25 de junio del 2019
La Réplica La Réplica La Réplica La Réplica La Réplica



La serie en general, desde una óptica global y gestáltica, es una maravilla que pasará a la historia de la cultura popular para siempre. Dentro de 25 años se seguirán haciendo spin off de la serie y los niños sabrán quiénes son Daenerys, Tyrion o Arya (hasta llevarán sus nombres). Lo queramos o no, está insertada en el inconsciente colectivo, como lo está Star Wars. Y eso es lo grande de esta serie. Pasará a la historia con todos sus fallos, elipsis y concesiones, pero sin duda lo hará. Hemos tenido la suerte de ser testigos de un fenómeno cultural de masas que ha conectado a millones de personas alrededor del globo, y que difícilmente se repetirá en un futuro cercano. Saboreemos esa sensación.

Ahora bien, hablemos de la resolución. Ya desde la séptima temporada pudimos comprobar cómo la trama se aceleró hasta límites ridículos. Los protagonistas cruzaban Poniente (que tiene mil leguas de norte a sur, o sea, unos 5000 km) en apenas un capítulo, lo que iba en contra del «tempo» que se había marcado en las primeras temporadas. Esa prisa por llevarnos al desenlace ha hecho que los arcos dramáticos de los personajes se hayan desdibujado y en ocasiones nos haya costado entender sus giros evolutivos. No es que no tengan sentido tales giros; es que nos lo han contado tan rápido que no nos ha dado tiempo de comprender las motivaciones internas que han dado lugar a esa evolución. Las prisas matan, amigo, como se suele decir.

Le ha faltado al menos una temporada más para poder cerrar bien los círculos y las trayectorias de las diversas tramas. En vez de eso, nos han resuelto en apenas unos capítulos historias que hubieran dado mucho más de sí y, de camino, hubieran aplacado muchas críticas de fans airados a los que se les ha escapado por qué tal o cual personaje se termina comportando como lo ha hecho. Pero es que, por si no nos hemos dado cuenta, vivimos en el mundo de la inmediatez, y ese frenesí por acabar la trama ha lastrado el final de la serie.

Siempre nos quedará los libros para poder degustar la historia a un ritmo adecuado, aunque, no nos engañemos, la gente lee muchísimo menos de lo que mira la televisión.

Ahora bien, dicho lo dicho, personalmente la he disfrutado como un niño y he apartado, cual zarpazo de lobo wargo, las posibles críticas que pudiera hacerle. Porque para disfrutar de una buena historia (y ésta sin duda lo es), hay que dejarse llevar y no ser excesivamente racional. El sueño de la razón produce monstruos, y para monstruos ya están los dragones.

Y en cuanto al final, a mí ha encantado. Tiene lógica interna (apresurada, sí, pero la tiene). Y ahora que esta historia de ocho años ha finalizado, ¿qué podemos extraer de ella? Aunque ya se ha escrito casi todo lo que había que escribir (a pesar de que hace apenas dos días que ha concluido), quiero dejaros mis conclusiones personales, a las que algunas, sin duda, habéis llegado vosotros también:

1) Que los vivos son más peligrosos que los muertos, y que, en consecuencia, la verdadera amenaza para Poniente nunca fueron los Otros.

2) Que en el juego de tronos nadie gana, y todo el que juega a él termina destruido. Si quieres sobrevivir, no juegues a ese juego. La ambición y el poder, como ya se sabe, corrompen y aniquilan.

3) Y lo anterior es tan evidente que, hasta un dragón, que no deja de ser un animal instintivo, es capaz de entenderlo y por eso destruye el trono de hierro, fuente de todo el mal que representa.

4) Que el verdadero protagonista de la historia es la propia historia, y por eso Bran, contenedor de todas las historias, termina siendo el rey de Poniente.

5) Que Bran, en el fondo, somos nosotros, los espectadores, que miramos impasibles sentados en nuestros sofás (él lo hace desde su silla de ruedas) el desenlace de una historia que ya está escrita, porque todas las historias se repiten de forma cíclica.

6) Que es imposible romper la rueda de acontecimientos humanos porque la naturaleza humana apenas varía y se guía por los mismos parámetros de ambición, poder y egocentrismos.

7) Que, como mucho, se puede cambiar una rueda por otra, pero la historia está condenada a repetirse. Por ejemplo, se sustituye un sistema dinástico por una suerte de democracia platónica (en la que sólo las élites pueden elegir al rey), pero recordemos que Tyrion le dice a Jon: «Pregúntame dentro de diez años… (si esto funcionará)».

8) Y, como conclusión más obvia y que ya adivinamos desde la primera temporada, que el mundo no es maniqueo, blanco o negro, que las personas somos ángeles o demonios dependiendo de las circunstancias, el entorno y la autoridad a la que estemos sometidos. Que el bien que haces hoy puede ser un mal en el futuro o al revés. Que nadie es exactamente virtuoso o malvado (el famoso ying-yang). Que nos movemos por pasiones y no tanto por convicciones (o, mejor dicho, que nuestras convicciones están modeladas por nuestras pasiones). Y esto será así por los siglos de los siglos, en nuestro mundo real o en el ficticio de la serie.

9 y 10) Y para finalizar, es precisamente esa conexión con nosotros mismos, con nuestras miserias y aspiraciones, con nuestras heroicidades y nuestras cobardías, esa identificación en la que nos reconocemos cuando vemos la serie, la clave de su éxito. Es como mirarnos a nosotros mismos en un espejo donde en vez de vaqueros y paraguas, lleváramos armaduras y espadas. Es un espejo que refleja un mundo más interesante (que no necesariamente más bonito). Un mundo que es fantástico, pero a la vez realista porque sabemos que bajo esas armaduras habitan las mismas pasiones que nosotros poseemos.

Si no fuera así no despertaría tan exageradas reacciones, ya sea a favor o en contra. Y ahí está e verdadero valor de la serie y la razón por la que perdurará en el imaginario colectivo.

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Antonio Romero

Doctor en Psicología por la Universidad de Sevilla. Profesor en el departamento de Psicología de la Universidad de Cádiz. Es autor y coautor de diversos libros académicos, a destacar “Psicoterapia” (Absalon ediciones, 2010) y Psicología del ciclo vital: desajustes y conflictos (El gato rojo, 2012), así como de diferentes artículos en revistas especializadas.
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