15 de diciembre del 2018
La Réplica La Réplica La Réplica La Réplica La Réplica



El ataque al micro de Boca y el pésimo operativo de seguridad son la superficie del problema. Las razones de fondo son varias y hace tiempo que las vienen trabajando y denunciando algunos investigadores, como Pablo Alabarces, sin que nadie les tire un centro:

1) En un país socialmente fragmentado, en el que se obliga a buena parte de la población a vivir con 10 mil pesos al mes, no se puede pretender que el día a día no se desarrolle en un estado de violencia inminente. Al contrario: el milagro es que no se produzcan estallidos aún más violentos que lo habitual. Es decir, la violencia social siempre tiene algún vínculo con las formas de violencia que constituyen nuestras sociedades actuales.

2) Los hinchas violentos no son diez o quince, son varios más y cuentan con toda nuestra complicidad e hipocresía. Porque la barra brava nos gusta, nos representa, custodia y hasta constituye nuestra identidad. Es la que demuestra que tenemos más huevos que el resto en un fútbol que ya no pasa por jugar a la pelota.

3) Las barras acumularon poder en connivencia con los dirigentes del fútbol y la política, y también gracias a la legitimidad que les otorga el discurso periodístico. Porque cuando a uno se le va la mano todo es una “barbaridad de energúmenos incivilizados”. Pero en el medio todo es el aguante y los colores y esa furia celebrada y azuzada como una supuesta pasión que en realidad es otra cosa.

4) Pero dirigentes, periodismo e hinchas no son los únicos responsables de la historia. Los barras (como sucede también en otros espacios culturales, como la música, aunque de otra manera) se han vuelto depositarios de nuestra identidad porque esa representación ya no la encontramos en otras instituciones, sobre todo en las políticas.

5) Y más: las barras se han vuelto protagonistas del espectáculo también como consecuencia de la organización del fútbol a nivel mundial. Porque en un fútbol sometido al saqueo de los grandes capitales de Europa y Asia, lo único que queda es la barra, y quizás algún entrenador. Los jugadores no; los jugadores se las toman. Son comprados antes de los veinte por potencias que están por encima del poder del fútbol local, en una suerte de comercio esclavista bizarro. Así que avísenle a mi admirado Tarzán Puyol que la vergüenza del fútbol también es (y quizás sobre todo es) ese capitalismo desbocado que siempre está detrás de todos los males de este mundo.

Por todo esto, habría que dejar de mirar, alentar y consumir fútbol al menos por dos años en este país. La pena es que no podemos hacerlo. Yo no puedo hacerlo; porque en el fondo, cada vez más en el fondo y quizás ya sólo en los cuentos de Fabián Casas, Soriano y Fontanarrosa, el fútbol todavía es lo esencial: un puñado de tipos haciendo arte y cultura con una pelota.

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Gabriel Montali
Gabriel Montali. Argentino (Cordobés), periodista e hincha de Sportivo Belgrano, un club de segunda división de su país desgraciadamente propenso a las derrotas quijotescas. Su filosofía: “el periodismo no es una herramienta para exhibirse, sino un instrumento para pensar”, tomada de Tomás Eloy Martínez.
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