24 de junio del 2017
La Réplica La Réplica La Réplica La Réplica La Réplica



Sabemos que la industria del cine engalana sus mejores productos para estas fechas y conocemos sus recetas de alta cocina, pero no podemos resistirnos a dejarnos seducir por estos artistas del séptimo arte, estos embaucadores de la gran pantalla. A buen seguro, los productores de The Imitation Game tomaron nota de la ganadora del Oscar Una Mente Maravillosa (Ron Howard, 2001) y pensaron en rodar una película de similar enjundia. Para ello, confiaron la tarea a Morten Tyldum, un director que había demostrado solvencia y estilo en Headhunters, y de inmediato pensó en Benedict Cumberbatch, actor británico en la cúspide de su carrera.

La jugada es evidente: un biopic de carácter histórico, una persona fundamental para entender la ciencia con una vida privada tortuosa e interesante. Esos son los ingredientes que se manejan en la biografía de Alan Turing, un matemático cuyos descubrimientos fueron claves para que se produjera la victoria aliada sobre los nazis en la II Guerra Mundial.

En este enclave histórico, ya fascinante de por sí, cobra una dimensión conmovedora el declive personal de Turing, un apasionado de su trabajo con serios problemas socioafectivos. Una persona introspectiva, audaz, compleja y brillante que según las autoridades británicas cometió un delito… ser homosexual.

Ocurre que lo que parece ser una película histórica más sobre el desenlace de la guerra, lo que en un principio no es más que una convencional y emocionante trama de espionaje acaba siendo una feroz denuncia sobre la doble moral aliada, esos abanderados de la libertad que luego oprimieron a miles de homosexualesl.

Y es que hasta 1967, ser homosexual en el Reino Unido estaba tipificado como delito. Fueron muchos los homosexuales que acabaron entre rejas, algunos de ellos tan ilustres como Oscar Wilde.

De poco sirvió a Turing descubrir el secreto de Enigma para así acelerar el fin del ejercito más infame de la historia de la humanidad. Su brillante y profundo trabajo matemático (la “máquina automática”), semilla de la computadora moderna, no fue tenido en cuenta. Su incuestionable labor como científico y sus pioneras teorías acerca de la inteligencia artifical no libraron a Alan Turing de la marginación social ni de ser sometido a un cruel tratamiento hormonal para paliar su “enfermedad”.

Hoy intentan lavar esa imagen de gobierno injusto y homófobo, y aunque es cierto que occidente ha avanzado mucho en este sentido, todavía vemos episodios violentos casi a diario. Una lacra que hay erradicar entre todas y todos.

Sirva esta espléndida película de Morten Tyldum como recordatorio de nuestras miserias y también como aliciente en la lucha por las libertades sexuales, hoy más necesaria que nunca. En la recta final hacia los Oscar, La Réplica vería con buenos ojos que la recreación de la vida de Alan Turing consiguiera la estatuilla dorada. Por ser cine crítico e incómodo, por abanderar la justicia social y las libertades sexuales y de género.

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Periodista, fotógrafo y diseñador gráfico. Ha escrito en Diario de Cádiz, Rock Estatal, y El Club de los Imposibles. Es director de La Réplica. Participa en Ganemos Jerez.
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