20 de septiembre del 2018
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A partir de este artículo de Ana Domínguez Rama y Quique Madrid donde reflexionaban en torno a la normalización de la precariedad, he escrito un manifiesto con diez aspectos sobren los que vale la pena trabajar para combatir la precariedad y vencer a medio plazo esta lacra social. La lucha contra la precariedad convoca a multitud de colectivos y discusiones transversales, con lo que parece necesario fijar un marco de trabajo y espacio de reflexión. Analicemos algunas claves importantes en la realidad precaria. 

La batalla del relato

De alguna manera, el gobierno y la oligarquía de este país han logrado des-responsabilizarse de la precariedad, como si haber llegado a ser un país de precarios hubiera surgido por generación espontánea y no como resultado de una forma de entender la política, la economía, la vida. Han convertido la precariedad una drama individual, solitario y amargo. A menudo, quienes sufren la precariedad lo ocultan por vergüenza y prestigio social, cuando se trata de un fenómeno de lo más común. No hay persona en España que no tengan familiares afectados por la precariedad y, aún así, en las reuniones sociales parece que nadie tuviera que lidiar con ello.

Hay una batalla en el relato de la precariedad, la de quienes intentar señalar al precario como culpable de su desdicha (ya saben, la culpa la tiene el pobre), consecuencia de su ausencia de mérito, y la de quienes entienden que es un problema de raíces profundas y soluciones colectivas. Sea como fuere, el deber de los gobiernos es combatir la precariedad mediante políticas de empleo que aseguren la dignidad y velen por los derechos de los trabajadores. Algo que no sólo no está sucediendo, sino que ha ido en detrimento con la reforma laboral de 2012. Hoy, España es un país de precarios.

 

De la vergüenza precaria al orgullo de los precarios

La precariedad ha de ser rescatada del “yo” para establecerse en un “nosotras”. Es el deber de todas convertirla en una lucha colectiva, que dé refugio a todas esas personas que viven nómadas, deambulando de un trabajo indecente a otro de la misma naturaleza. La sensación de incertidumbre y fracaso lleva muchas veces a los precarios a la automarginación y la vergüenza social. La necesidad de empoderarse es hoy un requisito indispensable para organizar cualquier conquista de derechos. La lucha precaria debería asentarse en un colectivo concreto -como intentó Juventud sin futuro, o como es ahora la Pah, las Kellys o los colectivos feministas-, pero es un asunto pendiente en este país.  Si bien la hibridación de las luchas se antoja fundamental, no menos importante es nominalizarlas para hacerlas reconocibles. Si no otorgamos a la precariedad un nombre y una entidad, al final parecerá que no luchamos contra la precariedad, sino contra otra cosa.

La imprescindible libertad de expresión

La lucha contra la precariedad exige una profunda reflexión social, en el que se pongan las cartas sobre la mesa y se reconozca los entresijo de una cruel realidad. Para esto es vital poder expresarse en libertad. Nuestra libertad de expresión también se encuentra seriamente amenazada y los últimos años hemos sufrido un retroceso en derechos que nos lleva a la liga de los peores países de Europa. Se trata de nuestro vehículo más preciado para expresar reivindicaciones y alzar la voz para mejorar las condiciones de trabajo de la gente, y tendremos que amurallarnos para protegerlo por encima del poder dominante. El primer y más necesario altavoz de los precarios es la calle. Defender la libertad de expresión es defender la dignidad en el trabajo. 

El asociacionismo como músculo contra la precariedad

La lucha precaria también es feminista, es la lucha de nuestros pensionistas y son las mareas que luchan por la sanidad y educación públicas, gratuitas y universales. La precariedad es casi lo más transversal que existe en este país. Desde un profesor asociado hasta un pensionista con una ayuda pírrica tras años de duro trabajo o un empleado de la salud que trabaja infinidad de horas. La precariedad afecta a todas las razas, religiones, sectores y colectivos. Por tanto, no tiene sentido desvincularla del mundo que le rodea, sino todo lo contrario. La lucha contra la precariedad debe ser ese un elemento vertebrador de nuestras reivindicaciones más elementales en materia laboral. La actuación del movimiento precario debe ir más allá de su naturaleza reparadora (la lucha contra la explotación, congelación salarial y grandes desigualdades en materia de empleo), y convertirse en fuerza motora para la aplicación de cualquier mejora en todos los sectores y segmentos de trabajadores y trabajadoras.

Activismo pedagógico

Otro aspecto necesario es la implicación de activistas que sepan explicar qué genera la precariedad y cómo se produce, pues no todo el mundo conoce las raíces del problema. Sociólogos, economistas, profesores, políticos… se precisa de “agentes desenmascaradores” que, de forma pedagógica, señalen cuáles son las recetas que no van a sacar a los precarios y precarias del lodazal de la precariedad. El neoliberalismo adopta muchas apariencias –la gran mentira de la excelencia y la meritocracia– y es necesario agilizar una respuesta firme y solidaria. El camino más costoso y largo pero también el más efectivo es ese, la pedagogía. La precariedad no puede ser excluyente y debe invitar a la colectivización. Explicar las relaciones de poder entre las élites, el conjunto de intereses económicos que afectan a la clase trabajadora, qué pasos pueden ayudar a esta sociedad a crear un ecosistema de trabajo digno, etcétera. Y esta pedagogía pasar por hacer el debate público, transparente y que llegue al máximo número de personas posible.

Trump es un ejemplo de neopolítica que gobierna para las élites.

La lucha contra los falsos autónomos

Una batalla que está en el aire, que afecta a entre 100.000 y 200.000 trabajadores y contra la que conviene organizarse pues, como ya hemos dicho, son los recovecos que encuentra el poder para prolongar las condiciones de subordinación y dependencia. Por fortuna, la ciudadanía ha respondido de manera ejemplar ante las nuevas fórmulas de precarización, como pueden ser las empresas digitales asociadas al reparto a domicilio. En en un alarde de valentía, los riders de Deliveroo van ganando batallas estratégicas que le reconocen sus derechos. Pero no afecta solo a este colectivo, las empresas multiservicios caen habitualmente en esta práctica fraudulenta. Una alerta que debe contar con el apoyo de los agentes sociales para erradicar cualquier situación que genere condiciones de precariedad y dependencia más propia de otros siglos. Es, a la vez, una lucha contra el fraude a la administración, .

Por otro lado, pese a los avances recientes, este país sigue estando en deuda con los autónomos precarios. El 35% por ciento de los autónomos en España está en riesgo de pobreza, más de la mitad no llega a ganar mil euros al mes. Los derechos de los autónomos pasan por seguir avanzando en flexibilidad, en una contribución progresiva y en mayores beneficios según la repercusión que aporta su actividad.

La lucha contra los becarios trabajadores

Por si fueran poco los problemas adyacentes, este país necesita hacer un seguimiento exhaustivo para que los becarios en periodo formativo no terminen trabajando como un trabajador más. Y esto pasa por un ajuste de la legislación, la tutorización de los procesos y la memoria del proceso de aprendizaje. El periodo formativo es un periodo para aprender un oficio, en el que la empresa presta un servicio social, donde capacita a trabajadores con el objeto de incorporarlos a sus plantillas o proporcionar una experiencia de aprendizaje que resulte útil para el futuro del estudiante. Nunca hacer labores de becario debe confundirse con el rol de un trabajador en plantilla. Devalúa el valor del trabajador y supone un gran abuso por parte del empresario. La contraprestación del empresario para con el estudiante y la sociedad se trata de una contraprestación voluntaria y sin ánimo de lucro. Si quieres mantener tu marca, tendrá que ser por otro camino que no sea contratar trabajadores en régimen de becarios. Quien no entienda eso (hola Jordi Cruz) es que no ha entendido nada de la responsabilidad social de las empresas y de lo que significa un periodo formativo.

Los periodos de formación no deben suponer una amenaza para el trabajador precario, y son los agentes sociales quienes deben delimitar de manera estricta las funciones de unos y otros, para que no surja ni la más mínima duda a las grandes corporaciones a la hora de elegir. Si quieres un trabajo cualificado y de calidad, debes acudir a un trabajador. Si quieres formar a alguien, a un becario.

Sin memoria, una batalla perdida

La necesidad de recordar a quienes lucharon por nuestras libertades, y a todas esas personas que se quedaron en el camino, es básico para contextualizar las luchas a las que nos enfrentamos, pues obtienen muchas veces la misma resistencia, de los mismos grupos oligárquicos y en las mismas direcciones. La experiencia es un grado. Hay que afrontar la realidad, hay quienes descaradamente prefieren una sociedad de privilegios y una clase trabajadora fragmentada y desmotivada. No son más que pautas de comportamiento de quienes siempre bloquearon cualquier avance social. La historia los deja siempre del mismo lado. Del igual forma, cabe rescatar del olvido a todos esos trabajadores y trabajadoras que perdieron su vida en el ejercicio de un trabajo que realizaban de forma insegura, con grandes riesgos y de forma precaria. La memoria es un instrumento de inmenso valor constructivo, pues nos ayuda a recordar qué nos ha traído hasta aquí y cuáles son, por ende, las sendas que no debemos volver a pisar.

Sin inversión, no hay retorno

Por desgracia, en España es un mal que conocemos de sobra. De la dejadez de funciones de los dos gobiernos anteriores, que vieron cómo se marchaba su talento sin opciones de retorno, viene la situación actual. De aquellos barros, estos lodos. Ese talento desperdiciado deja a nuestro mercado de trabajo sin innovación, sin nuevas oportunidades ni márgenes de mejora. Es estacional, está centralizado en el sector servicios y es precario. Sin talento motor, no cambiará esta realidad y es una responsabilidad de las administraciones y los representantes públicos construir los espacios de desarrollo que nos proporcionen un mejor futuro. Si no apretamos desde las calles para que se mime el talento de nuestra juventud, no podremos pedirles luego contraprestaciones. Se habrán marchado a buscar una vida digna.

La necesidad de una carta fundacional  

El precariado debe hacer camino al andar, librarse de complejos, quitarse el bozal y pronunciarse, ocupar el espacio público, hacerse notar. Solo así, a través de clamores populares, se consiguen cambios significativos en un país cuya sensación general en la última década ha sido de retroceso a nivel social y laboral. La precariedad aísla, desanima y acobarda, por eso es necesario aportarle al precariado el soporte emocional en esta lucha. Se necesitan agarraderos, grandes aliados en esta batalla de fondo. La vinculación de los movimientos sindicales es fundamental -y los sindicatos mayoritarios han actuado muchas veces contra el precariado– y deben abandonar su status quo para crear nuevos espacios de actuación, que protejan y salvaguarden los intereses de los precarios.

El precariado necesita un manifiesto y carta fundacional de consenso que vea la luz pública y sobre la que construir un futuro que amenace su supervivencia, es decir, un futuro sin precarios.

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Escritor y Social Media Manager. Ha publicado artículos culturales para medios como La Marea, Secretolivo, Perarnau Magazine o La Voz del Sur. Ha escrito el libro Yo, precario (Libros del Lince 2013), Hijos del Sur (Tierra de Nadie 2016) y Juan sin miedo (Alkibla 2015). Ha sido traducido al griego y al alemán. En 2014, creó La Réplica, periodismo incómodo.

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