21 de septiembre del 2019
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Ha pasado más de medio siglo en el que el conflicto entre las FARC y el Gobierno de Colombia se ha desarrollado a través de un sinfín de acontecimientos. Más de cincuenta años de la guerrilla más antigua del mundo que han dejado a su paso más de 200.000 muertes y casi 8 millones de víctimas de una u otra manera en ambos lados del tablero. Un dolor y unas ansias de venganza infinitas que siempre se vieron justificados por parte de cada uno por hechos perpetrados en el pasado.

El pasado miércoles 23 de Septiembre se dio en La Habana un apretón de manos que pudiera recordar (salvando las obvias diferencias) al de la reina de Inglaterra y el ex comandante del IRA, Sinn Féin en 2012. El presidente de Colombia, Juan Manuel Santos, y el máximo comandante de las FARC, Rodrigo Londoño Echeverri, fueron los protagonistas de tal histórico momento para la paz colombiana con la presencia del presidente del Consejo de Estado y de Ministros de Cuba, Raúl Castro.

Dichas negociaciones de paz comenzaron oficialmente en septiembre de 2012, con la mediación de Noruega y Cuba y la intervención de Chile y Venezuela. Tales conversaciones fueron suspendidas al poco de ser iniciadas por el secuestro de un general del ejército colombiano, siendo de nuevo reanudadas a finales del mismo año tras su liberación.

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No obstante, no fue ésta la primera vez que se intentó llevar a cabo este proceso de paz. En 1998 tuvo lugar el denominado proceso de paz de El Caguán, en el cual, el por entonces presidente Andrés Pastrana y el entonces jefe de las FARC Manuel Marulanda iniciaron unas negociaciones que fracasaron estrepitosamente.

Según las actas oficiales introductorias de las negociaciones iniciadas en 2012, tales se basan en un “acuerdo general para la terminación del conflicto y la construcción de una paz estable y duradera”. Dentro de este objetivo global son muchos los puntos importantes: el consenso cara a la política de desarrollo agrario integral del suelo colombiano hoy controlado por las FARC, la participación en política que tendrían sus miembros de finalizarse el conflicto, el marco legal del narcotráfico (el cual ha salpicado a altos cargos del gobierno de Colombia y ha supuesto una fuente de ingresos para las FARC), así como una reparación de las víctimas tanto por actos de las FARC como del Estado.

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El Gobierno y la FARC se dieron 6 meses para alcanzar un acuerdo de paz definitivo // foto: AFP

La inmensa mayoría de los medios de comunicación, así como analistas políticos de la comunidad internacional transmitieron este encuentro como un mensaje cargado de optimismo para la paz definitiva en Colombia. Sectores liberales del país, como el Partido Verde y el Movimiento Progresistas, así como diferentes agrupaciones campesinas, estudiantiles, eclesiásticas, indígenas y empresariales manifestaron su apoyo para que se continúe por esta vía, considerando que es la única salida al conflicto armado. Cincuenta años de ineficiente vía militar lo corrobora.

Dentro de la izquierda, partidos como el Polo Democrático y Marcha Patriótica mostraron también su aliento a favor de que estas negociaciones confluyan por el bien del país. Ex-presidentes de Colombia como Betancur y Gaviria no dudaron también en expresar su aval político al presidente Santos. En el ámbito internacional, organismos como la CELAC, la Unión Europea, la OEA y las Naciones Unidas han manifestado su benedícite al proceso.

En cambio, toda esta vorágine de esperanza chocó frontalmente con las declaraciones del ex presidente de Colombia Álvaro Uribe, quien declaró que el Gobierno “ha aceptado igualar a la sociedad civil con el terrorismo, lo cual constituye una grave afrenta a la comunidad colombiana.” Para algunos miembros de la izquierda colombiana, esta reacción de Uribe no es más que una rabieta infantil, ya que durante su gobierno también intentó dialogar sin éxito con las FARC y el ELN. Ahora, que su ex ministro de defensa, hoy presidente de Colombia, lo haya convertido en un proceso de paz irreversible e histórico para el país, debe escocer en su ego, ego no pocas veces expuesto en sus intervenciones políticas.

No es la primera vez que se pronuncia en contra de tales negociaciones para la consecución de un acuerdo de paz. Desde los inicios de la misma, Uribe consideró la búsqueda de la paz como una “bofetada a la democracia”. Uribe consideraba que la única salida al conflicto sería “un sometimiento a la justicia colombiana” por parte de la guerrilla. Los precedentes de la historia reciente demuestran que, si realmente se busca la paz en una nación, someter y humillar a una de las partes no es el camino que lo consigue, ya que inevitablemente arrastra a miles de personas de uno y otro lado que no son culpables directos de lo que acontece.

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Manifestación de las víctimas de las FARC

Además, en esta historia, ambas partes, Gobierno y FARC, tienen las manos manchadas de sangre, cocaína, violaciones, secuestros, torturas y desapariciones. Resulta curioso que Uribe siempre se ha referido  peyorativamente a los comandantes de las FARC como “unos narcoterroristas que utilizaban ciertos pretextos políticos”, con los cuales no podía la sociedad colombiana negociar. En cambio, Álvaro Uribe también tiene tela de cortar en este ámbito. Por citar algunos ejemplos:

  • Álvaro Uribe aparece referenciado en el Documento número 82 del Archivo Federal de Seguridad de EEUU de 1991 como “hombre de cartel de Medellín y amigo de Pablo Escobar”.
  • Dicho documento también muestra fotos de Santiago Uribe, hermano del ex presidente, con Fabio Ochoa Vázquez, conocido capo del Cartel de Medellín, en la época en la que los Ochoa ya eran buscados por actividades mafiosas.
  • A su vez, tres parientes suyos, entre ellos dos primos hermanos, lideraron una banda narcoparamilitar conocida como “Los Erre”, acusada de haber asesinado a medio centenar de inocentes en varios municipios de Antioquía. Sus familiares fueron condenados en primera instancia y tras pasar un año en la cárcel, el juez de apelaciones los puso en libertad y discrecionalmente archivó el caso.
  • En relación a la banda narcoparamilitar “Los doce apóstoles”, habría tenido sede en la hacienda “La Carolina”, sitiada en Antioquía, y propiedad de los hermanos Uribe, por lo que más adelante, según el periódico conservador Nuevo Herald de Miami, Santiago Uribe sería investigado por involucramiento con el paramilitarimo.

Pide pues sometimiento a la Justicia quien más reacio se ha mostrado a ello en décadas.

Volviendo a las negociaciones de paz, ¿por qué las calificamos de irreversibles?

Tras los tres años de negociaciones por primera vez se ha puesto una fecha para sellar la paz definitiva: el 23 de marzo de 2016. Este hecho se debe a haberse superado partes delicadas de las negociaciones tras una maratoniana labor de la Comisión Jurídica, la cual consiguió cerrar un acuerdo de Justicia que compromete a ambas partes y que las hace converger férreamente en torno a la defensa de este proceso como algo necesario para toda la sociedad civil de Colombia.

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El presidente Santos, en una entrevista del pasado año al periódico El País, comentó que esperaba ver a los miembros de las FARC abandonando las armas que matan y cambiándolas por la arma de la palabra ocupando un lugar en el Parlamento. “Yo fui ministro de Defensa, sé hacer la guerra y sé que si se truncasen estas negociaciones, la guerra continuaría muchísimos años”, comentó durante la misma entrevista.

Todas estas negociaciones, de cumplir Santos con su promesa realizada en 2014, serían finalmente sometidas a referéndum para así ser refrendadas por el pueblo colombiano.

De ser así, podría perder el referéndum y, como le sucediera a De Gaulle en Francia tras su referéndum sobre la descentralización, verse en la tesitura de ser obligado a dimitir por el fracaso de una consulta popular que lo deslegitimaría para continuar en el Gobierno. No obstante, es algo que Santos ni contempló ni contempla. Tanto él como Timochenko tienen en sus manos acabar de raíz con esta honda herida que ni la venganza ni más sangre pueden coser. Y para ello existe fecha fija.

Una fecha que necesitan los colombianos.

Una fecha en la que se podrá comprobar si 2016 quedará grabado en la historia reciente de Colombia como el año en que la paz emergió triunfante por los cuatro costados de esta República.

Una fecha que, una vez más, recuerda aquella canción del cantautor chileno Victor Jara: el derecho a vivir en paz.

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Alejandro García Maldonado

Licenciado en Derecho por la UMA, ha colaborado en medios como El Confidencial, Claridad Digital, El Turbión, El Importuno y Cubainformación. Autor de las obras "Testigos cegados" (2011) "Transcripción del Manifiesto Comunista" (2012), "Tra due anime" (2015) y "Al resguardo del tilo rojo" (2018). Ha cursado estudios a distancia sobre antropología biográfica en la Bernard Lievegoed University (Zeist, Holanda) y dirige el proyecto literario "Etreso Biografías". Diplomado en Periodismo por el National Council for Training of Journalist de Londres, actualmente escribe un libro de relatos cortos que verá la luz a finales de 2019 y reside en Suecia.
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