18 de octubre del 2017
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Lo vemos todo el tiempo. Los niños y las niñas, sobre todo los mayores, juegan de forma distinta, a través de materiales y juguetes claramente etiquetados por género e incluso con intenciones poco parejas. Si echáis un vistazo a los patios y aulas de cualquier centro educativo, veréis que los juegos todavía llevan marcada la palabra rol en su forma y en su fondo.

¿Por qué empiezo hablando del juego cuando quiero hablar de educar en igualdad de género? La respuesta es fácil. El juego, a ciertas edades, es prácticamente la única vía educativa con la que se forma a los niños. De los 0 a los 6 años, cuando se cimentan grandes bastiones de nuestra personalidad y sentido crítico, es el único método, en casa y en las guarderías. Y a partir de entonces, cuando la escolaridad deja de ser voluntaria, sigue ocupando un papel inquebrantablemente dominante durante mucho tiempo.

A través del juego, se inculcan valores, se vertebran las primeras habilidades sociales y se expresan emociones. Es por eso que, para hablar de igualdad de género, es indispensable reparar en el poder pedagógico del juego. La mejor manera de luchar contra las desigualdades sexistas es a través de la educación más temprana. Y aquí volvemos al juego. Entenderéis, entonces, que detenerse a observar más de cinco minutos en como se divierten los niños de nuestro entorno no es una nimiedad.

 

El juego es pieza básica en la educación de los niños y niñas.

El juego es pieza básica en la educación de los niños y niñas.

El juego, ¿imposición o instinto?

En la diferenciación de las formas de jugar entre niños y niñas, hay muchos factores implicados. Los primeros son los biológicos. Es decir, lo que somos y venimos siendo durante millones de años. Algo que, por otro lado, poco tiene que ver con el bombardeo publicitario, el entorno familiar y los estereotipos culturales, las principales razones que siempre se esgrimen para explicar las diferencias de roles entre niños y niñas. En este sentido, creo que es importante formularse la siguiente pregunta: ¿No hay en la forma de expresarse de los más pequeños algo de naturaleza y predisposición genética?

Un ejemplo: con una actitud neutral, en mi entorno he podido comprobar que las tendencias congénitas existen. Los niños tienden a los juguetes más activos y competitivos y las niñas prefieren lo que tiene que ver con el trato humano, la comunicación verbal y las relaciones sociales, hecho que explicaría claramente su preferencia por las muñecas. Para mí esta expresión es lo más cercano al instinto que existe, y aquello que sale de forma natural e innata no debería alimentar debates machistas o feministas.

Después está el tema de la imposición. Es obvio decir que existe y condiciona muchas de nuestras expresiones diarias, y el juego no es una excepción. Abrimos un catálogo de juguetes y allí aparecen escritos todos los estereotipos vinculados a las pautas de conducta que la sociedad impone y espera de un individuo: niñas jugando a cocinas y niños jugando con los coches teledirigidos.

 

Fomentar espacios de libre aprendizaje se vincula con el progreso educativo.

Fomentar espacios de libre aprendizaje se vincula con el progreso educativo.


Objetivo: igualdad

A partir de aquí, ¿cómo revertir esta situación? La envergadura de la tarea no es nada desdeñable ya que, a todo lo que hemos expuesto, se suma la necesidad de colaboración por parte de las familias. Además, en educación infantil y sobre todo en el primer ciclo (de los 0 a los 3 años), los programas y objetivos académicos, aunque estén perfectamente fijados, parten de un principio de laxitud dada la edad de los alumnos.

Muchos se preguntarán si se puede luchar contra toda esta imposición social sólo con el juego como arma, amén de alinear los objetivos académicos con el talante de las familias, cada una con su legado cultural e ideológico. No lo creo, al menos a corto plazo. Pero no por ese motivo, se debe renunciar a proveer a los más pequeños de valiosas herramientas para ir revertiendo este escenario.

Siempre he pensado, y así lo estoy corroborando ahora que trabajo con niños, que más que leer, escribir o saber el nombre y significado de muchas palabras, en los centros infantiles se deberían consolidar espacios con la libertad de elección de fondo, donde los niños puedan ir labrando la adquisición de recursos y capacidad para discurrir, elementos indispensables para cambiar esquemas inamovibles de la sociedad en un futuro. En definitiva, un espacio donde no todo esté hecho y que alimente sus ansias por comprobar si lo que ven delante suyo es el único camino o todavía puede haber algo más por descubrir.

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Educar en igualdad supone asumir y comprender las diferencias.

 

La disciplina del método educativo a la que se vieron sometidos nuestros padres es algo por lo que cojeamos a muchos niveles como sociedad a día de hoy, y uno de ellos es, sin duda, la desigualdad de género. La disciplina, rasgo anteriormente alabado en cualquier centro educativo y que cada vez se está ganando el calificativo de lacra limitante en muchos foros académicos, se da completamente de bruces con este supuesto escenario de “dejar hacer” que estoy presentando.

Pero no os confundáis: la libertad para mí no está ni ha estado nunca en las antípodas de la dirección y los límites. Te puedes sentir completamente libre en un entorno dónde sabes que hay cosas que no debes hacer. Y aunque parezca lo contrario, a través del juego se pueden inculcar un montón de pautas y valores de forma casi involuntaria, aunqué estén perfectamente planificadas. Los ejes transversales (educación vial, sostenibilidad ambiental o igualdad de género, por poner unos ejemplos) en educación infantil es algo que se trabaja con juegos tan primarios e imperecederos como las cocinas o los juegos con muñecas. 

Sin la intervención de los adultos, que vamos cargando con nuestras mochilas de clichés allá donde vamos, los niños entienden poco de roles. Añadiré algo ilustrativo: en el centro en el que estoy ahora trabajando, son dos niños, en masculino, los que se pasan el día en la cocina de juguete preparándome platos inventados sin parar.

Concluyendo, la clave para revertir cualquier situación de estas características es a través de unas nuevas generaciones perfectamente en sintonía con la libertad de pensamiento y la idea que el estado de las cosas, tal y como es y se ve, no tiene por qué ser inamovible. Siempre me he sentido cercana a esta opinión, pero el otro día lo tuve claro. Estaban dos niñas, a su rollo, poniendo a dormir un muñeco en la pequeña cuna, cuando vino un niño y dijo: “¿Acaso no véis que ya está dormida? Esta muñeca es mi hija y la he dormido yo antes, que para eso soy su padre”.

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Carol Nadal

Periodista y educadora infantil en ciernes. Eso es lo que veréis aquí. Pero también soy melómana (rockera para más inri), futbolera, cinéfila, barcelonesa de cuna y, aunque suene a contradicción, bastante recelosa del mundo virtual.

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    Una Réplica

  1. Atenagoras

    El articulo muy interesante. Es oro molido. Espero que la autora colabore con más asiduidad en La Replica, porque merece la pena leerla. A mi me ha hecho reflexionar y me ha abierto ventanas en el tema de la educación, tan vilipendiada en estos momentos en España

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