13 de julio del 2018
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poesía

Un rey sin máscara

11 julio 2018 Editorial

Os confieso una cosa con todo el pudor del mundo: Yo fui de los que, siendo adolescente, le caía bien el Rey de España, un rey campechano y cercano al pueblo, el Rey Juan Carlos I. No es que le tuviera excesiva estima, pero tampoco me caía mal. Era de los que en las encuestas hubiera dado un aprobado a la institución. Aunque nunca entendí los porqués de su supervivencia ni por qué seguíamos cargando ese lastre del pasado, pensaba que si había sobrevivido es porque de alguna manera resultaba útil para la sociedad y los poderes del estado así que, por qué no iba a seguir ahí si garantizaba la neutralidad y la estabilidad del país.

Mi caso es paradigmático para entender cómo ha evolucionado la monarquía en el sentir popular y en qué deplorable estado se encuentra ahora. 

La Casa Real ha sufrido lo que gran parte de las oligarquías del país han sufrido en los últimos años. Se han sometido a discusión. Mientras el plan de marketing de la Casa Real se llevaba a cabo con la connivencia de los partidos políticos, la complicidad de los medios generalistas y la máxima opacidad institucional, es decir, mientras el 2.0 no servía de contrainformación y no había un debate público en torno a sus privilegios, el invento funcionaba bien. Los años pasaban, las cuentas en Suiza se llenaban de ceros y darse la vida padre era una cuestión de organización. Cuando la sociedad civil ha encontrado canales alternativos para acceder a la información y se ha comprendido el papel que jugaba en la sociedad el triunvirato oligárquico, conformado por los grandes empresarios, el bipartidismo y la corona, todo se ha desmoronado como un castillo de naipes.

El rey emérito ha pasado de ser un señor campechano que gozaba de la aprobación del pueblo, con gran prestigio e influencia, a ser un cazador retirado, antianimalista, machista hasta la médula, ex-comisionista, censor, evasor de impuestos y adicto a los lujos y la buena vida. Muy mal tuvo que ver la cosa para salir a la palestra y decir aquello de “no se volverá a repetir“, cuando la crisis llegó a su zenit mediático.

La inteligente lectura de Felipe VI desde la abdicación de Juan Carlos hace ahora cuatro años, ha impulsado la enésima campaña de blanqueamiento de la Institución, donde el nuevo rey retira los títulos nobiliaros a su corrupta familia, hace un vergonzoso paripé familiar frente a las cámaras y viaja internacionalmente para reforzar la idea de “estar preparado”. Pero hoy, en un país donde las nuevas generaciones viajan más que nunca, en el que se filtran las infinitas miserias de la saga borbónica y se sabe que, en nada que la situación política se agite, el rey hooligan actuará como lo haría la ultraderecha, ni Felipe ni Letizia ni nadie de la Casa Real engaña al pueblo. Sobrevivirán por hastío, por pereza, porque no hay manera de derribar su muralla, pero no lo harán por el cariño de la gente.

Si algo tienen de bueno estos tiempos es que se han comenzado a discutir relatos que teníamos incrustados, como un tumor, en la conciencia popular. El proceso que ha desenmascarado al Rey Juan Carlos nos llena de orgullo y satisfacción. Ni una facilidad ha tenido el pueblo para conocer los tejemanejes de una familia putrefacta, y sin embargo, hoy sabemos donde se sitúa la catadura moral de esta familia. Estarán pululando, qué remedio, pero ya solo engañan a un grupúsculo de fieles. Que se descubra que el rey emérito utilizaba a una antigua amante, Corinna, como testaferro para ocultar sus pertenencias -una más de su incontables fechorías en nombre de la patria- no es ninguna novedad,  el rey Juan Carlos es, desde hace ya tiempo, un indeseable que poquísima gente elegiría como representante popular. Y su hijo, atrincherado en el ámbito institucional y paseándose sin pena ni gloria por una patria que nunca defendió, tendrá que hacerlo inimaginablemente bien para alcanzar la popularidad que gozó su padre, hoy dilapidada por méritos propios.

“Llegaba la hora de salir aquel sábado noche y mi pareja y yo no nos poníamos de acuerdo sobre dónde ir. Yo llevaba tiempo pensando en ir a ver la peli que había conseguido una ristra de Oscars®, mientras que mi mujer tenía ganas de ir a una obra de teatro de su autor favorito. Por primera vez en dos años íbamos a salir solos, sin las niñas. Era un momento que esperábamos con fruición pero que se antojaba complicado debido a que ambos manifestábamos, a priori, diferentes formas de dar contenido a aquella salida especial.

A partir de este artículo de Ana Domínguez Rama y Quique Madrid donde reflexionaban en torno a la normalización de la precariedad, he escrito un manifiesto con diez aspectos sobren los que vale la pena trabajar para combatir la precariedad y vencer a medio plazo esta lacra social.

Es una verdadera suerte para las personas que luchamos en contra del sexismo que concursos de bellezas hayan perdido fuelle con el pasar de los años. Recuerdo cuando niño en los noventa, como cada año emitían el certamen de Miss España. Nunca entendí por qué unas mujeres debían caminar en tacones y bikini frente a un jurado. Todos hombres. Además debían sonreír como si caminar en tacones de aguja fuera placentero o divertido.

La “paz social” es el argumento (o fraude) que utiliza el poder para adormecer las conciencias. Mientras el pueblo intenta hacer realidad sus reivindicaciones pacíficamente, el poder utiliza todas las argucias legales e ilegales disponibles para convencer a asociaciones, jueces, fiscales, policías y medios de comunicación para que todo siga igual con el objetivo de perpetuarse.

Ahora que se ha viralizado un vídeo de Pedro Duque, ministro de Ciencia, Innovación y Universidades, realizando un alegato clasista a favor de la enseñanza privada, situándola por delante de la enseñanza pública y señalando las limitaciones de esta última, me veo obligado a reivindicar el papel que jugó la enseñanza pública en mi vida y a romper una lanza por los profesionales que a diario se dejan el alma por la educación pública, universal y gratuita. 

Cuarenta años de Orgullo

28 junio 2018 Actualidad

Hace cuarenta años un puñado de activistas convocamos la primera manifestación del Orgullo en Madrid. Acabábamos de constituir el Frente de Liberación Homosexual de Castilla (FLHOC), convocante de la manifestación.

Desde hace algunos años el área de Igualdad de Jerez organiza unos premios que favorecen la visibilidad y agradecen la lucha de colectivos, personas u organizaciones que se dedican al activismo LGTBIQ. Este año ha ido a parar el premio “Arcoiris” a la asociación Delta. 

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