20 de agosto del 2019
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Hasta el debate de investidura de esta semana, a Pedro Sánchez pocas veces se le habían adivinado-atribuido actitudes prepotentes. El líder socialista es un político que no podía permitírselas; había permanecido demasiado tiempo al filo del precipicio y su conducta, aspecto y lenguaje, al menos durante los primeros años en la escena política, era la de un político prefabricado al uso: amable, educado, lineal, previsible, casi aburrido y de una inteligencia moderada. Su fascinante evolución política, con un resurgirmiento cual ave fenix de por medio, ha ido moldeando a un político que sabe asesorarse como nadie para sobrevivir y acaparar poder, pero cuyo perfil sigue teniendo numerosas lagunas. Esta semana ha culminado su fusión con el spin-doctor Ivan Redondo. Su influencia, más notoria que nunca, ha dado a relucir una faceta inesperada y desagradable del aspirante a presidente del Gobierno.

La amplia victoria en las elecciones generales bajo la estrategia de azuzar a Vox para luego situarse en el centro del tablero fue un triunfo incontestable… pero insuficiente. Al PSOE no le salían (ni le salen) las cuentas para formar Gobierno pues sus opciones pasaban (y pasan) por un pacto con Ciudadanos (que meses antes firmaba ante notario su «no es no» a una posible alianza con Sánchez) o por una alternativa más antinatura —aunque tampoco descartable— con el Partido Popular. Es el anhelo frustrado de Redondo.

Descartadas ambas opciones, lo lógico hubiera sido aceptar un entendimiento con Podemos con naturalidad, pero como se aventuraba no ha sido así. Pedro Sánchez ha permanecido viendo pasar el tiempo, al estilo Rajoy. Ha actuado como si tuviera mayoría absoluta, no solo a nivel estratégico, sino en las formas, en el lenguaje corporal y dialéctico. Ha hecho de la «gobernabilidad» el eje de su discurso (presionando a los demás grupos cómo si de los otros fuera la responsabilidad), ha solicitado en numerosas ocasiones la abstención de PP y C´s (a pesar del «con Rivera no» de su militancia), ha ignorado, menospreciado e intentado humillar a Podemos y pretendido pisotear a Pablo Iglesias, al que detesta.

Pablo Iglesias, durante el debate de investidura. FOTO: DANI GAGO

Desde el estrado, Sánchez fue sido fiel de reflejo de un PSOE engreído, tacticista, letal, conservador, encantado de haberse conocido, que vuelve a creerse indestructible como en la peor de las etapas de Felipe González, y cuya dirección permanece, como siempre, alejada de las bases. El líder del PSOE y sus figuras más allegadas actúan como si tuvieran mayoría absoluta y no debieran preocuparse por pactar.

Las ofertas a Podemos en los días previos fueron un insulto, no solo para la militancia de la formación morada, sino para la propia inteligencia de la opinión pública. Su veto a Pablo Iglesias es una opción sencillamente antidemocrática, inconcebible en cualquier otro país europeo. Los gobiernos de coalición son otra cosa, se basan en la cooperación, la negociación y el respeto a la aritmética electoral, nunca en groseras imposiciones. Si finalmente se llega a un acuerdo, a Podemos le corresponde un cuarto de la cuota del poder del PSOE, ni más ni menos, con todos sus ingredientes: ministerios, equipos de trabajo, competencias y recursos. Eso podría ocurrir si Sánchez recula. Si se aparta por una vez de Redondo (una persona a la que poco le importa los problemas de la gente de a pie) y percibe la nefasta imagen pública que ha dado en los últimos días (algo letal en la intención de voto); si baja algunos grados su nivel de prepotencia y pone sobre la mesa una propuesta razonable, equilibrada y respetuosa.

Si los socialistas siguen en la línea del escarnio, la poca vergüenza y el endiosamiento, Podemos debería recapacitar y frenar; no todo vale en política, la dignidad debería ser irrenunciable para una formación que nació en torno a ella. Es mejor morir de pie que vivir arrodillado.

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Periodista. Codirector de La Réplica.
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