30 de marzo del 2020
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Acabo de leer un libro extraordinario: “La defensa de Madrid”, del periodista sevillano Manuel Chaves Nogales, tristemente desdeñado durante décadas, a pesar de su innegable talento narrativo y de su integridad a la hora de contar la historia y las historias de aquella monstruosa carnicería cuyas heridas perduran en la memoria colectiva de España, algunas sin cicatrizar, para nuestra desgracia.

La imparcialidad y el rigor de Chaves Nogales cobran más valor en cuanto que, republicano y demócrata convencido, se delata ideológicamente en 1928: “Así como no profeso ninguna religión positiva, no pertenezco a ningún partido político. Si tuviera un temperamento heroico creo que sería comunista; no lo soy porque me falta ese espíritu nazarenoide que hoy se necesita para ser comunista militante. Cumplo, sin embargo, con mi débito esparciendo en cuanto escribo ese difuso sentimiento comunista que me anima». En el prólogo de “A sangre y fuego”, escrito en 1937, ya no es la misma persona.

Antifascista y antirrevolucionario, huye de España en plena guerra, aterrado, convencido de que uno de los dos bandos lo fusilaría: “Tanto o más miedo tenía a la barbarie de los moros, los bandidos del Tercio y los asesinos de la Falange, que a la de los analfabetos anarquistas o comunistas”, confiesa en el prólogo de “A sangre y fuego”.

En “La defensa de Madrid”, Chaves Nogales nos radiografía al defensor de la ciudad, el general Miaja, uno de esos héroes reales que tanto desdeñamos los españoles. Miaja, un hombre íntegro de los pies a la cabeza, tampoco conciliaba el sueño esperando su fusilamiento a manos de fascistas o de comunistas. Si caía Madrid -siempre en la cuerda floja-, el paredón estaba garantizado. Los dos bandos ejecutarían por traidor a un tipo honesto que solo cumplía con su deber y no odiaba a nadie.

Duele leer a Chaves Nogales. Duele mirar a nuestro alrededor. Duele comprobar que ochenta y dos años después, la equidistancia –ahora término peyorativo- o simplemente la ausencia de caducas exaltaciones sigue siendo en España sinónimo de cobardía o de traición. Corren vientos de fanatismo, de cerrilismo, de primatismo. Otra vez. Todavía. Si te confiesas “rojo” y bromeas con “fachas”, los puristas te acusan de traición y te fusilan en las redes -la paranoia estalinista dejó secuelas vergonzosas en nuestros genes izquierdistas-, y si eres “facha” y bromeas con “rojos”, resultas un traidor a la indivisible España: Fusilamiento al amanecer en los paredones de Forocoches. Maldito traidor.

Quien en España cambie un sable o una trinchera por una sonrisa o un gesto amable, no es más que un cochino intrigante y un traidor. Aquí parece imposible conciliar la vida política con la decencia personal, y lo digo por experiencia. En España toda idea es fogosidad y arrebato o no lo es. Aquí se vive a sangre y fuego o no se vive. A pesar de todo. Todavía.

Hagan el favor de no perderse a Chaves Nogales.

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Jose Antonio Illanes

José Antonio Illanes es escritor. Trabaja en la multinacional Red Bee Media como subtitulador para sordos y audiodescriptor para ciegos. Acumula multitud de premios en el campo de la narrativa: Gustavo Adolfo Bécquer, Alberto Lista, Malela Ramos, Ciudad de San Sebastián, De Buenafuente, Gabriel Miró, La Felguera, Tomás Fermín de Arteta... Es autor de "Historias de cualquier alma", "La trastienda de la memoria" y "El azor y la zura", premio de novela Malela Ramos. Es colaborador de la revista cultural Atalaya y ahora de La Réplica.
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