13 de diciembre del 2017
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Estos han sido algunos de los titulares de los medios de comunicación de Jerez y de la provincia durante esta semana: “La Policía Local pide chalecos antibalas, más prácticas de tiro y disponer de armas largas”, “Así será el blindaje del centro contra ataques terroristas”, “La Policía Local de Jerez alerta de su escasa formación para actuar en casos de terrorismo”, “Maceteros y bolardos en las ciudades andaluzas”, “Cádiz está en las quinielas”, y así un largo etcétera.

Da la sensación, a juzgar por los titulares, el contenido de la información y el tratamiento de la misma, que Jerez y la provincia fuesen un objetivo básico e inminente para el terrorismo yihadista. No lo son. No entremos en un estado de pánico. Y siento contradecir las fantasías combatientes de algunos que prefieren vivir en un permanente estado de guerra, pero el terrorismo yihadista no es una amenaza acuciante ni en Jerez, ni en pueblos cercanos como Los Barrios, por mucho que se empeñen en alimentar el relato. Tampoco la colocación de bolardos o maceteros evitaría indudablemente un ataque terrorista, esa es otra leyenda urbana y un debate artificial e interesado. Recordemos que los terroristas que atentaron en Catalunya planeaban hacer explotar una bomba, la furgoneta fue, sencillamente, un plan B. Es decir, que los terroristas conocen muchas vías para asesinar y unos bolardos, aunque tu cuñado te lo asegure, no van a detenerlos. El problema no son las barreras sino quién nos ataca y por qué nos ataca.

Los agentes sociales (editores de periódicos, periodistas, políticos y otras personalidades públicas) deberían actuar durante estos días con seriedad, pedagogía, rigor y cautela. También con sentido de estado en la mejor acepción del concepto. Alimentar en el imaginario colectivo el monstruo de un ataque inminente solo beneficia a quienes, aprovechando el miedo de la gente, hacen negocio con la “seguridad” y con las armas. O a quienes sacan rédito social o político con mensajes xenófobos, racistas y neonazis.

Colocar bolardos y pilones en las plazas o tener a profesionales de los cuerpos de seguridad del Estado portando una metralleta en un pueblecito como Los Barrios, de aproximadamente 20.000 habitantes, o un domingo por la mañana paseando por Jerez de la Frontera es de un absurdo dantesco.

Entrar en una dinámica de histeria colectiva puede derivar hacia las malas decisiones y alejarnos definitivamente de un análisis riguroso y objetivo sobre cómo combatir el terrorismo yihadista.

Tendrán que ser los expertos en seguridad e ingeniería civil, no un político a golpe de corazonada ni un editor que procure el clickbait, los que decidan si se debe actuar o no, y cómo se debe actuar en las ciudades que realmente estén amenazadas, si los agentes de seguridad necesitan formación y quién debe proporcionársela.

No olvidemos, también, que tras un atentado se abre una ventana de posibilidad para recortar libertades y derechos en nombre de la seguridad. O peor aún, para disponer de barra libre en acciones militares que luego pagamos todos. Que se lo pregunten a George W. Bush.

Mucho cuidado, por tanto, con el sensacionalismo barato, el análisis de barra de bar o el titular peliculero. No quiero vivir en una ciudad paranoica, restringida, xenófoba y armada hasta los dientes.

Si alteramos la vida en nuestros pueblos y modificamos nuestra forma de ser, los terroristas habrán conseguido uno de sus objetivos: cambiarnos para siempre.

 


* La fotografía de portada es de Manu García, compañero de La Voz Del Sur, y la del macetero es propiedad de EFE
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Periodista. Codirector de La Réplica.

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