22 de noviembre del 2017
La Réplica La Réplica La Réplica La Réplica La Réplica



A las seis veinte Octavio me dijo que tenía que pedir el taxi ya si quería llegar a tiempo al recital. Le dije que todavía era temprano y él insistió en que no y describió el tráfico del final de la tarde alrededor de Chapultepec, y las caravanas de oficinistas que a esa hora transitan el Circuito Interior. Pedí el taxi y, contra el pronóstico de mi amigo, llegué a las siete de la noche a la Casa del Lago, una hora antes de la lectura de Jerome Rothenberg.

Vi a algunos jóvenes sentados en el césped de la rotonda y a otros que, como yo, deambulaban con un vaso de agua de horchata espolvoreada con canela y nuez molida, cortesía del Festival Poesía en Voz Alta. Prendí un cigarro y me senté en la barda frente al lago a sacar con el popote los pedacitos de nuez que navegaban entre los hielos del vaso. De pronto escuché la reproducción de Turba, la pieza sonora de Pedro Serrano e Israel Martínez que se estrenó el miércoles en el festival. Estaba demasiado inmerso en la anticipación de la lectura para juzgar la belleza de la obra, pero puedo confirmar que las sosegadas voces lectoras que con calma se superponen no honran al título. Me acosté en la barda con los ojos cerrados y escuché a los graznidos de los patos del estanque imponerse sobre Turba.

Fui al auditorio al aire libre dos minutos antes de que empezara la lectura. Casi todas las sillas estaban ocupadas, pero encontré una vacía al centro de la primera fila. Tras una rapidísima sucesión de tres llamadas entró el poeta al escenario. Vestía una camiseta negra fajada bajo un pantalón café que le llegaba hasta el ombligo (esa moda de los viejos), una gabardina ligera, botas de minero, la barba blanca peinada y el cabello que conservaba en las sienes y la nuca recogidos es una cola.

Sobre un huacal junto al atril estaba su utilería, y Rothenberg se inclinó y agarró una sonaja y anunció que interpretaría el canto ritual de la Nación Séneca llamado Agitar la calabaza. Varió entonaciones para repetir en séneca, inglés y español la única frase del canto (ellos vienen, los animales vienen a la ceremonia) mientras le daba duro a la sonaja. Después leyó tres poemas de su antología A book of witness (2003) y “No puedo decir quién soy” fue el mejor, pues en sus últimos versos aparece una confesión coherente en un poeta que ha hecho de la recopilación, la traducción y la interpretación el centro de su laboratorio intelectual: Entre más me conozco / menos soy. / Me aferro a un nombre / porque me queda bien / pero la voz que lleva detrás / nunca fue mía.

La curiosidad infinita de Rothenberg tiene otros linderos, como el dadaismo, al que homenajeó con la lectura de “Ese compás dadá”, un poema que transporta la estética del movimiento a un panorama reciente: “el arte es basura” dice el / urinal (…) un mensaje de la sombría computadora / “semos hamburguesas”. Y después leyó “Un matraz de éxtasis”, donde discute la obra de Hugo Ball, y para leer ese poema Rothenberg se inclinó al huacal y recogió un tubo de plástico corrugado al que dio vueltas para que ululara al ritmo de sus palabras.

Tras la alegría dadá, vino la seriedad de “Cokboy”. Este poema insignia de Rothenberg, aparecido por primera vez en Poland/1931 (1974), intercala yiddish e inglés en sus versos y es uno de los grandes desafíos lingüísticos de la poesía estadounidense. Cokboy, el protagonista, es un pícaro divino encarnado en un judío asquenazí del siglo diecinueve que llega al territorio indio para crear un rito verbal en las fronteras de la cultura anfitriona. Y también “Cokboy” es una estructura complejísima en la que Rothenberg vierte su biografía. Mientras él leía, detrás se proyectaba la traducción del poema al español y el ladino de Javier Taboada que, mutatis mutandis, es un prodigio conceptual y verbal de la poesía hispanoamericana.

Siguieron textos de 25 caprichos a partir de Goya (2004), y pensé que las reflexiones pictóricas de Rothenberg eran análogas a las de William Carlos Williams en sus poemas sobre Pieter Brueghel. Como si a partir de los setenta años (la edad de las cataratas) se activara un extraño privilegio de la vista. En esa línea de senectud leyó otro texto largo, A poem of miracles (2013), y su voz fue rápida y emotiva para enumerar los milagros de la cotidianidad de la experiencia: un milagro despertar de un sueño / y contar el sueño / en sí mismo un milagro (…) un milagro reside en lo que vemos y tocamos / qué bien estar aquí / y apoyarme en ti / mi más querida amiga en la oscuridad / como dijo el poeta.

Rothenberg anunció que para terminar cantaría “La décima canción para caballos” del poeta navajo Frank Mitchell. Su destreza como traductor de esa pieza está documentada en una nota de su antología de poesía indígena Technicians of the sacred (1985): no trasladó al inglés las modulaciones de voz y ruidos de la interpretación de Mitchell, sino que buscó la correspondencia fonética y auditiva que reflejara exactamente las connotaciones de la lengua original.

Y después de cantar Rothenberg dio media vuelta para salir del escenario, pero lo detuvo el retumbo de aplausos y volvió al micrófono del atril para decir que los mexicanos éramos la mejor audiencia, y agitó la mano para despedirse y salió por la cortina negra. En un escaneo de las caras en el auditorio detecté que yo no era el único conmovido, y vi que desde todas las filas salían en dirección a las bambalinas fanáticos cargados de libros de Rothenberg, y pensé en unirme a ellos para tocar la mano del poeta, pero ya había recibido toda salvedad que podían brindarme sus palabras.

Caminé por el Bosque de Chapultepec hacia uno de los accesos de la Avenida Reforma y retoqué dos versos de la “Oda a Walt Whitman” de Lorca que sintetizaban mi experiencia de espectador: Ni un solo momento, viejo hermoso [Jerome Rothenberg], / he dejado de ver tu barba llena de mariposas.

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(Tijuana, 1982), es académico y escritor. Es autor de No es material para pistas de baile (CECUT, 2013) y editor de Traven Fanzine.

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