22 de julio del 2017
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Acabo de leer el “Viento derruido”, el último libro que la editorial  Almuzara ha editado a Alejandro López Andrada. Se trata de un texto donde se dan de la mano varios géneros literarios, aunque creo que el autor trata de presentar un mundo, el rural, a través de entrevistas a gente que ha vivido en ese ambiente en distintos oficios, muchos de ellos extinguidos. En un libro de entrevistas. Vamos conociendo el mundo de los pastores, de los carboneros, de los picapedreros… a través de actores que han malvivido en una época hosca, dura y muy difícil. Todos nos cuentan una canción muy común: la del hambre, la del trabajo de sol a sol por cuatro perras que no daban ni para comer, la de la falta de instrucción y del sufrimiento que recibían de unos cuantos ricos que dominaban  a puño de hierro el pueblo en que vivían.

Tengo que reconocer que me he visto retratado en muchas de las imágenes que pasan por mi imaginación, como si fuera una película en blanco y negro, leyendo el libro. He conocido a algunos de los entrevistados y me han hecho recordar un tiempo que tenía muy olvidado por su crueldad y su malvivir. Aunque siempre  en uno afloran recuerdos agradables asociados, sobre todo, con gestos de solidaridad, amistad y cariño que hacían más llevaderas las penurias existentes. El Valle de los Pedroches, donde se desarrolla el libro, siempre ha sido una zona deprimida, pero de gentes honradas y generosas. Es verdad que todo ha cambiado bastante, y sus gentes conocen hoy un estilo de vida austero pero mucho más digno.

 

 

Los entrevistados por Alejandro son gente mayor que, por una parte, recuerdan sus años de infancia y juventud, con un aire de tristeza y de pena por lo duros que fueron; pero, por otra parte, añoran lo sanas que eran las relaciones humanas, la unión existente en las familias ante las penurias, y como  la gente se divertía con  pocos medios pero muy aprovechados. Y contrastan aquello con lo que actualmente viven, que si bien con más holgura y medios, reconocen más egoísmo, menos solidaridad y  más envidia entre la gente.

Me hubiera gustado que Alejandro incluyera entre sus entrevistados alguna gente joven que vivan todavía en el mundo rural que describe el libro como “derruido”, para que nos dieran su opinión sobre la situación que vive actualmente este mundo que, según el subtítulo del libro “se desvanece”. Ciertamente, los pueblos viven mucho de las pensiones y las subvenciones que el campo recibe de la Unión Europea; aunque también se están abriendo nuevas actividades económicas, a veces con escasos medios y mucho trabajo de familias enteras, que dan cierto aire positivo al futuro. Las perspectivas no son muy halagüeñas, pero aún hay gente en edad mediana que resiste el envite de la modernidad y de la cultura urbana.

A nivel literario, confieso que he disfrutado mucho con el lenguaje sencillo, directo y espontáneo de los entrevistados, adobado con el estilo brillante, colorista, y poético del que hace gala Alejandro. El prólogo lo escribe Julio Llamazares que titula “un libro lleno de libros”  ya que   “es ensayo porque se trata de una reflexión sobre la desaparición de una forma de vida, la rural de la que forma parte el autor. Es novela porque cuenta cientos de historias entrecruzadas. Es poesía por su lenguaje, que está lleno de metáforas y de imágenes, así como de una musicalidad profunda. Y hasta es crónica periodística porque relata la vida actual de un valle, el de los Pedroches, en Andalucía, que continua su transcurrir cotidiano a pesar de todo.”

Alejandro viene, de nuevo, a deleitarnos con un texto muy propio suyo, del amor y la cercanía a su tierra, de la hondura y sencillez de una cultura hecha de esfuerzo y de mucho sufrimiento, del paisaje con todos los nombres de su  fauna y flora, y la proximidad a los caracteres de sus paisanos… que son el leitmotiv de su literatura, siempre tan rica en giros y metáforas inverosímiles que hacen gozar a sus muchos lectores. Bienvenido el “Viento derruido” al panorama literario porque a quienes lo leemos nos hace reflexionar, por un lado, y gozar con una buena literatura.

 

 

La fotografía de portada es de José Martínez para El Día de Córdoba.
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Emilio López Pizarro

Jubilado. Fue periodista durante una breve temporada y funcionario público casi toda la vida. Hombre de bien. Es progenitor de los creadores de La Réplica.
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