24 de mayo del 2017
La Réplica La Réplica La Réplica La Réplica La Réplica



Cuando se habla de Latinoamérica, por regla general, no se habla de Latinoamérica. Se habla de lo que a la gente le llega sobre Latinoamérica, es decir, los focos de (des)información que más convengan a los intereses económicos del dueño de la imprenta en cuestión. Es por eso que desde México a Colombia, poco o nada saben la mayoría de los españoles sobre Latinoamérica. Y poco les importa. En realidad, incluso a quienes hablan de Venezuela, tampoco les importa Venezuela. Si de verdad se preocupasen por la pobreza, fuese de donde fuese, estarían más empeñados en buscar soluciones que culpables, y no es precisamente Venezuela la primera puerta a la que habría que pegar. Sin embargo, si de verdad se preocupasen por la pobreza, quizás entre las primeras sí que estaría Honduras. Quizás, entre las primeras, sí que estaría Tegucigalpa: la ciudad olvidada.

Según los datos del Banco Mundial, el top 5 de los países con mayor desigualdad en el mundo pertenecen a África. En sexto lugar, Honduras se corona como el país con mayor desigualdad económica fuera del continente africano.

Honduras es un país con casi 9 millones de habitantes en el que 1,2 millones de familias viven, según datos de Unicef, en pobreza extrema. La pobreza extrema, como ya comentamos anteriormente en Muros en Silencio, se define como el estado más grave de la pobreza, y se produce cuando los seres humanos no pueden satisfacer varias de sus necesidades más básicas, tales como el alimento, el acceso al agua potable, un techo, la educación o la sanidad. Si Unicef nos hablaba de 1,2 millones de familias, estamos hablando de que entre el 30 y el 50 por ciento de la población vive en pobreza extrema. Se estima, según el Instituto Nacional de Estadística, que 5.889.545 hondureños son pobres, de los que 4.213.746 viven en extrema pobreza y el resto en pobreza relativa. Y para ellos no hay titulares ni mártires. Sólo cifras en gráficas del INE.

Si transpolamos estos datos del país a la capital, comprobamos que por ejemplo, hay más de 120 barrios y colonias periurbanas masificadas de Tegucigalpa y Comayaguela que no cuentan con agua potable, y tampoco disponen del Servicio Autónomo Nacional de Acueductos y Alcantarillados (SANAA).

Esta información sucinta sobre las cloacas capitalinas no es casual, sino que expone uno de los principales problemas de Tegucigalpa. Los propios hondureños que viven o sobreviven en la ciudad, ven como la capital no es más que el cuadrilatero de los pulsos políticos del país. Sin embargo, a diferencia de otros países, ni siquiera la capital consigue respirar un poco mejor que las zonas rurales, y se cuentan por miles las manos que se levantan pidiendo lempiras, los niños que esnifan pegamento amarillo y mareros que cobran impuestos a los tenderos o taxistas que logran sacar algunas monedas de beneficio al día.

A su vez, Tegucigalpa es espejo de la incomprensión medioambiental. Contaba el cantautor Jorge Albero el año pasado en Radio Progreso cómo miles de hectáreas de árboles son destruídas para crear el sistema de transporte masivo, o cómo espacios cercanos como La Tigra y en el propio Distrito Central, se desangra la naturaleza que salva a una Tegucigalpa ahogada en humo.

La situación de la ciudad y del país es dramática más allá del propio desgobierno o de los males humanos que asolan a esta tierra. La enorme media de seísmos anuales tampoco ayuda a su prosperidad. No obstante, para terremoto el que dejó al desnudo el economista peruano Marco Hernández cuando expuso un estudio denominado “Análisis para el Diálogo Nacional Económico” del Banco Mundial el pasado 2015.

En el mismo, afirmaba que la situación de Honduras había mejorado en términos macroeconómicos, ya que el PIB se contrajo un 2,4% en 2009, pero había crecido un 3,1% en 2014 y un 3,2% en 2015.

Hay varios matices reseñables en esta “buena noticia” que exponía dicho analista. En primer lugar, la obcecación de hablar de crecimiento como sinónimo de mejora. Esa cabezonería neoliberal de que el crecimiento puede ser constante todos los años que choca contra los límites que precisamente marca un mundo finito. No es posible el crecimiento ilimitado salvo que sea a costa del sufrimiento y decrecimiento económico del vecino. Y cuanto más lejos el vecino mejor, ya que se reducen las posibilidades de ponerle rostro. Por eso, el crecimiento macroeconómico de Honduras no es más que una maquillada y subjetiva realidad.

En segundo lugar, con sus predicciones de buenas noticias, entre el 2009 y el 2016, Honduras ha crecido según sus datos un 3,9%. Es decir, un 0,48% de media en ocho años. Y hablaba el Banco Mundial de términos macroeconómicos, los cuales, me reitero, no son precisamente un fiel espejo de la realidad de a pie de los países y quienes lo habitan.

Ante ello, Marcos Hernández aseguraba que, efectivamente, la mejora macroeconómica de nada sirve si no va acompañada de otras medidas en el área de la gestión, de la competitividad, reformas estructurales y mayor eficiencia y mejora en cuanto a la calidad del gasto. Estas palabras las firmaría cualquier político durante procesos electorales fuese la ideología que fuese. Palabras vacías que engalanan los discursos y que se desmenuzan en el aire. No quiere esto decir que la política hondureña se cruzara y se cruce de brazos. Es cierto que en 2016 y 2017 han llevado a cabo medidas fiscales, incrementando la tasa del Impuesto de Ventas, incluyó nuevos gravámenes y se han dado acuerdos internacionales que buscan ahondar en la necesidad residencial y alimentaria del país.

Más allá de lo oficialista e institucional, en la calle, que es lo que importa en estos monográficos, la desigualdad es latente entre quienes no tienen nada y quienes tienen muy poco. A la hora de, por ejemplo, aplicar el proyecto de Estrategia de Reducción de la Pobreza, el Gobierno destinó miles de millones de lempiras, pero esas medidas no sirven si no tienen un trasfondo más profundo, que no deja de ser el que precisamente Marco Hernández citaba cuando hablaba de mejorar la calidad del gasto.

A su vez, el reconocido economista Carlos Urbizo aseguraba que en Honduras, la lucha no es contra la pobreza, sino contra el sistema político y económico en sí, el cual es el que, con su mercantilismo, genera pobreza. Cabe recordar que fue precisamente en Honduras donde se dio uno de los últimos golpes de Estado de Latinoamérica: fue en 2009, contra Manuel Zelaya, lo cual fue denunciado por el por entonces presidente general de la Asamblea de las Naciones Unidas, el nicaragüense Miguel d’Escoto, quien señaló a los Estados Unidos como principal responsable de que así se produjera, debido al “enorme historial de entreguismo del ejército hondureño”.

Entre análisis, proyectos y predicciones, la realidad latente es que casi el 52% de los capitalinos viven bajo el umbral de la pobreza, dándose un, decía el periodista hondureño Marcio Enrique Sierra, un ejemplo cumbre de “volatilidad social en el que  los procesos de formación de cohesión social, identidad colectiva, solidaridad, reciprocidad y corresponsabilidad, se ven amenazados por la expansiva pobreza de sus habitantes por un lado, y una extraordinaria concentración de la riqueza, por otro.”

Esto no hace sino agudizar la segregación urbana y dificultar aún más la posible integración social de la capital y del país en general. Hace ya 20 años, el sociólogo francés Robert Castel hablaba de los graves problemas que se producen en las sociedades cuando hay una abierta “fractura social”, y esa es la que hoy se percibe en la capital hondureña: el joven pobre de Tegucigalpa, con escasas o nulas oportunidades educativas, laborales y económicas crea una identidad alejada de la de aquellos otros jóvenes que provienen de familias adineradas que se encuentran en la misma ciudad. Este quiebre , denominado en sociología “desafiliación social”, se acentúa cuando añadimos a la escena la influencia del narcotráfico, de los grupos pandilleros, la extorsión, la organización de maras o el sicariato. Tanto es así, que incluso entre las clases más privilegiadas, hay energúmenos que llaman “cara sucia” a los de las zonas más empobrecidas y rurales del país. Esta creación de identidades confrontadas no son más que una analogía a la lucha de clases, en la cual el gobierno, en lugar de combatir la desigualdad de raíz, realiza un trabajo lampedusiano en el que aprieta las sogas a quienes realmente, desde organizaciones no gubernamentales, desde el propio funcionariado en los precarios servicios de asistencia social, desde las organizaciones religiosas afincadas en la selva y desde los colectivos vecinales, únicamente reivindican dignidad, seguridad, salubridad y un ápice de prosperidad futura.

Resulta indignante y vergonzoso, a título personal, que tras estudiar y leer sobre la situación de este país, su futuro no sea objeto de consternación y preocupación por esos mismos que sí dicen preocuparse por otros países latinoamericanos a los que no les quitan los focos de encima. Tampoco sabe uno si conviene o no a Honduras que se divulgue sobre su dramática situación global, ya que eso querría decir que de la noche a la mañana se han convertido en inesperados dueños de hidrocarburos, y visto el historial de lo que llevamos de siglo, no resulta lo más aconsejable.

Próxima parada: Jamaica.

fotos: Kadir van Lohuizen / NOOR, eleutera.org, elheraldo.hn, laprensa.hn 
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Alejandro García Maldonado

Licenciado en Derecho, ha colaborado en diversos medios como El Confidencial, Claridad Digital, El Turbión, El Importuno y Cubainformación. Autor de las obras "Testigos cegados" (2011) "Transcripción del Manifiesto Comunista" (2012), "Al resguardo del tilo rojo" (2014), "Tra due anime" (2015) y "Son de Lirios" (2016). Ha realizado estudios sobre proyectos biográficos coordinados por la Bernard Lievegoed University y dirige el proyecto literario "Etreso Biografías". Actualmente realiza un "Postgraduate Diploma of Journalism" dirigido por el National Council for Training of Journalist e impartido por la University of Strathclyde.
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