04 de abril del 2020
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Son muchas las ocasiones en que personas que nos miran desde lejos, dicen de nosotros que somos marxistas, incluso apostillan leninistas, y nuestra respuesta es el asombro. 

Nada hay de ofensivo en la confusión, salvo quizás la ignorancia sobre nuestra opción ideológica, ese ninguneo al que la sociedad humana, tan amiga de lo simple, somete a la diversidad. 

Y justamente respeto en la diversidad es la clave de nuestra opción. 

Si atendemos a la definición del término ecosistema, se nos dice que es una comunidad de organismos biológicos (biocenosis) dentro de un medio físico (biotopo) donde se relacionan, y esto es algo que a las personas nos cuesta entender, sin jerarquías. 

La definición que se da para ecología política es el estudio de las relaciones entre los factores políticos, económicos y sociales con los problemas y cambios ambientales,  y habría que añadir, poniendo el acento en el estudio y análisis en el acceso y control de los recursos.

La definición que se da para ecosocialismo es que integra las ideas del socialismo inspirado en el marxismo, y las del ecologismo. Apoyando la justicia social como primer paso hacia un sistema relacional más equilibrado entre personas y medioambiente. 

Es cierto que ambos presupuestos teóricos se dan la mano en un sin fin de conceptos, como es el rechazo al productivismo en todas sus formas (capitalistas o de otro modo), así como el análisis sobre la degradación ambiental, la marginación social, la conservación de los ecosistemas y la defensa de los movimientos sociales que reclaman una justicia duradera, la propuesta de una vida simple. Es por ello que pensadores como Andrew Dobson consideran que tanto la ecología política como el ecosocialismo se inspiran en filosofías comunes: socialismo descentralizador, no burocrático, no autoritario y no productivista.

Pero para hablar de ecología política tenemos que posicionarnos como quien dirige una orquesta, para obtener un análisis multidisciplinar de los problemas de nuestra sociedad, de los que estos generan en los ecosistemas, y cómo esos problemas medioambientales revierten de nuevo en la sociedad humana de manera desigual provocando la profundización de las injusticias. (Para este viaje circular es recomendable leer a Raymond L. Bryant y Sinéad Bailey). 

Obviamente, como cualquier ideología que se precie, la ecología política no solo proporciona análisis y estudios sobre los problemas, también plantea alternativas a la actual estructura social, porque estamos seguras de que hay formas colaborativas de organizar la sociedad, al igual que sucede en los ecosistemas, y es aquí donde más se separa del ecosocialismo.

Es por esa razón que la ecología política está muy cercana al pensamiento libertario y también a las nuevas corrientes políticas confluyentes, que buscan no solo la cooperación surgida en las viejas alianzas, en forma de coalición de partidos, con sus repartos de poder e influencia traducidos en porcentajes de influencia y repartos monetarios negociados, sino un modelo más líquido, donde no existan dinámicas de poder/contrapoder sino de cooperación sin protagonismos. 

Esto no quiere decir que no se dé, dentro de la ecología política, el reconocimiento de algunas figuras que por su lucidez de pensamiento o su capacidad de acción se conviertan en un referente social. Sin embargo, se espera de esas figuras que no busquen, ni atesoren el viejo poder, la posición o la acumulación, porque esas características ya han demostrado conducir al mantenimiento de las arcaicas formas políticas que nos han traído hasta aquí, ahogando en la cuna las propuestas de cambio. Desde la ecología política no deberían establecerse luchas internas, y nunca se debería llegar al desamor, algo que también debe ser nombrado porque es un lastre en nuestras relaciones. Los desacuerdos nunca deben ser crueles. Si esperamos de nuestras personas más carismáticas que sean líderes sin ser autoritarias, y referentes sin ser vanidosas, también nosotras, las que hacemos el trabajo silencioso, debemos ser sinceras y amables, sin dejarnos llevar por las malas maneras, tan habituales en el entorno de las relaciones políticas.  

El desafío de las ideologías en sus inicios es que son un juego de imaginación y de seducción social, que deben ser explicadas desde cero, para ser comprendidas dentro de un marco de pensamiento que no las puede contener. A veces, lo más sencillo se convierte en lo más complicado, algo así como explicar en un bar que el anunciado bocadillo vegetal no es apto para las personas veganas. 

Como muestra, un botón: la divergencia entre la ciencia de la conservación y la ecología política. 

En el centro de Botsuana se encuentra la Reserva de Kalahari Central, creada para proteger esa zona. A mediados de los 80 del pasado siglo, los habitantes humanos originales de la zona, conocidos como bosquimanos fueron obligados a desalojarla. Entre 1997, 2002 y 2005 ocurrieron tres grandes desalojos y el pueblo San, como se autodenominan, vive ahora en campos de reasentamiento fuera de la reserva, con prohibición expresa de cazar en ella. 

Desde el punto de vista de la ecología política, ésta práctica, lejos de preservar el patrimonio natural, lo daña, ya que las personas adaptadas al medio son una parte tan importante del ecosistema como el resto de organismos vivos adaptados al territorio. La separación impuesta de manera artificial a las personas, ha traído como consecuencia para este colectivo la aparición de enfermedades emocionales como la depresión o el alcoholismo, y otras físicas como la tuberculosis y el SIDA. 

Afortunadamente cada vez más las medidas conservacionistas atienden a la biocenosis, dentro de su biotopo, pero queda mucho para regresar a la sabiduría ancestral y comprender que pertenecemos a la tierra, y no al revés.

Supongamos que vivimos en un gobierno enmarcado en la ecología política, porque soñar es gratis y porque no queremos caer en el desaliento, pese a que somos conscientes del peso de la Historia reciente y no podemos dejar de compartir muchos días el análisis de Doris Lessing  “Me he vuelto muy intolerante con las ideologías. Pertenezco a una generación de grandes sueños, de utopías de sociedades perfectas, y lo que ha ocurrido es que ha habido mucha sangre. He observado a gente de mi generación que tenía grandes esperanzas y ahora la veo muy rezagada respecto a sus expectativas.”

Pero, supongamos que un gobierno basado en la ecología política logra hacerse entender, y es elegido por una mayoría social. El ministerio de economía se centraría entonces en la gestión del agua como recurso imprescindible para la vida, y presentará un plan presupuestario de reconversión. Se asignaría un valor económico a los bosques, incentivos a la agroecología y se gravaría con multas a los monocultivos que acaban con las bacterias y los insectos. Porque si algo nos ha enseñado la ciencia, mediante el estudio de espacios altamente contaminados, es que cuando no se completa el ciclo, la vida se hace inviable. Y hay algo que las personas deseamos sobre todas las cosas, como cualquier otro ser, y es vivir. 

Por otro lado, el ecosocialismo, como respuesta política organizada, responde más a una adaptación de las políticas socialdemócratas del estado del bienestar a la situación de preocupación por el medio ambiente, el clima, la conservación de los espacios naturales y las especies vivas, y que en los últimos tiempos parece seguir adaptándose a la situación ya reconocida como emergencia climática.

Mientras, la ecología política a parte de ver la emergencia climática con mucho tiempo de antelación, como respuesta política organizada pretende llevar a cabo el nuevo modelo integral que propone para la sociedad a su práctica política, como manera de evidenciar la viabilidad de las mismas. Quizás es precisamente aquí donde el ecosocialismo se ha mostrado más eficiente, ya que al integrarse en las viejas formas, ha tenido menos problemas para la convivencia política con quienes tienen pretensiones compatibles. 

La ecología política aún busca encontrar un espacio donde las personas entiendan que práctica y teoría no pueden ir disociadas. Y cuando, la realidad se impone, sólo la verdad de la impotencia, puede ser la justificación de nuestro fracaso. 

Por Carmen Ibarlucea / Juan Carlos Vila 
Feminista antiespecista / Filósofo 

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Carmen Ibarlucea

Escritora, narradora oral y activista animalista.
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