16 de octubre del 2018
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La última vez que Rozalén actuó en Jerez triunfó en el Villamarta. Lo hizo en medio de un ambiente crispado, siendo utilizada por la dirección del teatro municipal para refrendar el discurso del gobierno local en torno a un peligro de cierre del teatro que nunca fue tal. Anoche la situación era más calmada y, pese a que coincidió con el festival Primavera Trompetera y la final de la Champions League, la artista manchega volvió a colgar el cartel de “no hay entradas” con la presencia de un público fiel, transversal, de todas las edades, conocedor de su repertorio y mayoritariamente femenino.

También son transversales sus canciones. Rozalén es capaz de combinar estilos muy dispares, desde el clásico perfil cantautora, al pop, a la música festiva, puede entonar rancheras e incluso algún reggae. Pero a mi juicio, lo más importante de sus cálidas canciones es el discurso que encierran. Bajo su porte simpático y dicharachero, Rozalen cuela al público canciones acerca de la memoria histórica (“El hijo de la abuela”, “Justo”), de claro corte feminista (“La Puerta Violeta”), sobre las segundas oportunidades (“Amor Prohibido”), la libertad y el disfrute de la vida (“Girasoles”) o la empatía intergeneracional. Lo hace además dando un ejemplo de inclusión al llevar en su gira a Beatriz Romero, técnica especialista en interpretación de la lengua de signos. Chapeau por el gesto.

La hegemonía ideológica de los movimientos populares tendrá, sí o sí, que venir acompañada de la voz de nuestras artistas. Rozalén es una buena noticia, no solo para la música, que lo es, sino para el compromiso de nuestros músicos con su pueblo, que por cierto, nunca ha sido especialmente fluido. ¿Dónde estaban los músicos más importante del país durante el 15-M?

Rozalén bajó al público durante su actuación en el Villamarta

Rozalén firmó un espectáculo de casi dos horas y media con una banda ya engrasada, muy profesional. El repertorio elegido contemplaba una primera parte seria y serena (hasta su vestimenta era más sobria) y una segunda de corte festivo, más desenfadada. Conectó en todo momento con el público gracias a su espontaneidad y sencillez, y sobre todo, a su habilidad para narrar los relatos de su familia, especialmente emocionante y conmovedora la triste historia de su abuela, que sonsacó más de una lágrima a las presentes. Supo también administrar sus temas más conocidos, encuadrados algunos de ellos en el comienzo del show y otros en su desenlace, consiguiendo una interesante estructura circular.

A Rozalén solo le puedo reprochar el alto precio de las entradas, 35 euros, que supone una criba de clase bastante acentuada y que deja a muchas personas sin posibilidad de disfrutar del concierto. Salvando ese hándicap, poco más se le puede pedir a una artista tan implicada con el oficio y consciente de la responsabilidad que tiene con su público. Fue, el del Villamarta, un concierto honesto, sensible y cercano. Calidad y sentimiento en las tablas.

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Periodista. Codirector de La Réplica.

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