrados con manus, ocupaba un lugar subordinado, si bien “la posesión de una dote, así como la presencia de familiares varones que las apoyasen, ayudaban a mitigar la dominación por parte del marido” (Knapp, 2011,108).

El ocio constituye también un elemento esencial en la vida de los ciudadanos corrientes, singularmente en la época del Imperio. Los días festivos en la Roma imperial ocupaban más de la mitad del año. Las carreras, las luchas de gladiadores o las naumaquias, entre otras actividades de ocio, eran habituales. No resulta extraño, “la evolución política y social del Imperio llevó a los príncipes, no solo a servirse de las fiestas que antaño la religión había instituido en Roma, sino a multiplicarlas, logrando de ese modo dominar a una masa que cernía su palacio y hacinaba la ciudad” (Carcopino, 1989,245).

En conclusión, la sociedad grecorromana se caracteriza por una fuerte polarización económica, una fractura social más que evidente y una aporofobia notable. La élite desprecia a los pobres y, en general, a todos aquellos ciudadanos con menor riqueza. La vida cotidiana resulta violenta y arriesgada y no existen sistemas que persigan la equidad. El panem et circensis, como instrumento de dominación, refleja la carencia de cohesión y una poco saludable apología de la superficialidad. No resulta extraño que una sociedad tan fracturada afrontara una evidente y brutal decadencia, viéndose conquistada por las doctrinas cristianas, portadoras de un mensaje de equidad y justicia que necesariamente iba a encontrar acomodo entre los ciudadanos corrientes.

 

Bibliografía

-Beard, M. (2016). SPQR. Barcelona. Editorial Crítica.
-Brunt P.A. (1973). Conflictos sociales en la República romana. Buenos Aires. Eudeba.
-Carcopino, J. (1989). La vida cotidiana en roma en el apogeo del Imperio. Barcelona. Ediciones Temas de Hoy.
-Plutarco. (2017). Vidas Paralelas Paralelas, Tomo V. Traducción de Jorge Cano Cuenca, David Hernández de la Fuente y Amanda Ledesma. Barcelona. RBA Coleccionables
– Knapp, J. (2011). Los olvidados de Roma. Barcelona. Editorial Ariel.
-Zweig, S. (2006). El mundo de ayer. Barcelona. Acantilado.

The following two tabs change content below.
Escritor y letrado de la Seguridad Social. Leo, reflexiono. Me disgusta el clasismo, muestra de superficialidad e ignorancia. Mi referente es la honestidad, mi fin el comportamiento ético. La Administración española es estructuralmente corrupta. Replicar es más necesario que nunca.

Últimas entradas de David Condis (ver todo)

Tags: , , , , , ,

Participa libremente y desde el respeto. Del debate nos enriquecemos todos.

Uso de cookies

Este sitio web utiliza cookies para ofrecerte una experiencia de usuario óptima. Si sigues navegando estás dando tu consentimiento a nuestra política de cookies.

ACEPTAR
Aviso de cookies