27 de marzo del 2017
La Réplica La Réplica La Réplica La Réplica La Réplica



El movimiento internacional y ciudadano contra la Guerra de Irak de 2003 tuvo consecuencias internacionales muy diversas y profundas. Por un lado, mostró a mucha gente cómo funcionan los intereses imperialistas de los diferentes bloques económicos en competencia cuando intentan acaparar, cueste lo que cueste, materias primas, nuevos mercados y enclaves estratégicos. Así, millones de personas avanzamos ideológicamente y, por ejemplo, vimos claro que la invasión de Irak impulsada por Estados Unidos, Reino Unido y el Estado español (el “Trío de las Azores”) era “una guerra por petróleo”. Por otro lado, el movimiento contra la guerra fortaleció las redes de activistas creadas durante el movimiento antiglobalización desde finales de los años noventa e impulsó a mucha gente a implicarse en política desde abajo. Además, obligó a algunos gobiernos, como el español tras la victoria electoral de Zapatero, a retirar las tropas de Irak. De hecho, los ecos de aquella masiva movilización internacional contra la Guerra están aún hoy presentes tanto en la memoria colectiva de la gente trabajadora, como en la de los gobiernos, temerosos de despertarlo de nuevo.

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La Invasión de Irak en 2003, junto con la posterior ocupación extranjera y el fomento de rivalidades étnicas y religiosas para dividir a la oposición a la invasión, trajo consigo una desestabilización generalizada en Oriente Próximo, dándole alas al terrorismo de Al Qaeda y abriendo las puertas al nacimiento del fanatismo y autoritarismo de DAESH (ISIS). Al mismo tiempo, las políticas imperialistas que llevaron a Estados Unidos a la Segunda Guerra del Golfo, esgrimiendo mentiras como la posesión de “armas de destrucción masiva” por parte del gobierno iraquí, continúan desarrollándose, ahora, si cabe, de forma más acentuada. La fuerte crisis económica que comenzó en 2007-2008 hace que los diferentes bloques capitalistas internacionales se enfrenten más estrechamente en su competencia por aumentar beneficios.

Los efectos de las políticas imperialistas y sus guerras, sin las cuales no puede funcionar el capitalismo, se dejan sentir dentro de las fronteras europeas en forma de atentados terroristas (como los de Madrid (2004), Londres (2005, 2013), París (2015) o Bruselas (2016)) y con la llegada de miles de personas refugiadas que huyen de las guerras y la miseria exportada desde Europa. Frente a estas consecuencias “en casa” de la política exterior, los estados europeos están respondiendo recortando derechos y libertades, y promoviendo discursos y prácticas racistas, islamófobas y xenófobas que apoyan a los partidos de ultraderecha, al mismo tiempo que consolidan una “Unión Europea Fortaleza”, apisonadora de derechos humanos.

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En este contexto, se hace necesario levantar desde abajo un fuerte movimiento internacional contra la Guerra, con bases en todas nuestras ciudades. Tenemos que ir más allá de mostrar la imprescindible solidaridad con las personas migrantes (“ninguna persona es ilegal”) y afrontar las raíces del problema. Es clave relacionar situaciones que nos muestran como aisladas: la represión estatal (véase la Ley Mordaza), el terrorismo, el racismo y la islamofobia, el fascismo, las migraciones, las guerras… La gente trabajadora sabemos que son sus guerras [del 1% más rico] y nuestros muertos y sufrimientos.

Ahora tenemos fortalezas que no teníamos en 2003: sabemos, de forma generalizada, a qué responden las guerras, tenemos una mayor articulación política en los movimientos y las redes sociales (especialmente, a partir del Movimiento 15M), y contamos con herramientas políticas de amplio alcance que antes no teníamos.

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El Estado español tiene tropas desplegadas actualmente en el Mediterráneo, Turquía e Irak, entre otras zonas, en labores militares de ataque, formación, apoyo y logística que se mantienen con un perfil bajo, pero que impulsan la intervención estadunidense, y europea, en Oriente Próximo (y África). Además, desde bases militares estadounidense en nuestra tierra, como las de Rota y Morón, se lanzan misiones bélicas internacionales.

Necesitamos un movimiento antiguerra que frene la escalada de intervención imperialista en Oriente Próximo, que acabe con el ímpetu belicista europeo, que haga respetar los derechos humanos, que termine con el racismo y la islamofobia, que corte con el apoyo a las dictaduras árabes y apoye a las resistencias ciudadanas que demostraron en las Primaveras Árabes que pueden autoorganizarse para avanzar social y democráticamente.

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Profesor de Ecología, delegado del S.A.T. en la Universidad de Sevilla y miembro del círculo Macarena y miembro del Colectivo Acción Anticapitalista.
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