28 de abril del 2017
La Réplica La Réplica La Réplica La Réplica La Réplica



Comenzaré este texto como mi querida Un mundo perfecto: por el final. Y es que terminada Spotlight, me disponía a levantarme de mi butaca cuando uno de mis acompañantes me dijo únicamente:

-“Cuánto daño va a hacer esta peli.”

Y no le faltaba razón. Porque Spotlight es periodismo, pero en su faceta decente y gloriosa, la más idealista y fascinante. No habla de precariedad, de inestabilidad, ni de profesionales asesinados y silenciados por contar lo que pasa, ni de EREs, de paro o nepotismo, ni del vertedero de chorradas en que se ha convertido el internet que preconizaba una era de la información útil y confiable al alcance de todos. No: habla de periodistas que trabajan por una sociedad mejor, cambian el mundo, son inquebrantables e infatigables en su lucha ante los abusos y todo eso. Por eso, más bien diremos que Spotlight es sobre cómo debería ser el periodismo —si le dejaran, si todos quisiéramos—. Sobre cómo llega a ser, en contadísimas ocasiones, cuando logra vencer la batalla a todas las presiones y obstáculos que encuentra en su camino.

Spotlight, que de cara a los inminentes Oscar tiene todas las papeletas para hacerse con más de una estatuilla, nos planta en las entrañas de la redacción del periódico The Boston Globe para recrear la historia real en la que se basa: la sucedida a principios de los 2000, cuando se destapó un escándalo de pederastia que involucraba a numerosos sacerdotes en la ciudad norteamericana (alrededor de 90 sólo en Boston) y que hundía sus raíces en años anteriores. Con la connivencia de la Iglesia, agregaremos, que a sabiendas de lo que sucedía no obstante parecía mirar para otro lado. En el último trabajo de Thomas McCarthy seguimos los pasos de cuatro periodistas que, bajo las órdenes del sabueso Walter ‘Robby’ Robinson (Michael Keaton), tiran del hilo (el caso del reverendo John J. Geoghan) y desenmarañan el ovillo, un auténtico entramado de delitos y vacío legal.

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Vaya mi sinceridad por delante: Spotlight no es una gran película, al menos desde el punto de vista estrictamente cinematográfico. Sobria y lineal, con un guion de lo más convencional, sus personajes no destacan por su elaboración: la interpretación es simplemente correcta y, en fin, puede dejar al espectador con la sensación de que podría haberse exprimido más. Spotlight está pensada por y para los Oscar, no hay más. Periodistas eficientes y estresados de camisas impecables, cafés para llevar, reuniones y despachos, abogados rectos versus picapleitos miserables. Periodismo a lo estadounidense, elegante y wolfiano. Los watchdogs que se resisten a ser lapdogs porque han interiorizado a fuego que son realmente el cuarto poder, que integran una sociedad a la que deben servir, como el soldado siente que debe servir a su patria. Perros que vigilan al resto de poderes: a los políticos, a los bancos, o a la Iglesia, como este caso.

Spotlight, en contrapartida, sí que ofrece algo de lo que muchos estamos sedientos: una buena historia, valores, ética profesional y la dimensión del trabajo en equipo. No en vano, narra cómo una investigación atrapa a un grupo de profesionales —no, no es al revés— y nos hace volver sobre la importancia de buscar un tema relevante. Perros guardianes que esperan capturar a su presa, una gran historia, y que pelearán por ser los primeros no en contarla, sino en contarla bien. Pero el periodismo de investigación es caro, tedioso, requiere paciencia, fact-checking, un instinto profesional que no se aprende en ningún manual ni aula y un público incondicional que confíe en sus periodistas como un invidente confía en su bastón. El corazón nos pega un pequeño pellizco cuando oímos a los protagonistas hablar en términos de off the record: todo lo que aprendimos, lo que una vez nos contaron, es útil en el mundo real. No se quedó en papel mojado. Compartíamos (¿compartimos?) con estos campeones de la honestidad unos ideales de lo más elevado.

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“No podemos ir contra un solo sacerdote”, dice el sabio editor Marty Baron (Liev Schreiber). “Esto es contra el sistema”. ¿Se dan cuenta? ¡Contra el sistema, nada menos! No es cuestión de publicar un scoop, cubrirse de gloria y ganar lectores, es remar en un estanque de inmundicia y levantarle las faldas al Vaticano. El editor nunca abandona la perspectiva ni pierde de vista el hecho de que en Boston —no digamos ya en Estados Unidos— la mayoría de la población es católica. Gente de bien que va a misa, practica la caridad y aprecia a los sacerdotes del barrio, que no sabrá, o no podrá o querrá, digerir esta bomba. Periodismo en estado puro, subversivo. Watchdogs que pelean como gatos panza arriba.

Por eso Spotlight crea(rá) un nuevo halo romántico alrededor de la integridad de ese periodista, semihéroe de leyenda, que busca la verdad y no se amilana ante las adversidades —uno de los momentos cumbre de la película es ese Robinson amenazando a un letrado no con publicar la historia de un escándalo de curas pederastas, sino sobre la cadena lucrativa de abogados que sacaban tajada de las víctimas, al ser cómplices del silencio legalmente blanqueado por la Iglesia—. ¿Ya saben lo que decía George Orwell sobre el periodismo y las relaciones públicas? Pues para qué repetirnos. Vean Spotlight y enamórense de algo que, siendo deliciosamente pesimistas, nunca pasará en España.

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Rocío Martínez

Periodista freelance, escritora, técnico audiovisual. Formándose como psicóloga. Ha formado parte de El Mundo, Tercera Información, El Mostrador, Harper's Bazaar o Showrunner, entre otros.
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