13 de diciembre del 2019
La Réplica La Réplica La Réplica La Réplica La Réplica


  • ¡Tacama qhaway!, ¡Tacama yupaychana uywaq’a! *

Así gritaban las muchachas entusiasmadas al ver volar el ave que los extranjeros de piel clara, llamaban cuervo, aunque era un cormorán. 

No todas hablan la misma lengua y algunas al escuchar el grito entusiasmado de sus compañeras les decían “yecu, yecu” pero no lograban convencerlas. Lo correcto y lo incorrecto se perdía bajo el sol abrasador del mediodía y en las sombras frías de la noche. 

Yanay era una más entre todas ellas. Una entre las tres mil personas de servicio que acompañaban a los extranjeros de piel clara que se habían propuesto atravesar el desierto y encontrar lo que hubiera más allá. Tierras para cultivar y algo de oro con suerte. 

Para Yanay el nombre del ave era lo de menos. Le gustaba pensar que el ave a la que ella recibía con tanta alegría, en medio de las penurias de su viaje a pie hacia un lugar desconocido, tendría la amabilidad de reparar en ella, en la pequeñez de su vida y guardar memoria, haciendo que también ella formase parte de esos mundos futuros que no alcanzaba a imaginar. Ella que apenas recuerda las antiguas formas de vivir que dicen las personas sabias que el tacama atesora secretamente.  

También le gustaba del ave su fidelidad. Su madre le contaba, en la intimidad de la cama que compartían, que estas aves cuando eligen una pareja, se mantienen juntas para siempre. Apoyándose y compartiendo los peligros de la vida silvestre, y también, por que no, los placeres. 

Ella sentía los pies lastimados desde hacía horas. Llevaba sobre sus espaldas el peso de unas pertenencias que no eran suyas, y sobre el cuerpo las faldas de las mujeres españolas. Se sentía extraña y desprotegida, pese a que caminaba junto a sus compañeras de toda la vida. Pero aquel viaje, de solo ida, no era su decisión.  

Eran todas ellas mujeres jóvenes. Separadas de sus familias desde hacía largo tiempo. Separadas de sus costumbres y de sus valores ancestrales desde la llegada de un grupo armado de extranjeros que habían tomado por la fuerza la posesión de sus tierras, y habían impuesto, también por la fuerza, el cambio de servidumbre de miles de ellas. 

Caminaban largas jornadas a través del desierto.  

Para Yanay caminar bajo el peso de su carga es la mejor parte del viaje. No le gusta la noche. En la noche, los hombres de piel blanca y cabellos claros vienen a buscar los cuerpos jóvenes de las mujeres cansadas de cargar y trabajar. Ellos que las ignoran durante el día. Ellos que desconocen sus nombres. Ellos que no las reclaman con dulzura. 

El ritual es siempre triste y doloroso. Vergonzante. 

Yanay no lo sabe, pero su dolor sin nombre quedará inscrito en la historia anónima de las mujeres pobres: «hubo semanas que parieron sesenta indias de las que estaban en su servicio, aunque no en el de Dios» dejó escrito Pedro Mariño de Lobera en su Crónica del Reino de Chile. 

Los cronistas no lo saben, pero aunque ignoran el nombre de las víctimas, dejan escrito el nombre de los violadores, para que su recuerdo despierte algún día, demasiado lejano aún, el deseo de justicia en otros hombres y en todas las mujeres. Y así escriben en el siglo XVI que Francisco de Aguirre – compañero de Pedro de Valdivia y reconstructor de la ciudad de La Serena en 1544 – tuvo más de 50 hijos. 

A Yanay le gustaría elegir como elige el tacama. También le gustaría volar y llevarse lejos sus secretos de desamor y miedo. Pero no le ha sido concedido ser libre salvo en el pensamiento. Ha nacido en un cuerpo de mujer y le han enseñado que su cuerpo no es suyo, que es un cuerpo para los otros. Un cuerpo sin derechos, un cuerpo que trabaja para otros, un cuerpo para el placer egoísta de otros, un cuerpo para la maternidad mal entendida. Un cuerpo que a ella le aporta casi nada, pero la mantiene con vida.  

Con vida. 

Y el cuerpo joven de Yanay ha comenzado a albergar vida. Y ahora su vientre crece y la vida se mueve en su interior. Ella se debate en el deseo de ser madre, madre de un niño, madre de una niña. La biología como excusa cultural es demasiado importante en su mundo y en su tiempo. Y a ratos piensa que si tiene un hijo su vida será mejor porque tendrá las noches para dormir tranquilo, aunque durante el día su vida sea un infierno de trabajo y miedo. Pero, otros ratos piensa que si es una niña, ellas serán amigas, serán como la pareja elegida del tacama y compartirán el dolor y el placer. Y caminaran juntas, trabajaran juntas, y juntas miraran las estrellas hasta que la muerte las separe.  

Yanay avanza. Se asombra cada día de seguir con vida, y de portar vida. A su alrededor mueren cada día hombres y mujeres, por los ataques de quienes habitan y defienden esas tierras que a ella le parecen inhabitables, o por la falta de alimento. A su paso encuentran las cosechas quemadas donde el agua escasea. Pero ella es joven, y su cuerpo de músculos marcados aparece hermoso al tacto de la noche, su rostro de pómulos altos y sus ojos de mirada dulce le concede una ventaja vergonzosa a la que no puede renunciar. Nadie desea morir. La vida albergua siempre la esperanza de lograr un instante de felicidad y eso, por poco que parezca, hace que el esfuerzo de permanecer valga la pena. 

Entre los extranjeros hay una mujer, Doña Inés la llaman. No tiene miedo y sabe buscar agua. Mishk’i  unu, le dice Yanay a Inés cuando se acerca a tomar su ración de agua. 

«Agua deliciosa», le responde la mujer que quiere que todas hablan su lengua extranjera y olviden la propia.

La expedición con la que viaja Yanay ha demorado más de nueve meses en llegar hasta Copiapó, la Nueva Extremadura. Han caminado desde el Cuzco y algunas han sobrevivido. Ella no va más lejos. 

Yanay ha encontrado su lugar en el mundo. Y ha dado a luz a una niña morena de pomulos altos y mirada dulce. Comparte con ella, sin saberlo, una memoria secreta que las une en un viaje más largo. De mujer a mujer, en un código oculto que viaja en cada célula de su cuerpo. Un viaje que atraviesa el tiempo y las conecta con una mujer que salió caminando desde el norte de la península de la India, y con otra, que se sienta a escribir en una máquina mágica, en la Extremadura del reino de España, aquel lugar del que salió un hombre de piel clara para engendrar sin amor, una hija en el vientre de Yanay, para que por fin se haga justicia y se sepa que hay un linaje más noble que los libros de historia, un linaje de mujeres resistentes, libres siempre en sus mentes. 

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Carmen Ibarlucea

Escritora, narradora oral y activista animalista.
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