18 de diciembre del 2017
La Réplica La Réplica La Réplica La Réplica La Réplica



La tecnología per se no puede ser catalogada como beneficiosa o nociva para el ser humano, serán el objetivo para el que es concebida y su posterior uso los que resulten determinantes para clasificarla de tal modo.

Si el marcapasos fue un hito del avance de la ciencia y la medicina, también -y por desgracia- lo fueron en su ámbito las bombas que devastarían Hiroshima y Nagasaki. Véase como ejemplo más retorcido el que podemos ilustrar gracias al padre del cohete V-2 usado en la Segunda Guerra Mundial, el ingeniero nazi Von Braun. Posteriormente, este cerebro alemán recalaría en las filas de la NASA y haría uso de los conocimientos adquiridos en el diseño de estas armas para un propósito considerablemente distinto: llevar al hombre a la luna.

Nos encontramos, sin embargo, en una época un tanto difusa, donde en determinadas latitudes parece una tarea más ardua hallar una persona que sepa escriba sin faltas de ortografía que a una que carezca de un Iphone. Un tiempo en el que a medida que estamos más interconectados nacional, internacional, y sobre todo virtualmente, disminuye el contacto físico, la cercanía, la camaradería…etc.

¿Pero qué relación entrañan estos factores, si es que la tienen?

Dicen Los Chikos en una canción: “Ya dejé el polígono, ahora vivo en barrio hipster. Y hasta el pan es creativo y de diseño, qué frivolidad, qué triste”.  Aunque la cita no alude directamente al avance técnico y sí al ambiente posmodernista que impregna con su aura de trivialidad nuestra sociedad. En este marco, la tecnología ha dejado de ser un elemento que nos permita satisfacer nuestras necesidades, facilitar nuestros quehaceres diarios o adaptarnos a determinadas situaciones. No puede ser sólo eso. Es un elemento sujeto a las modas y tendencias, es un producto, y ha de ser un producto chic.

Kennedy

Seamans, Von Braun y Kennedy.

Si no hace tanto se originaban debates candentes sobre si el avance científico-técnico tendría la capacidad de salvar la especie humana o más bien todo lo contrario (como sostienen algunos detractores del capitalismo esgrimiendo la paradoja de Jevons1); hoy, cuando nuestro futuro es más incierto que nunca, parece que el foco de debate se ha difuminado, sustituido por todo tipo de gagdets y chorradas de la índole más diversa. Mientras tanto, se agudizan cada vez más las diferencias (ya endémicas) entre clases y países; relegando unos a los otros a la extrema pobreza, la manufacturación y el expolio. El ejemplo del joven que renueva su smartphone no porque haya dejado de ser funcional, sino porque hay uno mejor en el mercado, en contraposición a los lánguidos trabajadores de las minas de coltán.

Sostuvo Henri Houbben en una conferencia acerca de la planificación económica estatal2, que uno de los problemas más acuciantes de la URSS como fue la burocracia podría hoy día solventarse con extrema facilidad gracias a Internet. Pero esos debates ya no se plantean, no se discurre sobre ello, no se ponen en entredicho las bases de un sistema ya mundializado (no digo en favor de otro sistema concreto, simplemente en entredicho).

La tecnología carece de culpa alguna sobre esta tesitura, pero la interconexión que conlleva supone un vector de influencia de elevadísimas proporciones y con alcances nunca antes imaginados. No es de extrañar que hallándonos en un período donde la humanidad se descubre tan alienada social y culturalmente, este elemento difusor propague mayoritariamente toda clase de basura. En otras palabras, la interconexión tecnológica actúa por lo general como elemento amplificador de los cánones, de patrones y conductas socioculturales de su periodo. Si la cultura es vacua y la sociedad extremadamente consumista, la tecnología tiene un fin insustancial y es un producto más. Contamos con la excepción parcial de Internet, en el que haciendo una tediosa criba, con cierta habilidad y muchas ganas, podemos encontrar contracultura y contenido de elevado nivel intelectual y pedagógico.

Pero queda otro paradigma por analizar, el del trabajador frente a la máquina.

Cuando una cajera es despedida al instalar su empresa una caja de autoservicio, resulta irracional pero del todo comprensible que lo pague cargando contra el aparatito en cuestión. Hay que destacar que existe además un impacto secundario si se extienden estas prácticas; el desbarajuste económico resultante. Más paro equivale a sobreproducción (gente sin dinero que no puede comprar los bienes producidos), lo que conduce a excedentes y a la crisis. Las máquinas producen, pero no consumen (al menos de momento y no de forma directa).

Una vez más el problema no reside en la técnica sino, en este caso, en los complejos engranajes del sistema de producción y su inadecuada (o inexistente) planificación. Los grandes gurús del empresariado y la economía no dudan en hablar de “flexibilizar” los mecanismos de despido en pro de un supuesto aumento de las cifras de empleo (obviando la calidad del mismo, eso sí), pero son y han sido totalmente “rígidos” e incapaces histórica y actualmente de plantear si quiera un sistema de producción que afronte estos fenómenos. Un sistema en el que la tecnología sea una baza para aumentar la felicidad, el bienestar, y la eficiencia en sus respectivos puestos de trabajo del ser humano; no un elemento que compita con éste. ¿Tan descabellado resultaría que si el ser humano fuera más eficiente gracias a determinado equipo, viera reducida su jornada laboral para disponer de más tiempo libre haciendo aquello que le llene, formando una familia e incluso consumiendo? De hecho, parece que asistimos a una solución inversa, la deconstrucción de todo tipo de mejoras sociales y laborales. La precariedad para lidiar con el desempleo.

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Steve Jobs en la presentación del Ipad

 

En resumidas cuentas, la tecnología probablemente no pueda ser salvadora por sí misma mas tampoco es el verdugo de la cultura -causante de la regresión de ciertos valores morales- ni enemiga del trabajador. Encauzándola hacia la consecución de determinados objetivos podría servir además como herramienta para mitigar parcialmente muchos de los problemas que asolan nuestras sociedades, fomentar la producción y el consumo sostenibles y un largo etcétera. Lo que no existe es la voluntad de hacer tal cosa.

 1. La Paradoja de Jevons sostiene que  “A medida que el perfeccionamiento tecnológico aumenta la eficiencia con la que se usa un recurso, lo más probable es que aumente el consumo de dicho recurso, antes de que disminuya”. Lo cual puede trasladarse a numerosos campos no necesariamente relacionados con el consumo energético. Un ejemplo práctico es el de los dispositivos de seguridad vial, a medida que se instalan en los vehículos y el conductor se hace consciente de su propia de seguridad, tiende a conducir más rápido y/o con menos precaución, lo que provoca un efecto rebote.

2. La conferencia corresponde a un ciclo organizado por ATTAC Bruselas en abril de 2013, puede encontrarse subtitulada al español por la Asociación Jaime Lago en el siguiente link.

Nota del autor. La ilustración que enriquece el artículo es obra del artista polaco Pawel Kuczynski

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Mario Siles García

Ingeniero, escritor, pintor por hobbie y activista por necesidad. En definitiva, un hombre renacentista que aúlla desubicado en plena era de la especialización.

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