27 de mayo del 2020
La Réplica La Réplica La Réplica La Réplica La Réplica



Hoy es 15M, nueve años después de aquella primavera de reivindicación y excitación colectiva, su recuerdo produce una incómoda nostalgia y escuece como lo hacen las promesas incumplidas.

Su fulgor trajo consigo un sinfín de iniciativas ciudadanas y luchas colectivas que el tiempo ha ido desgastando en mayor o menor medida. Politizó a personas de toda clase social y usó el descontento de manera constructiva, algo insólito en nuestra política contemporánea. La sociedad fijó un límite para los abusos y tropelías de la casta política y fue un movimiento fundacional de muchas otras primaveras que le seguirían los pasos.

Decían los agoreros que sería un momento ilusorio, que se desventaría como un botella de refresco que se deja abierta al sol. Tenían razón. Con el paso de los años, las mareas traían cada vez menos olas, las comisiones de trabajo eran cada vez más raquíticas y el compromiso social languidecía a la vez que la sociedad asumía que en su intención de transformación tenía un techo de cristal. Han quedado los imprescindibles, los que hacen de la lucha social un modo de vida. La movilización permanente es hoy una quimera.

La nueva política de partidos tampoco ha ayudado a mantener el brío de aquel movimiento tolerante y amplio de miras. Primero, con los partidos del cambio divididos en familias, sus fichajes estrellas, sus luchas intestinas, su cainismo, su falta de generosidad y su política del postureo, que ha acabado con muchos de sus simpatizantes sumidos en el desencanto, desertando de pura vergüenza ajena. Luego, vino el auge de la ultraderecha -con sus fakes news, su violencia verbal, su negacionismo y sus banderas-, que ha radicalizado a los partidos de derechas y envuelto a la sociedad en un estado de conflicto constante, que agota al más pintado.

Casi una década después, nuestra sociedad no es mejor que entonces. Tiene la precariedad escrita a fuego en su piel, la desigualdad campa a sus anchas y el mundo se ha vuelto más reaccionario. El país no tiene un plan para mejorar su tejido productivo, la transformación digital está presa del marketing, sus familias sufren para conciliar, sus mayores se encuentran amenazados, los sindicatos hablan de una renovación siempre aplazada y la clase trabajadora es explotada con nuevas y sofisticadas técnicas de explotación. Ni tan siquiera hemos conseguido revertir la infame reforma laboral que llegó la década pasada. Para colmo, un virus letal ha venido a poner patas arriba un país que depende del turismo, entregado al sector servicios y con una sanidad escuálida tras los abusos del neoliberalismo.

Aunque hay evidentes mejoras en la sociedad (cuestiones que tienen que ver con la transparencia, el uso de los recursos públicos, los desahucios, la protección del medio ambiente o el sueldo mínimo), la sensación es que no llegamos ni a la mitad del camino y que nuestro margen de acción es estrecho.

He pensado mucho en el 15M estos días, ¿qué falló en nuestro propósito de darle dignidad a este país? Puede que todo y nada, puede que simplemente nuestra sociedad sea así y esto tan crudo y tan cruel sea la vida, que se vivan ciclos como en una maldición, que funcionemos a trompicones, por impulsos, logrando conquistas a paso lento, puede también que descuidáramos la parte afectiva, que pusiéramos mucha ilusión en el qué pero no en el cómo, puede que pecáramos de ir demasiado deprisa, de autoexigirnos demasiado, de delegar en hiperliderazgos, de pecar de ingenuos, de tener una visión cortoplacista, puede que sencillamente no estuviéramos preparados.

Soy preso del espejismo de aquel año, reo de este Ítaca que vaga eterno en el horizonte. El 15M fue ilusión, orgullo y esperanza, pero el tiempo lo ha convertido en una condena. Lo vivo entre la decepción y la impotencia contra todo y contra nadie, pues soy consciente de toda la buena gente que se deja el empeño por alcanzar un mundo más justo. Cada año recorre mi fantasma las mismas plazas, como en Cuento de Navidad, y al llegar frente al joven que fui, huye despavorido. Cada año me entretengo con mi trabajo, mis hobbies, mis pasiones, con tal de pasar de soslayo por el 15M. Que no me roce su nostalgia, me digo, que no me hunda en su abismo de autocompasión. Pero luego me precipito. Al tiempo que intento evitarlo, como esos drogadictos que no tienen su dosis, ansío más y más la revolución pendiente.

Y comprendo entonces que quizás eso era el 15M, el despertar de la conciencia. La sed para siempre, el agua que no llega.

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Javier López Menacho
Escritor. Comunicación digital. Sus cinco libros: Yo, precario, Hijos del Sur, SOS, 25 casos para superar una crisis de reputación digital, El profeta y Yo, charnego. Ha sido traducido al griego y al alemán. En 2014, cofundó La Réplica, periodismo incómodo.

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