25 de noviembre del 2017
La Réplica La Réplica La Réplica La Réplica La Réplica



Este mes de abril nos está dejando varios temas en el candelero que, como siempre, resultan efímeros en su prolongación en el tiempo y los medios. Semana Santa, aniversario de la II República; incluso el tan esperado tráiler de la nueva película de Star Wars ha estado en boca de todos apenas unas horas, para luego regresar a la sopa en la que se mueven todos los elementos de nuestra realidad. El crisol de debates, noticias, documentos, es tan elevada como los granos de arena que albergan todas las playas del mundo.

Hay, sin embargo, un asunto que debería preocupar a quienes tienen las herramientas para evitarlo y que por el momento han evitado como si de un enfermo de sífilis se tratara: el individuo. ¿Cómo? ¿Que los estados y empresarios ya se preocupan por él? De momento, y quien lo niegue miente, estado del bienestar e individuo forman un oxímoron. Cualquiera que analice nuestra sociedad verá comportamientos, mensajes oficiales y sinuosas estrategias para erradicar la figura individual y convertir a la sociedad en una masa uniforme sin colores. Están convirtiendo en un arte el convertir cerebros en masas grises sin apenas actividad neuronal. ¿Cómo cambiar esa tendencia?

Se supone que cualquier actividad económica va encaminada, en ultimísima instancia, a que el individuo se beneficie de sus actividades; por lo menos así debería ser, pues la economía no deja de ser hecha, pensada y ejecutada por humanos. No se hace economía para los leones o para los ornitorrincos. Es por y para las personas. Y es precisamente ahí, en la figura humana, donde todo empieza a complicarse.

La década anterior a la gran crisis ha sido el escenario en el que todos pudimos ver cómo el capitalismo alcanzaba su máxima expresión en su vertiente más negativa, que no es otra que la de explotar al trabajador hasta límites insospechados en aras de tener el mayor de los beneficios. El modus operandi tenía un límite, que se alcanzó con el estallido de 2008. Y es que las personas, aunque por desgracia de manera inconsciente, tiene un límite y llega un momento en el que ya no hay más jugo por exprimir. Así que todos los grandes caciques, junto a sus socios de correrías (los estados) cayeron en picado durante diez años. Ahora volvemos a escuchar ecos de recuperación, de buenos datos macro económicos. Dicen que lo peor ya ha pasado y que vamos para arriba de forma imparable.

Dejando de lado hasta qué punto eso es cierto, de cómo los datos grandes ocultan las miserias de los datos más pequeños, aparcando esos dos temas de debate debemos regresar al principal protagonista: el individuo. Éste es capital, es el que mueve el mundo. Pero no se ven las intenciones, no hay voluntad y todos los datos apuntan en la dirección contraria.

Pero ahora de repente ha aparecido un personaje sorpresa llamado a cambiar por completo el guión. El robot.

Disney ya ha anunciado que cambiará los trabajadores que hacen de mascota por Androides inteligentes.

Desde hace unos meses se empieza a observar un cambio de tendencia ideológica en lo que a la sociedad futura se refiere. Algunos se han dado cuenta que la irrupción de la robótica en el mundo laboral es imparable, del mismo modo que lo será el número de personas que no volverán a trabajar, que no tendrán opciones de encontrar una actividad económica a la que dedicarse y que dispondrán de muchísimo tiempo libre. Es decir, nos encaminamos hacia una sociedad de gente en paro. ¿Cómo se soluciona ésto?

Hay diversos escenarios. Los más optimistas dicen que debemos centrarnos en crear una sociedad de ocio, crear todo un sector que se dedique a entretener, a proponer experiencias lúdicas; la propia demanda crearía nuevos puestos de trabajo mientras los robots realizarían otras tareas. Aquí el individuo, al fin, sería el verdadero receptor de todo el entramado económico, un objetivo que pasaría también por un cambio de mentalidad empresarial (ya se dan algunos casos hoy en día) en la que el trabajador se sienta verdaderamente valorado, se le den facilidades para ser más productivo y se premie su buen trabajo. Suena casi a utopía, pero según algunos expertos (Elon Musk lo defiende a ultranza) es el único camino posible por el que debemos transitar. Semanas laborales más cortas, más conciliación, mucho ocio y el nacimiento del verdadero estado del bienestar. Tal vez demasiado bonito para ser real.

Otras voces han sido algo más catastróficas. La irrupción de los robots, sin llegar al punto de convertir en realidad el argumento de Terminator, sí que crearían un gran problema mundial: millones de personas sin trabajo viviendo en el límite de la pobreza. Muchas más que ahora, tantas que asistiríamos al desmoronamiento de la civilización tal y como la conocemos. Habría dos clases de personas, todavía más opuestas que en la actualidad: los que trabajan y los que no lo hacen. Mucho peor que la separación entre ricos y pobres. Una brecha mil veces mayor que la que ya nos horroriza. Con unos poderes fácticos que no se preocuparían por satisfacer a esa gente que ha quedado apartada del modelo económico, ¿qué acabarían haciendo llegados a un punto en el que ya no tienen nada que perder? Hoy en día, nos guste o no, el número de gente que toca fondo sigue siendo muy bajo como para poder suponer un peligro para el orden social. En el futuro, si este escenario se cumpliera, los verdaderamente desgraciados serían amplia mayoría. Y entonces todo sería muy peligrosos.

Las posibilidades son varias, y nos encontramos en un punto en el que todas pueden llegar a convertirse en realidad. Por desgracia los ciudadanos de a pie, como siempre, tendremos que asistir como meros espectadores al devenir de nuestro propio futuro, con la esperanza de que por una vez en la Historia las personas que la moldean hagan la elección más sabia.

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Alejandro F. Orradre

¿Escritor? || Coleccionista de blurays (480) || Bolaño || Librópata || Miembro de la PAE || Escribo cosas raras en @murraymagazine y @Neupic

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