22 de agosto del 2017
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Las encuestas se volvieron a equivocar y el Black Mirror que hacía a Donald Trump presidente se hizo realidad. Ni las minorías apoyaron a Clinton ni las mayorías rechazaron a Trump, ni los electores tuvieron en cuenta el aspecto presidencial. Nadie menos presidente que el excéntrico magnate, nadie más alejado de la decepción generalizada con la clase política. A Trump podías detestarlo por misógino, por xenófobo o incluso por maleducado, pero no por compartir los males de esa clase política que tan bien representa Hillary Clinton. Su lenguaje populista y ese “Yo no soy un político. No tengo donantes. Soy el único candidato independiente” se adueñó contra pronóstico de una población descontenta, azotada por la desigualdad y cuyos problemas sociales y estructurales no se han resuelto durante la administración Obama. Ahora Trump hará y deshará a su antojo, con una mayoría más holgada de la que nadie hubiera imaginado en el senado y el congreso, eliminando el check and balance del sistema estadounidense.

resultados

Resultados no definitivos de las elecciones de USA.

Todos los analistas, excepto el imprevisible Michael Moore, evaluaban el grado de rechazo que Trump generaba, cuando la clave era el rechazo que genera Clinton. La que ya no será la primera presidenta de EEUU era la antítesis de la clase trabajadora, venía con un prestigio dilapidado y una popularidad bajo mínimos, y ni el favor de los medios mayoritarios han conseguido frenar su insignificancia para el grueso poblacional. Los latinos se quedaron en casa. Los universitarios la ignoraron. A nadie le entusiasmaba Clinton, que se vendía como un mal menor a Trump. No parecía una buena carta de presentación.

Las plantillas que nos servían para analizar la realidad sociopolítica, no nos valen para el mundo de hoy, inmerso en una crisis sin igual de valores y de modelo de progreso. Por si las pistas del Bréxit o La No-Paz en Colombia no hubieran sido suficientes, ahora Trump es presidente del país más influyente en el mundo.

En su primer discurso como presidente Trump se ha mostrado extrañamente conciliador, pero ha dejado claro a la Comunidad Internacional “que lo primero va a ser EEUU“. Nada nuevo, pero nunca tan explícito. Con un mundo en estado de shock, los republicanos deseando imponer su criterio económico (se asoma una reforma fiscal sin precedentes que afectará al estado del bienestar) y unos mercados titubeantes, todo lo que viene ahora es imprevisible no sólo para EEUU, también para el resto del mundo. Trump ha ganado las elecciones presentándose como un personaje reaccionario, caricaturesco y radical en el peor de los sentidos, ha destrozado internamente su propio partido, se ha enfrentado a todos los medios y ha atemorizado a medio mundo, y aún así ha ganado. Así sería el hartazgo social para que la gente se eche a los brazos de un tipo así. Una enmienda a la totalidad que les puede llevar al desastre.

Muchos se acordarán ahora de Bernie Sanders.

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Escritor y Social Media Manager. Ha publicado artículos culturales para medios como La Marea, Secretolivo, Perarnau Magazine o La Voz del Sur. Ha escrito el libro Yo, precario (Libros del Lince 2013), Hijos del Sur (Tierra de Nadie 2016) y Juan sin miedo (Alkibla 2015). Ha sido traducido al griego y al alemán. En 2014, creó La Réplica, periodismo incómodo.

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    2 Réplicas

  1. Carlos

    Trump o Hillary, De verdad ganábamos algo?. Era muy patético el enfrentamiento entre Hillary Clinton y Donald Trump , es decir, guerra entre blancos pobres y negros e hispanos aún más pobres. Totalmente desolador

  2. T&T

    Yo no sé que esperaba la gente de Hillary, la mujer de un señor que tiene cuatro acusaciones de violación… Trump será un payaso y un patoso, ¿pero Hillary?

    Por otro lado, Bernie Sanders, para el americano medio, es poco menos que Stalin; cualquier que conozca un poco ese país, sabe que allí ser de izquierdas es sinónimo de fracaso electoral (además Sanders es pro-OTAN, mientras que Trump no lo es)

    Deberíamos quitarnos los prejuicios de encima y dejar de analizar el mundo del siglo XXI como si estuviésemos en 1945 o en 1989: ya no existen las izquierdas ni las derechas, existen los globalistas y los anti-globalización. Los partidos comunistas del este de Europa lo están entendiendo muy bien: aquí todavía no

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