12 de diciembre del 2019
La Réplica La Réplica La Réplica La Réplica La Réplica



Decía Aldous Huxley que manejar el silencio es más difícil que manejar la palabra. Esta reveladora frase es válida, tanto para quienes hacemos de la palabra una parte esencial de nuestra vida, como para toda la sociedad.

Parafraseando al autor, en el mundo feliz de la Transición hemos aprendido, después de un largo y oscuro período de silencio -de silencios forzados- a hablar y ahora nos cuesta trabajo callarnos. Es más, no queremos hacerlo. Ya tuvimos que callar durante muchos años y tenemos que seguir callando en algunos temas que, durante esa Transición supuestamente brillante, aunque en realidad llena de luces y sombras, se han convertido en tabú.

No sin razón, quienes han decidido no callarse, gritan -gritamos- en las calles: le llaman democracia y no lo es. Se ha tardado más de 40 años en sacar al dictador mausoleo. ¿Cuánto se tardará en sacar al Franquismo de las instituciones? El lema que presidió la dictadura –España: una, grande y libre- está formulado sobre, ya no tres falacias y si tres mentiras, que en el momento actual se mantienen como dogmas de fe.

En relación a la supuesta unidad de España, la propia frase del dictador es reveladora: no me importaría matar a media España si tal fuera el precio a pagar para pacificarla. ¿Una  supuesta unidad lograda a golpe de disparos y represión: es unidad o miedo?

 La grandeza e ínfulas imperiales del franquismo, se ponen en entredicho con una simple comparación entre la situación económica vivida en nuestro país durante años 40 a 70, con la de nuestros vecinos europeos. A lo largo de ese periodo, España se convirtió en un país de emigrantes; una migración que, según afirma  la Directora del Centro de Documentación de las Migraciones de la Fundación 1º de Mayo, Ana Fernández Asperilla, “fue favorecida por el propio régimen, para mejorar su relaciones exteriores y tener una fuente de ingresos para su población empobrecida”. ¿Si tanta era la grandeza de España, por qué la gente se veía obligada a emigrar? Sobre el tema de la libertad huelgan comentarios.

Esos tópicos; esas mentiras; ese franquismo sociológico, pervive en nuestros días y diferentes actuaciones judiciales nos lo demuestran una y otra vez. La sentencia del Procés dicta una solución judicial a un tema político a modo de escarmiento a los independentistas. Como afirmábamos en este mismo medio, detrás del conflicto catalán hay un conflicto político entre dos concepciones nacionalistas, tan opuestas como criticables la una y la otra. Frente al nacionalismo catalán (…) se alza un nacionalismo español homogeneizador. Además de la citada sentencia, las apelaciones a la unidad de España por parte de políticos de diverso signo o  por el Jefe del Estado, son muestra de dicha pervivencia.

Como decíamos al principio, le llaman democracia y no lo es. Así nos lo recuerda Amnistía internacional al analizar la condena a los Jordis, que considera una amenaza a los derechos a la libertad de expresión y de reunión pacífica. Esas condenas a dirigentes de organizaciones civiles son, en palabras del organismo internacional, consecuencia de la vaguedad en la definición del delito de sedición según el Código Penal español y de la interpretación, excesivamente amplia y peligrosa, de esta definición que ha hecho el Tribunal Supremo, pretendiendo extender el miedo en las protestas pacíficas, ante la criminalización de las mismas expresada por la sentencia.

En nuestro artículo, citado en párrafos anteriores, señalábamos cómo la sentencia del Procés había sido filtrada y difundida de manera adelantada por todos los medios de comunicación. ¿Se pronunció el gobierno, la judicatura u otra institución del Estado contra este proceder? Como señalábamos: la respuesta es no. Por el contrario,sí han resultados imputados los periodistas, que han publicado informaciones procedentes de los sumarios filtrados  sobre la detención de miembros de los Comités de Defensa de la República (CDR)  a finales de septiembre.

El denominado secreto del sumario es una figura jurídica que protege los derechos de las víctimas, así como la presunción de inocencia de los acusados; suponiendo entonces las filtraciones un atentado contra dichos derechos. Pero en lugar de perseguir a los responsables de las mismas y poner medios para evitarlas mismas, se persigue a los periodistas: garantes del Derecho a la Información; uno de los pilares esenciales de un Estado de Derecho y recogido por nuestra “sagrada Constitución”; aquella la que tanto se apela y se esgrime cual biblia, o espada, o ambas, ante cualquier desviación de la senda trazada.  Perseguir a quienes están haciendo un trabajo a favor del cumplimento de los derechos de la ciudadanía y no a los responsables de la lesión de tales derechos, es propio de los estados totalitarios.  .

A comienzos del presente artículo hablábamos de los silencios impuestos y las palabras hurtadas durante la Transición que se mantienen en la actualidad. Uno de los más sangrantes es relativo al Jefe Estado: impuesto a dedo por el dictador y con sucesión en el cargo por lazos de sangre, nos condena a la categoría de súbditos de una institución anacrónica y poco compatible con el principio de igualdad ante la ley que caracteriza –o debe caracterizar- a un estado social y democrático de derecho, según expresa la Constitución en su art.1. En distintos foros hemos defendido que, si el tema del modelo y estructura de Estado consagrado en la Constitución, hubiera sido objeto de un profundo debate entre los diferentes actores con refrendo público del mismo, es bastante probable que la “cuestión catalana”, se hubiera desarrollado de otra forma. Consideramos que el origen de la misma está, precisamente, en la ausencia de debate sobre la estructura del Estado; concretamente sobre su estructura territorial. Pero ese debate fue hurtado en su momento y se continúa hurtando, pues el principio de unidad de España, como el de la monarquía, heredados ambos  del franquismo, no se discute en un estado al que llaman democracia y no lo es.

Nos quieren imponer el silencio; pero no nos callamos, ni nos callaremos. Como decía una antigua, que no vieja, canción de la chilena Violeta Parra: cuantas más injusticias, señor fiscal / más fuerzas tiene mi alma para cantar… O en este caso: para escribir… Para replicar.

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Antonio Ureña

Antonio Ureña García es Doctor en Filosofía y Ciencias de la Educación; Licenciado en Historia y Profesor de Música. Como escritor, ha publicado ensayos y relatos en diferentes revistas y medios electrónicos. Es coordinador del Proyecto Internacional Leer es un Derecho y editor de la revista Tiempo de Poesía. En sus escritos persigue hacer una reflexión critica sobre la cultura y sociedad actuales a modo de herramienta que colabore a hacer frente a la impostura y el letargo en los que pretenden sumirnos.
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