27 de mayo del 2020
La Réplica La Réplica La Réplica La Réplica La Réplica



El 13 de abril en rueda de prensa el presidente francés Emmanuel Macron se lamentaba en voz alta de las consecuencias de la pandemia en la profundización de la brecha educativa en la infancia del país. 

El 14 de abril, en un medio de comunicación impreso, 40 organizaciones y exdirigentes políticos usan la plataforma comunicativa para instar a la ministra y a las comunidades autónomas de nuestro país a hacer “esfuerzos” para que los alumnos no se descuelguen del sistema y se dé apoyo para la conciliación de las familias. Sin embargo cuando leemos el desarrollo lo que piden es que se den clases en verano. 

Queremos puntualizar que estamos completamente de acuerdo con Álvaro Ferrer, el investigador de la ONG Save the Children, que da la cara e impulsa la carta dirigida a la ministra Isabel Celaá. Sin embargo, quienes vivimos en Extremadura, y nos dedicamos a la educación reglada sabemos que el clima no es un factor que se deba obviar a la hora de relacionarnos. Nuestras escuelas no son bioclimáticas, no están adaptadas al calor, aunque deberían; también argumentan que debido a la brecha digital, para que la infancia que no tienen acceso a internet no pierda el curso, debemos volver a las aulas para dar clases en verano. 

Quienes llevamos predicando en el desierto de la innovación educativa veinte años o más, no podemos por menos que sentirnos indignados por esta preocupación repentina. Ese 10% de hogares afectados por la brecha digital, osea, hogares sin acceso a Internet, ya existían antes de la pandemia y eran una muestra de injusticia y de dejadez de nuestras obligaciones con la infancia. 

En este momento nuestro alumnado el gran problema que tiene con respecto al mundo digital es, por un lado el acceso, y por el otro el uso.

El acceso es un problema fundamentalmente socioeconómico. Las problemáticas familiares de este tipo les dificulta o impide tener un acceso de manera continuada. Puede ser que tengan un móvil, pero tener móvil no significa que no exista brecha digital puesto que el acceso a la cantidad suficiente de datos que puede ser necesaria en unas circunstancias como las actuales, no es habitual ni para el alumnado, ni para parte de progenitores que es muy posible que ni siquiera tengan acceso a wi-fi en el domicilio.

Por otro lado, el uso también es un problema. La mayor parte de la población considera el teléfono móvil como una herramienta de ocio, para acceder a Instagram o a TIK TOK, pero lo desligan del aprendizaje, del estudio o de lo que podríamos denominar “comunicación sería”  que proporcione información veraz.

El teléfono móvil es un elemento ajeno a la escuela, un elemento prohibido en la escuela, lo que lo hace mucho más deseable de lo que en realidad debería ser. El teléfono inteligente es una herramienta que debemos incorporar al día a día de la educación, como ya se ha intentado con tabletas y ordenadores dentro del sistema escolar, de manera que tengamos de paso un elemento disuasorio para el propio uso del teléfono móvil solo como distracción, o al menos para que se vea que éste está asociado tanto al aprendizaje como al ocio. Desde un móvil podemos hacer documentos, crear presentaciones y utilizarlo en nuestro día a día escolar, en nuestro día a día de comunicación, y en nuestro día a día de ocio.

Por tanto, no debemos olvidar el factor económico, teniendo en cuenta que no todas las familias tienen capacidad para mantener el pago continuado de una Wi-Fi o de un ilimitado de datos, y que no todas son conscientes de la importancia que tiene mantener eso como prioridad en el gasto familiar, poner Internet en tu lista de prioridades después de la comida, la vivienda, la energía, requiere de un proceso de cambio social y educativo hacia las familias que nos lleve a entender que a día de hoy, es tan imprescindible como la calefacción en invierno. Estamos hablando de derechos y por tanto debe ir acompañado del apoyo del Estado, en forma de beca como los libros de texto. Y también las compañías de comunicación deberían contemplarlo dentro de sus políticas de responsabilidad social corporativa, con la creación de tarifas destinadas al uso escolar.

Y llegamos al otro vértice del problema de la brecha digital, el profesorado, en el que también existe una brecha digital, en muchos casos debido a una falta de tecnoformación, pero también a un prejuicio previo al mirar los teléfonos inteligentes como un enemigo a las puertas del aprendizaje. El tema digital no es solo fundamental en momentos de confinamiento, o de circunstancias excepcionales que no alcanzamos a imaginar, sino para el funcionamiento del día a día y en la comunicación con el alumnado que no puede, o no debe, ser única y exclusivamente presencial. Esto permitiría a medio plazo flexibilizar los momentos de presencialidad, dando paso a otras formas de uso de las instalaciones, y a otras vías de funcionamiento en el proceso educativo más acordes a una sociedad que se flexibiliza en su vida laborar, el flexischooling sería una respuesta adecuada a la necesidad apremiante de reformular la conciliación familiar.

Sobre el uso de los centros educativos en verano. Adelante con campamentos educativos, adelante con el aprendizaje lúdico a través del movimiento, el juego, y la reflexión, a la sombra de los árboles, así como a la implementación de comedores sociales. Pero el confinamiento está teniendo consecuencias psicológicas en las y los menores, y deben obtener el tiempo para el esparcimiento que no están teniendo en estos días de cuarentena. 

Artículo obra de:
Juan Carlos Vila – filósofo
Carmen Ibarlucea – escritora ecofeminista

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Carmen Ibarlucea

Escritora, narradora oral y activista animalista.
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