12 de octubre del 2018
La Réplica La Réplica La Réplica La Réplica La Réplica



Cursé mi máster en Creación Literaria el curso 2009-2010, en la Universidad Pompeu Fabra de Barcelona. Por aquel entonces malvivía con el dinero del paro en un cuartucho de mala muerte en un piso cerca del Parque de la Ciudadela. Era el año en el que por primera vez en mi vida iba a estudiar algo que me entusiasmaba, así que ese máster ocupaba el centro de mi existencia. Los profesores nos dijeron desde el primer día que no nos podían enseñar a escribir, pero sí nos podían enseñar a leer y a saber desenvolvernos en la industria editorial.

De cualquier forma, el primer paso para saber escribir es saber leer. Yo todavía no sé leer bien, pero estoy en ello, lo cual quiere decir que aún no sé escribir, pero también estoy en ello.

El caso es que mi vida era un desastre en todo, el piso era un desastre, los horarios los tenía invertidos, mi dieta era fatídica, frecuentaba excesivamente la vida nocturna barcelonesa, bebía más de lo aconsejable… solo era extremadamente pulcro con mis clases, a esas no las tocaba nadie. Iba a todas las que podía, hasta de oyente, tomaba apuntes como un poseso e intentaba comprender todo aquello que me explicaban, a menudo sin base teórica y sin conocimientos, lo que me provocaba no pocas frustraciones. Daba igual, el día siguiente estaba otra vez allí.

Me entusiasmaban esas clases. Recuerdo volver cada noche hiperestimulado a casa y escribir como si el día siguiente me fueran a cortar las manos, fuera a perder la vista o algo mucho peor. Ojalá ese joven entusiasmado volviera algún día, pero va a ser difícil recuperarlo.

Por si fuera poco, mis compañeros y compañeras eran una maravilla. Algunos son ahora mis mejores amigos, me han visto en mis mejores y en mis peores momentos, han venido a mi boda… en todos estos años nunca me han pedido nada a cambio. Benditos los juegos de azar de la vida que me los puso en el camino.

El día que presenté mi trabajo de fin de máster estaba como un flan y ya empezaba a llevar las legendarias camisas precarias, repletas de cuadros. Delante, mi tribunal, dos instituciones de la UPF, Jorge Carrión y Jose María Micó, me hablarían del proyecto en el que había estado trabajando todo el año: Lo impermeable, un conjunto de crónicas a modo de autoficción sobre mi vida en Barcelona que se intercalaban con relatos tipo realismo mágico. El proyecto, honestamente, era bueno pero no excelente. No era excelso como el novelón de mi compañero Wilmar Cabrera, Sarriá 82, pero estaba trabajado, que ya era algo. Para un escritor principiante, dado a la dispersión y con poco bagaje académico, era un proyecto notable. Así me lo reconocieron, con un nueve. Recuerdo lo meticuloso que fue Carrión durante el proceso de escritura, que siempre acaba con un “a trabajar”. Y también que Micó me corrigió hasta las faltas de ortografía que tenía el manuscrito en mitad de la charla. Estoy seguro que ambos se acuerdan de alguno de esos momentos.

Yo exponía el primero aquella mañana de agosto, así que luego pude relajarme y ver como mis compañeros y compañeras presentaban su proyecto. Me fascinaba verlos defender sus textos.

Aquel curso tuve algunos profesores excelentes, los dos integrantes de mi tribunal, Eloy Fernández Porta -al que era imposible seguir cuando carburaba a mil revoluciones-, Domingo Ródenas, el entrañable Masoliver Ródenas, Javier Aparicio, Javier Salinas, Jordi Ibáñez… Disfrutaba las clases como un cochinito en la alberca.

Hoy, que se destapa que los políticos pueden comprar los másteres, los créditos, los docentes, la administración, la justicia, la dignidad de una institución y el esfuerzo de tantos y tantas estudiantes, pienso que el título que decora la pared es lo de menos y que lo verdaderamente valioso fue el proceso de aprendizaje. Pienso en esos docentes que se dejan la vida delante de la pizarra y te ensanchan la mente, cada uno a su manera. Pienso en el placer cuasi orgásmico que tuve ese año cada vez que pisaba el aula y pienso en lo que deben sentir del otro lado cuando te ven crecer. Eso no lo puede comprar nadie. Ni eso ni mis lecturas al llegar a casa. Ni las horas delante del ordenador ni las que inviertes en rumiar tu trabajo final. Ni ver cómo, poco a poco, se va tejiendo tu proyecto insignificante, por aquel entonces, el más importante del mundo. Tampoco pueden comprar mis amistades, ni todo lo que he vivido más tarde, fruto de aquel año inolvidable.

Pobre casta política, que nada más que tiene dinero.

 

La foto es de Wilmar Cabrera.
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Escritor y Social Media Manager. Ha publicado artículos culturales para medios como La Marea, Secretolivo, Perarnau Magazine o La Voz del Sur. Ha escrito el libro Yo, precario (Libros del Lince 2013), Hijos del Sur (Tierra de Nadie 2016) y Juan sin miedo (Alkibla 2015). Ha sido traducido al griego y al alemán. En 2014, creó La Réplica, periodismo incómodo.
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    15 Réplicas

  1. Guillermo David Garcia

    Hola Javier,

    No conocía La Réplica ni tampoco te conocía a ti, pero me ha gustado tu relato. He podido vivir durante esas líneas la pasión que sentías en esos tiempos, los nervios que tenías, el respeto y la admiración hacia los que fueron tus profesores. Es un bonito relato.

    Yo terminé BUP y COU, pero no continué estudiando, y es algo de lo que aún hoy, más de 20 años después aún me arrepiento así que, toda mi admiración y envidia hacia ti.

    Un fuerte abrazo.

    P.D. A lo mejor me compro un máster o algo, para minimizar mis frustraciones 🙂

  2. fer

    “el más importante del mundo.”
    yo no se escribir pero esa expresión le falta pulir.
    Por el resto esa gente vive su mundo mientras tu haces un máster ellos construyen sus rede con sus cómplices, no nos olvidemos de los cómplices que son el el muro detrás de un cuadro que nadie ve siendo mas solido que el propio cuadro.

  3. Nemigo

    muy bien… y?

    es fantástico que te enseñen algo útil en la universidad, no son así todas las carreras, estudios, profesores.. mucha mediocridad, y demasiada gente intentando medrar

  4. Jesús Sánchez Tenedor

    Yo también estuve cursando en ese tiempo un Màster en Història en la Universitat de Barcelona. Tuve tribunal, tuve que sudar, tuve que investigar y tuve un nivel de exigencia máximo compaginando estudios con trabajo y a la vez conciliando porque nació mi hija. La defensa de mi tesina (puesto que escogí el itinerario de TFM de investigación) fueron 20 minutos, 10 de mi exposición y otros 10 respondiendo a preguntas de los integrantes de tribunal, 3 catedráticos de la altura de Andreu Mayayo, Carles Santacana y Joan Villarroya, autoridades en el mundo científico de la historiografía.
    Sin trampa ni cartón. Como cualquier hijo de vecina.
    En paralelo, la Universidad y sus órganos de funcionamiento se basan en el rigor y así lo puedo certificar puesto que trabajo en una universidad y conozco muy bien las normas de organización y funcionamiento. Los resultados se basan en evidencias (actas de calificación) debidamente procedimentadas y reguladas por los órganos colegiados y auditadas por las agencias de calidad universitaria, no hay posibilidad alguna de prevaricar ni de falsificar. Y si ello se produce acaba identificándose tarde o temprano.

  5. Ángel

    Yo pagué mi máster, 4.400 euros, con lo que ahorré trabajando en la construcción. Tuve compañeros que fueron becados por la dirección del máster a pesar de ser pudientes. El criterio era si se colocarían fácilmente les damos beca, así el máster gana prestigio.
    No lo cuento desde el rencor, uno de los becados es un gran amigo, sólo como muestra de los mecanismos de desigualdad que impiden ascender socialmente a los hijos de los trabajadores.

  6. Lilian

    “Pobre casta política que nada más que tiene dinero”
    Perdona, ya que has hecho un máster no podrías mejorar esa frase que tira por tierra todo lo demás?
    Podría ser: Pobre clase política, sólo tiene dinero.
    O: La clase política es tan pobre que sólo tiene dinero.

  7. Javier López

    Pensé tus opciones Lilian, te lo prometo. Pero me pareció bien asociar la nada al dinero. Porque minimiza al extremo ese que llaman “el único Dios verdadero” de nuestra existencia. A veces se acierta y a veces no en esto se la escritura. Qué lástima que te emborrone el texto. Por cierto, nunca dije que aprendiera a escribir.

  8. Josefina

    ¡Hola, Javier! Me interesa particularmente tu experiencia como alumno del Master en Creación Literaria de la UPF porque estoy pensando en postularme este año. Si no es molestia, ¿podrás contestarme un par de preguntas? No requieren largas respuestas, lo prometo.

    (1) ¿Hay que presentar una muestra de escritura como parte del proceso de admisión?
    (2) ¿Cuántos alumnos son aceptados, más o menos, por año?
    (3) En las materias más “prácticas”, ¿se completan ejercicios breves de escritura durante las horas de clase, o más bien se escriben textos en casa para la clase siguiente?
    (4) ¿Sentís que el haber hecho el Master facilitó la publicación de tus primeros libros?

    Espero puedas contestarme. ¡Gracias!

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