22 de noviembre del 2017
La Réplica La Réplica La Réplica La Réplica La Réplica



El peor de los enemigos, el más difícil de vencer, no es siempre el más fuerte, sino el que mejor sabe camuflarse. Es el caso del sexismo. Se esconde en muchos lugares. Donde mejor campa y más daño hace es entre los más pequeños, entre aquellos que necesitan a los adultos para decidir, cuando sólo pueden escoger lo que se les ofrece y su capacidad reflexiva se limita hasta donde se les educa.

Hablamos de los juguetes. Ahí el sexismo hace de las suyas y maleduca a los adultos del mañana en personas que sólo distinguen lo que es de los niños o de las niñas. No hay más elecciones porque sus mayores les decían, cuando eran pequeños, qué juguete corresponde a un niño y cuál a una niña. Eso es, juguetes sexuados; evidenciando que el juguete X es exclusivo para niños y no lo puede usar una niña y viceversa.

Este gesto es sumamente dañino ya que coartamos la elección de con qué jugar a niños y niñas, privando su libertad de ocio y enseñado que jugar con lo contrario a lo establecido implica rechazar a tu rol de género y por tanto lo excluimos al saco de “eres raro o rara, eres diferente” por no seguir una norma absurda: la heteronormatividad.

Debemos ofrecer los juguetes con el nombre de cada uno: muñeca, coche, parchís, plastilina, etc. Esto favorece que aprendan a escoger sin miedos ni etiquetas, ampliando su capacidad de reflexión-elección. Se desarrolla la educación en la diversidad visualizando las posibilidades de juegos/juguetes que cada persona puede escoger sin ceñirse a su género y sobre todo, aumenta la autoestima eliminando de raíz el malestar que puede provocar en el menor cada vez que alguien le dice: “eso no es de niños o esto de niñas”.

Es lo que oigo en las hamburgueserías franquiciadas cada vez que se piden una cajita con un juguete dentro: “¿de niño o de niña?”. Nadie repara en la vergüenza que puede pasar un niño menor de edad, por ejemplo, cada vez que pide algo de niña. No señores y señoras, él no quiere algo de niña. Quizás está pidiendo una muñeca o algo de color rosa (sí, algo rosa ya es de niña y lo azul de niño). Y si hilamos fino, puede que haya un menor con su sexo biológico asumido y crezca como intersexual y se sienta excluido entre niños y niñas. Los menores crecen en un rol categorizado y después vemos que en las facultades de Ingeniería hay más hombres que mujeres y en la de Enfermería lo contrario. Eso también pasa en peluquerías, en los talleres mecánicos, en la informática, etc. Sucede por dar una educación etiquetadora.

Numerosas campañas de juguetes ya se han sumado a esta lucha y podemos ver en catálogos como niños juegan a hacer tareas domésticas (esto les enseña a que deben colaborar en casa y que no es tarea exclusiva de mujeres), cuidar bebés, con juguetes de color rosa y a niñas con camiones, coches, juegos de construcción, etc. El siguiente paso debería ser promocionar los disfraces con niñas vestidas de héroes y niños de princesa, pero parece ser que a este paso aún le queda por llegar porque aún no se entiende muy bien que cada persona es libre de asumir la identidad de género que desee o que esta elección se toma en la adultez.

La educación de la libertad afectivo-sexual y de género debe ser tratada como un aspecto más para el crecimiento humano como la honestidad, el respeto al prójimo, la honradez y todos esos valores que luego hacen que esos hombres y mujeres del mañana sean personas de provecho y llenos de tolerancia. Educar en la diversidad no es una imposición como muchos y muchas dicen, es enseñar nuestro derecho a escoger, un derecho que forma parte de nuestra libertad.

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Profesor de Educación Primaria especializado en el ámbito LGTBIQ. Estudió diseño y trabajó con una beca en Alemania en el terreno de la integración.

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    Una Réplica

  1. Regina Rodriguez Reta

    Hola Luis Alfonso, las ideas que expones me parecen muy ciertas. Cuando era una niña de unos cuatro años, jugaba con mi hermano, dos años mayor que yo. Éste me decía “Yo soy Batman y usted Batichica”, entonces yo le replicaba “No, yo Robín” y se armaba la discusión, luego se integraban mis papás y, recuerdo que, entre risas, intentaban convencerme de que era mejor el personaje de la mujer, ya que yo soy mujer, pero a mi me gustaba Robin, porque era el que vivía la acción junto con Batman. Batichica era aburrida. Al final tenían que aceptar que yo quería ser Robin. Estos recuerdos me confirman lo que compartes en tu escrito. Los niños pequeños no distinguen entre juguetes o roles de género, sólo ven la diversión. Nosotros los adultos debemos dejar que decidan y respetar la diversidad. Soy docente de primaria y esta idea la he respetado desde el primer día que pisé un aula.

Participa libremente y desde el respeto. Del debate nos enriquecemos todos.

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