12 de diciembre del 2017
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Anoche empezó a correr como la pólvora entre los más asiduos a la calle Consistorio que el Partido Popular jerezano pretendía impugnar el pleno de esta mañana. Casi al cierre de las ediciones de ayer un periodista investigaba si esto era cierto e iba a producirse.

Y sí. Se produjo. El Partido Popular alegó problemas con el protocolo, es decir, un formalismo, para impugnar la celebración del pleno municipal de noviembre. En concreto, y pese a estar allí presentes, dos concejalas del Grupo Municipal Popular manifestaron alrededor de las diez de la mañana no sentirse convocadas oficialmente al no haber recibido el correo electrónico que contenía la convocatoria correspondiente. El secretario municipal, visiblemente enojado, argumentó que aunque era cierto que algunos de estos mensajes electrónicos no habían sido abiertos, la secretaría necesita de la complicidad de todos los grupos municipales para un funcionamiento correcto del protocolo institucional.

En otras palabras, ciñéndose a lo estríctamente protocolario, el PP podía perfectamente anular el pleno.

Y lo hizo.

Sin embargo, todas y todos sabemos que los plenos están adjudicados —por acuerdo explícito de la corporación municipal al inicio de la legislatura— el último jueves de cada mes. Y a poco que un grupo municipal esté cohesionado o delibere diariamente, es algo perfectamente natural compartir vía WhatsApp, Telegram o por correo electrónico el orden del día, enviado en formato .pdf.

Es decir, que el Partido Popular sabía perfectamente que el pleno debía desarrollarse este jueves y cuáles eran los puntos a debatir porque, os voy a descubrir el mundo, en la política municipal nadie tiene un pelo de tonto. Sin embargo, el Partido Popular se enrocó en anularlo. ¿Por qué?

Y esa es la gran pregunta que flota en el mundillo de la actualidad municipal y la incógnita que cualquier periodista curioso debería investigar. Algún motivo de peso existirá para que el Partido Popular haya asumido una estrategia que le deja fatal no, peor aún, ante la opinión pública y que no tiene, tanto a nivel político como comunicativo, ni pies ni cabeza.

Todo apunta a que las ausencias, por una parte de su líder en este curso político, el díscolo concejal Antonio Saldaña, y por otra de su no-portavoz, María José García-Pelayo (que aún no ha participado en un pleno municipal esta legislatura y parece no haber asumido que no es alcaldesa) provocaron desde arriba —ya conocemos el nivel jerárquico de este partido— el bloqueo del pleno. Hubo un momento de la sesión, durante la exposición de motivos del cambio de fecha de las fiestas municipales, en el que el PP tenía cuatro concejales en la sala de plenos (de once que son en la corporación municipal).

Lidia Menacho, concejala dócil del aparato popular, tuvo —valga la redundancia— que lidiar con la situación y aguantó como pudo y no sin cierta sobreactuación la tormenta mediática: “¿De verdad es tan importante haber recibido un correo electrónico?“, preguntaban muchos periodistas, atónitos ante el panorama.

Es obvio que no era este el motivo real. La inaudita no celebración del pleno ordinario define perfectamente lo que el Partido Popular ha sido, es y sigue siendo en esta legislatura. En lenguaje mordeno: un trol. Políticos que prefieren torpedear el normal desarrollo de la actividad democrática a enfrentarse al debate político. Políticos que no saben actuar sin sus jerarcas. Porque ellos entienden la política como una feroz y endiablada competición en la que hay que sobrevivir, imponerse y vencer cueste lo que cueste.

Son el Dick Dastardly de la política municipal, el esperpento, la fullería, el trilero, los que ni comen ni dejan comer.

Hoy han sido indignos representantes ciudadanos.

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Periodista. Codirector de La Réplica.
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