28 de septiembre del 2020
La Réplica La Réplica La Réplica La Réplica La Réplica



Una de las más célebres citas de Woody Allen dice así: «No le temo a la muerte, sólo que no me gustaría estar allí cuando suceda«. Es un chiste mucho más serio de lo que parece, pues en parte a todos nos ocurre que asumimos con naturalidad cualquier muerte que se produce en nuestro entorno, conscientes de que es parte de la propia vida, pero al llegar nuestra hora nos rebelamos, no queremos estar ahí, nos resistimos a abandonar este mundo. Y cuando conocemos a quien quiere poner un punto y final, de forma voluntaria, a esta aventura nos preguntamos: «¿Por qué? Si la vida es maravillosa».

Sucede que no empatizamos con los que viven como en una cárcel, gente cuyos amaneceres son una tortura, una agonía peor que la muerte. Siglos y siglos de cultura religiosa han hecho creer al ser humano que no es dueño de su propia vida, que existe alguien superior que guía los designios vitales de cuantos nos rodean, que decide cómo, cuándo y dónde. Por eso la eutanasia sigue siendo un tema tabú, porque las religiones ejercen un poder desmedido sobre lo que concierne a la vida, máxime en España, un país gobernado por un grupúsculo de ultracatólicos que están saltándose una y otra vez la laicidad constitucional.

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El cine ha tratado de acercarse a esta controvertida temática desde ópticas muy diferentes. Mar Adentro y Million Dollar Baby consiguieron trasladar al público generalista este debate, que ya había abierto Dalton Trumbo con la sobrecogedora Johnny cogió su fusil. Pero el dilema siempre estuvo enfocado desde un punto de vista individual, desde el drama del que afronta este indeseable destino en soledad. La fiesta de despedida supone un giro de tuerca por dos motivos: 1) afronta este problema desde el prisma de una colectividad, la de unos judíos israelitas de clase acomodada y 2) utiliza un tono de tragicomedia, tan desenfadado como oportuno, tan entrañable como meritorio. Ese es el secreto del film, que la dupla Granit & Maymon, los directores de la obra, practican funambulismo entre el drama y el humor sin desentonar en ningún momento, con sutileza y un saludable toque inglés en sus gags.

Valoremos también que esta espléndida película ponga sobre la mesa otra interesante discusión: ¿Seremos capaces en el futuro de normalizar (o desdramatizar) la muerte, por cercana que sea? Quizás tengamos que educarnos en asumir nuestro ineludible desenlace. No es cuestión de frivolizar, sino de normalizar la ausencia. A todos nos llega nuestra hora y tendremos que elegir como afrontar el final, si como una tragedia o como una celebración. Al fin y al cabo, cada momento especial, cada instante que retiene nuestra retina hubiera merecido un brindis. Valorémoslo.

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Alejandro López Menacho
Periodista. Codirector de La Replica. Autor del libro '101 películas españolas para entender nuestro presente' en la editorial Héroes de Papel. "Los viejos sueños eran buenos sueños. No se cumplieron, pero me alegro de haberlos tenido".
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