14 de noviembre del 2018
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Partamos de la base de que el espacio público debería ser un espacio de la gente, para darle un uso comunitario y si es posible ser un espacio libre de innecesarios contrastes urbanísticos. Es decir, que llegar al punto de tener que alquilar una rotonda no parece lo más deseable para un Ayuntamiento y tampoco es una acción política normal, sino más bien excepcional. Primero porque supone un choque en el paisaje urbanístico de la ciudad y en segunda instancia, porque no es razonable ir alquilando nuestras zonas comunes al mejor postor como si el equipamiento público formara parte de una casa de subastas.

El Ayuntamiento podría haber intentado trasladar a Bibendum, el célebre “muñeco Michelín”, a las zonas colindantes al circuito de velocidad, permaneciendo en un contexto más acorde con el ambiente del mundo del motor y con su espíritu comercial: que no es otro que 1) vender neumáticos, 2) promocionar su marca y 3) publicitar el Gran Premio de España. Sin embargo, el muñeco va a permanecer en la rotonda de la entrada a Jerez desde Sevilla, un acceso a la ciudad de enorme concurrencia, por apenas 24.000 euros durante cuatro años.

Y ahora por un momento (solo por un momento) me voy a poner las gafas naranja de Ciudadanos y voy a pensar con la perversa lógica capitalista basada única y exclusivamente en el mercado. Pues bien, si ahora mismo me poseyera Girauta e hiciera una sencilla operación matemática como la división me saldría que el precio de alquiler de la rotonda equivale a unos 500 euros al mes. Un precio que es sencillamente ridículo. Un alquiler por debajo del valor del mercado, en el que el arriendo de una marquesina normal en cualquier parada de autobús cuesta como poco el doble. Recordemos también que la empresa francesa factura unos 1.693 millones de euros al año.

No solo es una operación de dudoso gusto para las personas que nos oponemos a que se comercie con nuestro paisaje urbano, sino que además es un trato nefasto. Y lo peor, por la experiencia demostrada, resulta dudoso que el Ayuntamiento vaya a llevar a cabo un seguimiento estricto de las obligaciones de Michelín, que no son otras que la renovación y el adecentamiento de la figura de la rotonda (que aún está por ver), la promoción del Gran Premio de España en Madrid y el impulso de unas jornadas de revisión de presiones en los neumáticos.

Vaya tiquismiquis”, dirán algunos, “¿qué le importará a este que permanezca el inocente Bibendum allí?”. Pues me importa. Porque se empieza alquilando rotondas y disculpando pequeñas privatizaciones y nos la acaban colando poniendo en manos ajenas el servicio del agua, como hizo el Partido Popular. Que el Ayuntamiento esté en la ruina no da carta blanca para el alquiler y/o la venta del patrimonio. Queden estas líneas como oposición a la gestión. Y puestos a alquilar barato, ¿por qué no alquilamos a precio reducido locales para que le den uso las emergentes empresas de economía social? ¿Por qué no alquilamos por debajo del precio del mercado viviendas municipales para que las familias más necesitadas tengan un techo donde cobijarse? ¿Cuál es la escala de prioridades de este gobierno?

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Periodista. Codirector de La Réplica.

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