16 de junio del 2018
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 Una: la ficción

Dicen que es el Faulkner  griego. Supongo que él se presenta simplemente como Christos Ikonomou. En 2010 sacó a la luz un libro, ahora necesaria y justamente editado en España por Valparaíso, llamado Algo va a pasar, ya lo verás. Una compilación de quince relatos cortos enmarcados en la Grecia de la crisis, la crisis de ahora, la que también asola otros muchos países, la que estalló sin que nadie hubiera podido anticipar nada (¿o sí?). Una ficción muy sutil, delicada y cotidiana, sin artificios, que va tejiendo vidas atravesadas por la ausencia, la carencia, la desesperanza, las facturas. Y, cómo no, por el hambre, que es el epicentro de la desgracia.

«[…] un día vino una niña vestida de chico y un bigotito pintado en la cara con carbón. Se notaba de inmediato que se lo había pintado y la gente que lo veía se sorprendía. Cuando le preguntaron contestó que su madre había muerto de hambre y que su abuela lo mismo y que todas las mujeres de su familia habían muerto de hambre y que se había vestido de hombre para burlar a la muerte —me tomará por un hombre, decía, y me dejará vivir. Os juro por Dios que eso fue lo que dijo […], no levantaba un palmo del suelo, no tendría más de siete u ocho años.» (Del relato Bigotito con carbón). 

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Ikonomou es un grato descubrimiento. Un libro más que recomendable, un soplo de ternura como antídoto para los tiempos duros, un abrazo solidario que recuerda a los más desfavorecidos que, al margen de la ficción, fuera de las páginas de un libro, se cuentan de hecho por millones: desahuciados, amenazados, desposeídos, despedidos, comidos por la pobreza, sin futuro, sin expectativas. Así, conocemos a Eli, que acaba viendo cómo su novio desaparece con los pocos ahorros que ha conseguido reunir; al padre que sueña con poder llevar a casa algo de comida para su hijo; a Mijalis, fascinado por los poemas de Miguel Hernández; a un grupo de jubilados que, extenuados, hacen noche a la intemperie para que la Seguridad Social los atienda por riguroso orden de llegada y no se olvide de ellos…

A pesar de todo, y aquí radica lo que considero su mayor habilidad, Ikonomou permite en todo momento que la esperanza brille pálidamente en algún punto del horizonte. Y es que como dice Niki, protagonista del relato que da nombre al libro, hay cosas verdaderas que no han ocurrido nunca.

Christos Ikonomou – Fotografía de H. Schmidt

 

Dos: siniestro total

Como el mítico conjunto gallego: así se titula el último libro de Pedro Simón, editado por FronteraD. No en vano es Julián Hernández, líder de la banda, quien lo prologa. El autor ya se estrenó con el género de la novela hace unos meses: Peligro de derrumbe. Algunos de sus protagonistas, como Antonio, el antiguo arquitecto y profesor de Dibujo Técnico que hoy recoge colillas del suelo, reaparecen aquí en carne y hueso.

Sin evadir la crudeza Simón rescata perfiles de auténticos luchadores con un estilo único. Historias reales, de personas como usted y como yo, envueltas en papel de crónica. No todas lo tienen tan fácil para acceder al mercado laboral. Hay inmigrantes, discapacitados, personas que sufrieron accidentes o pasaron por situaciones traumáticas —abusos, malos tratos, drogadicción—.

Durante casi tres años Simón ha recorrido el país buscando historias y se ha encontrado de frente con el sufrimiento de protagonistas abatidos, de los que vuelven a casa de los padres, de los que han mandado a los Reyes Magos a la guillotina porque resulta que este año, como el pasado y el anterior, no hay nada que echarles a los niños. También, y esto es quizá uno de los aspectos más llamativos del libro, ofrece en sus páginas retratos de absurdos proyectos del despilfarro, como el Bosque de Acero (Cuenca) o la pista de esquí de Villavieja del Cerro (Valladolid), en los que se inyectaron millones de euros en época de vacas gordas y que hoy son el escenario del sinsentido.

Siniestro total, con todo, es el contrapunto al pesimismo y al dolor. Hay mucho dolor y abismos inverosímiles en estas páginas, pero también lugar para el alivio y la fe, para la fuerza. Laura, por ejemplo, es la peluquera que cobra un euro por cortar el pelo a los parados en Barcelona. Patricia cedió su casa desocupada a Julián, porque no podía soportar la idea de que una vivienda estuviese vacía sabiendo que hay tantas personas sin absolutamente nada, durmiendo en la calle. Babacar, que veía el futuro más negro que su piel africana, acabó encontrando un empleo como cuidador de la pequeña Julia.

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Siniestro total habla de los comedores sociales en España. Como los del Auxilio Social, pero hoy llevados por ONG’s, que disfrazan a los voluntarios de camareros y mienten a los niños haciéndoles creer que están comiendo en restaurantes, que ellos también pueden darse ese lujo, endulzándoles el almuerzo y dignificándoles la infancia.

De centros de asistencia social que atienden a recién nacidos abandonados, de quienes se ocupaba la caridad antaño. Pero estos son niños de ahora, paridos prácticamente en las aceras y abandonados a su suerte porque no sólo se embaraza la que puede costearse una boca más que alimentar: la que no, a veces, también.

De niños con hambre. Pero no aquellos niños a los que hacían entornar el Con flores a María catecumenado en mano, sino niños de ahora; de los que usted podría ver cuando pasea cerca de un colegio, que van a clase a veces sin desayunar, o con bocadillos mágicos, de pan con pan, a los que uno puede añadir embutido al gusto si le echa la imaginación suficiente.

Pedro Simón

Pedro Simón en una fotografía de El Mundo.

De familias numerosas apiñadas en una mesa de comedor, comiendo de “la olla grande”, gracias a la pensión del abuelo. Pero no en el comedor con el torito encima del Telefunken de veinte pulgadas, sino en casas que usted podría quizá encontrar a una manzana, no mucho más lejos.

De padrinos que apadrinan pobres. Los padrinos son noruegos y los apadrinados, los pobres, son españoles. Algunos de sus vecinos han podido comer, quizá, gracias a la providencia escandinava. Esto ha pasado y/o está pasando, sépalo.

Siniestro total tiene una cubierta y unas fotografías en blanco y negro —estupendas, por cierto, y obra de Carlos García Pozo—, pero es un espejo a todo color de la España de hoy, que deja constancia silenciosa de que avanzamos en dirección al pasado.

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Rocío Martínez

Periodista freelance, escritora, técnico audiovisual. Formándose como psicóloga. Ha formado parte de El Mundo, Tercera Información, El Mostrador, Harper's Bazaar o Showrunner, entre otros.
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