16 de julio del 2020
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Corren malos tiempos para Enrique Bunbury. ¿Qué ha pasado para verse arrastrado a una de las mayores crisis de su carrera? Recapitulemos. A mediados del mes de junio apoyó públicamente (mediante un tweet) la teoría de la conspiración mundial según la cual varios magnates, entre los que se encontraría Bill Gates, habrían creado el virus del Covid-19 para controlar el mundo gracias a una vacuna que nos implantaría un chip en el cuerpo.

Una hipótesis poco menos que enajenada que provocó que las redes sociales volcaran toda su ira crítica y afán burlesco sobre el músico maño. La reacción de Bunbury vino en forma de comunicado. En él asumía un papel victimista que hablaba de «bullying y lapidación». Probablemente algo excesivo.

Pero el episodio en cuestión no deja de ser una anécdota, quizás una disculpable chifladura tan común en artistas que viven alejados del mundo real. Nada especialmente preocupante.

Pero ha sido el anuncio de la publicación del ensayo El método Bunbury por parte del escritor y poeta Fernando del Val en la editorial Difácil lo que ha vuelto a sacar a la palestra un tema ya conocido: el del filtreo con el plagio en la obra de Enrique Bunbury.

El músico, que ya fue acusado de plagio tras la publicación en 2008 de El hombre delgado que no flaqueará jamás, consideraba entonces que no se podía hablar de plagio: «Dos frases no hacen un plagio. Es lo que hacemos los escritores en todos los ámbitos: recoger frases de la calle, de los periódicos, de los bares y, por supuesto, de los poetas. La acusación es una chorrada. Y si no que le pregunten a Dylan. ¡No me jodas!»

El problema es que a Bunbury se le acumulan las frases.

Como señalan en El País hasta en 37 canciones (lo que vendría a ser nada menos que cuatro discos) ha detectado Fernando Del Val el uso de versos de poemas de autores reconocidos tales como Fernando Arrabal, Felipe Benítez Reyes, Mario Benedetti, Charles Bukowski, Fernando Sánchez Dragó, Blas de Otero, Michel Houellebecq, Gabriel Celaya, Nicanor Parra, Antonio Gamoneda y Haruki Murakami entre otros. Unos 539 versos bajo lupa.

La mayoría de estos autores nunca fueron acreditados en los libretos de los discos.

Enrique Bunbury, en una imagen promocional

El método Bunbury parece más un centón que un homenaje musical. E independientemente del dilema puramente legal, queda el debate ético sobre la autoría en la cultura.

Bunbury y su entorno no admiten debate al respecto y consideran las críticas parte de un absurdo y feroz complot en su contra. Pero lo cierto es que no se trata de hechos aislados, es un modus operandi que rescata versos de una calidad indudable para maquillarlos e incorporarlos al cancionero propio sin mención alguna.

Se mire por donde se mire, la dinámica de trabajo del músico aragonés para perpetrar sus canciones es cuanto menos reprochable. Artísticamente pone en tela de juicio sus aptitudes y capacidades como compositor, pues sin esas 37 canciones la calidad de la discografía de Bunbury quedaría claramente devaluada.

Bunbury ha sido considerado a lo largo de su trayectoria como un compositor de letras profundas, poéticas y evocadoras, solo hay que revisar algunas de las obras bibliográficas sobre su obra. Pero cabe preguntarse, ¿conocían los analistas musicales el uso libérrimo de los versos de otros poetas y músicos? Probablemente no, al menos en el grado que expone el ensayo El método Bunbury.

El escritor Fernando Del Val, autor de «El Método Bunbury»

La cerrazón, el hermetismo y la patada hacia delante de Enrique Bunbury no es buena decisión.

Cabe exigir una rectificación o unas disculpas que problablemente jamás lleguen. Componer es un arte y beneficiarse de la inspiración y el trabajo de otros artistas es cuanto menos una práctica dudosa. Ya no son dos o tres frases a modo de homenaje, son quinientas. Son apropiaciones.

Empecinarse en que se trata de un tributo artístico chirría, y enrocarse en el victimismo o en tribulaciones políticas es otro disparate más que no hará ningún bien a su ya maltrecha reputación.

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Alejandro López Menacho
Periodista. Codirector de La Réplica.
Alejandro López Menacho

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