18 de enero del 2020
La Réplica La Réplica La Réplica La Réplica La Réplica



El 2 de diciembre dio comienzo la COP25, y el día 4 se anunció el comienzo de la respuesta de la sociedad civil organizada, Cumbre Social por el Clima, que tendrá lugar del 6 al 13 de diciembre, también en Madrid, acogida por la Universidad Complutense. 

Como ardiente defensora de los Derechos Humanos y Animales, podría sentirme representada dentro de la cumbre que organiza Naciones Unidas, sin embargo, como persona activista a pie de calle debo implicarme con la Cumbre Social porque es el espacio sin censuras y sin vetos a los análisis amplios. 

Que en una cumbre por el clima no tengan cabida temáticas como la minería extractivista a cielo abierto o los daños “colaterales” que la producción de energía nuclear provocan es algo que te asombra si eres una persona equidistante con algo de formación e información, y te indigna si eres una persona implicada en la defensa de la vida. 

Vetar es una práctica muy común dentro de las sociedades humanas. El miedo a la pérdida de poder, el miedo a mirar la diversidad de frente. Ahora, es el miedo a mirar de frente los problemas globales como la extinción masiva de especies y nuestra propia extinción y el miedo a buscar juntas las soluciones. 

Es una verdad difundida y al mismo tiempo ignorada que la crisis climática afecta más duramente a las mujeres. Diferentes estudios desde diferentes disciplinas así lo refrendan una y otra vez. La académica Sinc Nitya Rao de la Universidad East Anglia (Reino Unido) presentó el pasado 25 de noviembre, en Nature Climate Change, un estudio que ha dirigido sobre las migrantes climáticas en el que se analiza la capacidad de las mujeres para adaptarse eficazmente al cambio climático, cómo afecta la migración masculina a las malas condiciones laborales de las mujeres que permanecen y cómo la combinación de pobreza y fracaso institucional, son factores que obstaculizan y limitan su capacidad de adaptación a la crisis ambiental, sobre todo en Asia y África.

“Las mujeres a menudo son homogeneizadas, ya sea como víctimas o como heroínas. Sin embargo, no son un grupo homogéneo y sus experiencias de vulnerabilidad y capacidad de adaptación están determinadas por las relaciones sociales en las que están integradas, incluso con los hombres, que a menudo median su acceso a recursos y oportunidades”, expresó Sinc Nitya Rao en la rueda de prensa. 

En mi experiencia de 30 años como activista, he elaborado una teoría sobre el ser humano y sobre mí misma. Al igual que decimos que los perros tienen una edad mental de entre dos y tres años, lo que al comprenderlo nos ayuda a convivir mejor y a saber lo que podemos esperar al compartir la vida con ellos,  así las personas, en mi humilde opinión, somos eternas adolescentes que vivimos encadenadas a la rueda de la contradicción, entre la vulnerabilidad y soberbia. Y con esto no quiero desmerecer la capacidad de empatía y de curiosidad intelectual que son rasgos definitorios de la infancia y la adolescencia. Pero reconozcamos que nos hemos hecho creer (es un trabajo colectivo) que ser personas adultas es ignorar nuestras emociones y, sin embargo, son esas emociones las que dirigen nuestras vidas, las que nos sitúan en nuestro entorno social y las que marcan nuestras opiniones y nuestra capacidad de autocrítica. 

Este negar nuestra responsabilidad y esta dificultad para cambiar de hábitos son el verdadero problema, y son un problema de nuestra negativa emocional a reconocernos equivocadas. 

Estos días se hablará mucho de la COP25 y de Greta Thunberg, algo menos de la Cumbre Social. En cualquier caso,  se hablará de lo colectivo y lo personal, y eso es muy importante porque el problema que hemos provocado solo tiene solución desde esos dos enfoques. 

Para algunas de nosotras que somos tan viejas como para recordar el discurso de la niña Severn Cullis-Suzuki en la Cumbre de Río, aunque no empezó a difundirse por mail hasta 1996, en cualquier caso, escucharla nos hacía sentir esperanzadas. Y seguimos poniendo nuestra esperanza en niñas y adolescentes que en diferentes causas lideran el cambio sin violencia y con pasión. La solución pasa por la libertad de hablar y de escuchar, hablar incluso de lo que necesitamos en este modelo social, como rescatar bancos y abrir minas, pero sabiendo que eso es alimentar el problema. Hay que ponerle plazos y límites a esta forma social y cultural de estar en el planeta y dejar de engañarnos matando al mensajero. 

Es curioso que sepamos que las mujeres son más vulnerables ante la crisis climática y que a la vez los rostros que más comunican y remueven sean de mujer. Y es que, asumámoslo, a nadie le gusta ser víctima pasiva. Cada una de nosotras somos las agentes activas del cambio y solo nos salvamos juntas, si desobedecemos.

La foto apareció en La República.

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Carmen Ibarlucea

Escritora, narradora oral y activista animalista.
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