12 de enero del 2018
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Varias disyuntivas emocionales, el factor del azar, la manzana prohibida, los sueños que dejamos escapar, el desaliento del desamor, el pulso al tedio, la pasión por el cine… una melodía ya escuchada en el sempiterno revival del maestro Woody Allen, de un tiempo a esta parte más reiterativo que nunca.

Nos envuelve en un precioso envoltorio su nueva obra, Wonder Wheel, esta vez con Kate Winslet —en un papel similar al que le dio el Oscar a Cate Blanchett— como indiscutible y sólida protagonista de una obra semiteatral, con un reparto intachable, una puesta en escena cuidadosa y una fotografía bonita aunque algo pasada de rosca de Vittorio Storaro, que intenta recrear la calidez del Coney Island de los años 50.
 
Nada mejor que esa invasiva noria, un personaje más, un intruso el relato, como metáfora del regreso del director al punto de partida, siempre obsesionado con esos problemas emocionales que todas y todos hemos sufrido alguna vez en nuestras vidas, habitual cebo para sus incondicionales, esos que aunque conozcamos sus historias volvemos cada año al cine, puntualmente, a seguir girando en su infinita y circular tragicomedia. Ocurre que Allen lleva años sin salir del bucle, escudado en virtudes formales, cubriendo su cada vez más agotado caudal narrativo. Y así seguirá, mucho me temo, hasta el fin de sus días.
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Periodista. Codirector de La Réplica.

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