16 de septiembre del 2019
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Es evidente que al segundo disco de Los Chikos del Maíz, ‘La Estanquera de Saigón’, se le iba a exigir un compromiso especial con los tiempos que corren. Era un trabajo esperado por los que pensamos que la música demanda cierta implicación social, que la equidistancia (hoy especialmente) es una posición cobarde y que si queremos cambiar el rumbo del país necesitamos a todos los agentes sociales unidos en esta guerra sin balas, artistas incluidos. Es necesario articular una hegemonía cultural sólida.

Pero de nada serviría la osadía política si el argumento musical resulta pobre. Textos y sonidos deben ser igual de convincentes para que el mensaje cale. Afortunadamente, Tony y El Nega han asumido el reto de limpiar y dar consistencia a su sonido, de evolucionar, de buscar una producción profesional y meticulosa, más o menos acertada pero con intención de conjunto. Este disco suena a rap artesano, a horas de estudio y charlas con djs esculpiendo bases y ritmos. Entre ‘Pasión de Talibanes‘ y ‘La Estanquera de Saigón’ se percibe una clara mejoría.

Sin embargo, no crean que es un disco sencillo para el oyente. Exige conocimientos profundos sobre actualidad, historia y política. El desfile de personajes de la vida pública a los que atiza, ensalza o simplemente suelta una puya es de órdago: Verstrynge, Pedro J, Carromero, Aguirre, Aznar, Fátima Báñez, Rosa Díez, Barbijaputa, Ignacio Escolar, Pérez Reverte, Vetusta Morla, Dani Martín, Pablo Iglesias y un largo etcétera aquí inasumible. Hilvanar tantas referencias sin que el discurso se desplome tiene mérito. En este sentido, el oyente acaba con la pelota en su tejado, responsable de sacar conclusiones, asumir o replicar. Los Chikos del Maíz han hecho su parte y no han dejado títere con cabeza. Son la eterna intransigencia, el inconformismo infinito.

Hasta con ellos mismos son implacables. Mirando al pasado y haciendo autocrítica, han eliminado toda connotación machista de sus textos. Y cualquiera que conozca el mundo del rap, donde se aplaude a quien dice tenerla más grande, sabe que no es tarea fácil. Sus guiños a Ada Colau y Tania Sánchez y las críticas a la moda imperante ponen en tela de juicio el canon de belleza impuesto por la dictadura de lo superficial.

Quedará para el recuerdo ese himno en potencia que da nombre al disco y en el que participa Habeas Corpus. Una enumeración honesta y brutal de personajes rebeldes contra situaciones opresoras o injustas. También se elogiará -por motivos varios- Revisionismo o Barbarie o No Somos Indies con Flequillo, pero deben dejar pasar la oportunidad escuchar con atención la auténtica joya del disco, un medio tiempo arrebatador en clave de despecho que combina voces de El Nega y de Laura, Paraísos Artificiales. Si aflojan un poco, también pueden sonar románticos.

Dentro de algún tiempo echaremos la vista atrás y entenderemos «La Estanquera de Saigón» como un retrato generacional post-15M. Corre el riesgo de envejecer rápidamente, pero es cierto que a día de hoy no se conoce una obra musical española tan consciente de su transcendencia histórica. Como dijo Dylan, los tiempos están cambiando y cuando el futuro nos obligue a recomponer el puzzle de nuestros días necesitaremos referencias culturales. Esta es una de ellas. Pase lo que pase.

foto: arainfo.org
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Periodista. Codirector de La Réplica.
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