22 de septiembre del 2019
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EDITORIAL. Jaque Mato

27 noviembre 2014 1 Réplicas Categorías: Editorial

Como los malos de las películas de suspense que parece que nunca mueren, Ana Mato, había esquivado su defunción política con tremenda sinvergonzonería. Su «dimisión» acontecida ayer ha confirmado los pronósticos de varios analistas políticos de prestigio: el futuro inmediato sería más casos de corrupción, más filtraciones a la prensa, más noticias, más dimisiones. Un proceso de decantación judicial que se ha cobrado su primera víctima en la primera línea política. Ana Mato, una de las ministras más incapaces que recuerda la democracia. Desastrosa en cuestiones de oratoria, errática en la toma de decisiones, continuamente rectificada (cuando no apartada) en sus funciones y con escasa relación previa con su ministerio, resulta el ejemplo perfecto de las miserias de la llamada vieja política. La ciudadanía exige que los políticos sean expertos en su materia, muestren capacidad y responsabilidad, y eso deberá ir muy por delante de su red de contactos o fidelidad al líder de la manada.

Y el problema con Ana Mato no son las circunstancias de su dimisión, herencia de una trama corrupta, la Gurtel, acontecida hace la friolera de siete años, el problema es la cantidad de tiempo que ha permanecido en su cargo, desarticulando la sanidad, privatizando el sector y manteniendo a la gran mayoría de los profesionales en pie de guerra. Un atentando contra el estado del bienestar al que se le suma la reprochable catadura moral de la exministra, beneficiaria directa de la corrupción sistémica de su partido. Con todas las personas que han fallecido esperando una operación en lista de espera, con la cantidad de camas que hay en los pasillos de los hospitales y el progresivo deterioro de las condiciones laborales de los profesionales, es especialmente macabro que la ministra se vaya por un bolso de Louis Vuitton y una macrofiesta infantil (entre otras cosas).

Motivo principal para que no haya nada que celebrar con su marcha, sino apresurarse para que la inercia judicial siga su curso y la presión ciudadana obligue a los corruptos a dimitir o esconderse. Mientras tanto, no hay que olvidar, los partidos y movimientos ciudadanos tienen la obligación de seguir trabajando para reconstruir la política y depurar su relación con los demás estamentos sociales. Asistimos a un momento histórico en el que se destruye y construye en el mismo espacio y tiempo, de ahí la cargadísima atmósfera política, que irá in crecento en los próximos meses. Afortunadamente, sin Mato en el tablero político.

 

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