28 de marzo del 2017
La Réplica La Réplica La Réplica La Réplica La Réplica



No andaríamos desencaminados si pusiéramos en duda la validez de la ficción hoy en día, en un mundo en el que la realidad se empeña en estar siempre en la vanguardia, desestructurando el relato ficticio y superándolo en todo momento como si por algún artificio mágico el presente tuviese conciencia y examinando la ficción decidiera en todo momento que la superaría. Lo imaginario siempre termina por materializarse en el plano real. No importa la variedad de posibilidades, siempre germina la más improbable. La frase “la realidad supera a la ficción” ha quedado ya obsoleta por no ser una excepción sino una regla constante.

En esta sociedad de lo “cipotudo” y la “posverdad” hace poco más de año y medio apareció en la escena política internacional un millonario desagradable, misógino y racista que hasta ese momento se dedicaba a los negocios y que por unos motivos que todavía no se terminan de entender, creyó que sería buena idea intentar ser presidente de los Estados Unidos de América: así, como quien se levanta un día decidido a rebajar las tomas de café diarias, Donald Trump se puso como objetivo llegar a la Casa Blanca. En su cabeza era el último escalón por subir, la sublimación de una vida dedicada a destacar, llamar la atención y hacer negocios. Uno se lo imagina en una partida de póquer apostando, entre bebidas y mucho tabaco. Esa típica conversación cuñada en la que un iluminado de repente suelta un “¿A que no hay huevos?”. Una apuesta dentro de un juego de apuestas, el guante estaba echado y Donald lo recogió. No me extrañaría que así hubiera sucedido. Por lo menos no es tan descabellado si el protagonista es este hombre, que parece sentirse más a gusto conviviendo con el ridículo.

El gran salto al vacío, la cumbre para cualquier estadounidense. En los negocios ya había triunfado —más o menos—; era el momento de que controlar también otros negocios de forma más o menos directa.

Algo parecido a lo que fue Jesús Gil en Marbella, pero extrapolado a todo el país. Sí, contra Mariano, contra Rivera o contra PIT.

La noticia de su candidatura a liderar a los republicanos en las elecciones fue motivo de mofa, de escarnio público y de muchísima intensidad en Twitter. Los memes se sucedían, los vídeos de sus apariciones estelares en televisión se convirtieron en virales. Y nadie le tomó en serio. Todos creyeron —servidor incluido— que todo quedaría en una mera anécdota, motivo más de vergüenza para los otros candidatos por tener que debatir con él que no de preocupación. Trump sería la broma graciosa de 2016.

Y entonces ganó las primarias republicanas. La broma comenzaba a ser pesada, algunos se preocupaban. Amplios sectores de la sociedad americana comenzaron a apoyar a Hillary Clinton —incluso muchos afines al Partido Republicano—; Trump llegaba a las elecciones presidenciales prácticamente sin apoyos y con todo el mundo asegurando que ni olería el Despacho Oval.

¡Donald Trump candidato a la presidencia! Qué divertida es la realidad, la historia daría para una novela. Algunos ya vislumbraban una distopía literaria con el bueno de Donald como presidente y arrasando con todo lo que se encuentra a su paso. Menos mal que sería como despertar de un sueño inquietante y comprobar que sigues en tu habitación y que nada de lo que ha pasado por tu cabeza ha llegado.

Y la realidad dio otro golpe sobre la mesa. La ficción ha muerto, ¡larga vida a la verdad! Trump se iba a convertir en el 45º Presidente de los Estados Unidos de América. Era un hecho y el mundo no salía de su asombro, su inquietud y su miedo. Indignación, negación y llanto. Dudas, incertidumbre. Durante las largas semanas que transcurrieron entre las elecciones y la toma de posesión todo el planeta se inundó de análisis. Centenares de preguntas intentaban buscar una respuesta: algunos intentaban con dudoso éxito relajar el ambiente crispado —“una vez en la Casa Blanca rebajará su tono”, decían unos; “cuando llegue al poder verá que no es todo como imagina”, decían otros—; la sociedad intentaba buscar un elemento tranquilizador al que aferrarse y evitar pensar en el fin del mundo que tanto habían pregonado si ganaba el republicano las elecciones. Peor que el telón de acero, la vuelta a la década que precedió la II Guerra Mundial. Un tirano esquizofrénico a los mandos de la primera potencia mundial.

Todavía es pronto para llegar a una conclusión tan apocalíptica, pero bien es cierto que los primeros días de Donald Trump como presidente están causando un impacto sin precedentes, tanto en la sociedad americana como en la internacional. Y no digamos ya en los medios de comunicación. Ha quedado claro que este tipo va en serio, que lo que prometía en campaña lo cumplirá o por lo menos lo intentará: su discurso de investidura ya fue toda una declaración de intenciones —una ceremonia que también pasará a la historia como la de “Melania secuestrada” o “Barron el repelente”— en la que Trump no dejaba margen para la especulación.

El muro será construido; los inmigrantes expulsados; por cada nuevo decreto dos serán eliminados; construcción pública a mansalva; proteccionismo; acercamiento a Putin… cuestiones que dejó claro en su campaña presidencial y que nadie se tomó en serio. 60 millones de americanos le dieron su apoyo. Algo está fallando y tal vez Trump sea la consecuencia de décadas de políticas equivocadas y un menosprecio constante por las clases menos favorecedoras. De hecho, rizando el rizo, las propias élites se han perjudicado a ellas mismas al forzar a la ciudadanía, al querer que fuera tan maleable que la ha convertido en sujetos sin capacidad crítica. Y además se les ha exprimido hasta la saciedad, creyendo que podrían hacerlo sin fin y no habría efectos negativos. Pues sí que lo había, y se llama Donald Trump. La consecuencia de crear nichos de población con poca cultura y pensamiento propio se convierte en un peligroso alimento para que cualquier exaltado capitalice la rabia de la gente más humilde —amén de excepciones, por supuesto, pero la mayoría es la que es— que está cansada de un abuso de poder por parte de los de arriba. En su creencia de ser intocables les han sacado a patadas del Olimpo, y todavía no entienden por qué. Por eso Trump se presentó y se rieron de él. Por eso ganó las primarias y seguían mofándose. Y ahora observan horrorizados sin ver que han sido precisamente ellos quienes le han impulsado a lo más alto. Se han cagado en sus bocas y todavía no saben que es mierda lo que están saboreando.

En Europa estamos asistiendo a un fenómeno parecido, con el agravante de que una posible desintegración de la Unión Europea no es ninguna exageración. La crisis que todavía estamos soportando y que lleva una década sacudiendo la sociedad debería haber servido a los líderes para darse cuenta de que no se pueden llevar a cabo unas políticas de estrangulamiento y desigualdad sin que haya consecuencias graves. Las estamos empezando a ver ahora, con Gran Bretaña fuera de la unión y Francia camino de tener un Gobierno —Le Pen tiene serias posibilidades de ganar— que aboga por irse también de la UE. Si Francia se va, podemos ir dando por muerto el proyecto europeo. Las señales están ahí, la gente está dejando claro su descontento con la tan cacareada “socialdemocracia” que sólo ha conseguido dar un impulso nuevo a los nacionalismos y las políticas de aislamiento comercial. Hay que crear unas nuevas reglas en las que todos podamos participar de un proyecto común que no sólo implique a las altas esferas. Pero es muy complicado, porque la Historia de la Humanidad siempre ha subsistido a base de abusos de poder, clases pobres esclavizadas y desigualdad.

Como un último apunte, muchos expertos —y no tan expertos— pregonan que “nunca hemos estado mejor que ahora en Europa”. Una afirmación que no se puede refutar, es tan cierta como contundente. Pero hay matices que conviene tener en cuenta porque de lo contrario caeremos en un autoengaño desastroso. Tal vez antes de la crisis fuera cierto: Europa vivía su período más esplendoroso de toda su historia, pero desde entonces en 2006-2007 la línea de mejora social, económica y filosófica está en franco descenso. Quien no quiera verlo se encontrará de repente con la peligrosa realidad. Porque la ficción ha dejado de ser refugio para nuestros miedos e inseguridades, ya no es el lugar en el que verter tiempos de dificultades y conflictos. El mundo real es el que se está yendo al garete. ¿Estamos mejor que en 1950? Por supuesto. ¿Mejor que en 2006? Me temo que no.

Por una vez con sumo gusto aceptaría que los políticos fueran cortoplacistas y dejaran de comparar el presente con el pasado de hace más de treinta años. Esos años ya no sirven, estamos ya de lleno en el siglo XXI. Y no cabe duda de que estamos en franca caída.

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Alejandro F. Orradre

¿Escritor? || Coleccionista de blurays (480) || Bolaño || Librópata || Miembro de la PAE || Escribo cosas raras en @murraymagazine y @Neupic

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