15 de septiembre del 2019
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Mariano Rajoy, el presidente que ha hecho del laissez faire su estrategia de perpetuación en el poder, ahora pide perdón. Pide perdón por la llamada «Operación Púnica», una trama de corrupción que afecta a decenas de alcadíasy que debe su nombre al apellido del número dos de Esperanza Aguirre en la Comunidad de Madrid, Francisco Granados.

Sin embargo, Rajoy nunca pidió perdón por el caso Gürtel, ni por las tarjetas black de Caja Madrid, ni el caso Pokemon, ni por la gestión del Ébola, ni por intentar imponer la reforma del aborto, ni por tantas otras cosas en las que ofendió y menospreció a la opinión pública. Rajoy pide perdón porque está contra las cuerdas y la ciudadanía le golpea donde más duele, en las encuestas de intención de voto.

El presidente prefirió callar y hacerse el sueco con tácticas disparatadas y cobardes como la no-mención, el uso de la neolengua («algunas cosas», «esos, aquellos», «aquel señor») o la sencilla desviación del problema. La respuesta de la ciudadanía ha sido tajante, no los perdonan. Muchos opinólogos han expresado la misma idea en su columna de análisis político. Por no hablar del clamor en la calle.

El perdón es una táctica política de escasa hondura intelectural (utilizada meses atrás por Juan Carlos de Borbón) que ya no cuela. Podría colar si se intuyera en el Gobierno un mínimo de sinceridad en las disculpas, si lo acompañaran de actos naturales a los escándalos como alguna dimisión o despido, si no diera vergüenza ver los vídeos recopilatorios de las cientos de mentiras que el Partido Popular ha dicho públicamente sin apenas sentir pudor.

El último tramo de la legislatura de la derecha está siendo una oda al patetismo. Con la ciudadanía hastiada (incluso su propio electorado) y las calles ardiendo, con la comunidad internacional perpleja ante la incompetencia gubernamental y la mayoría de sectores profesionales manifestándose, el código Mariano del laissez faire hace aguas por todos los frentes. Sorprende ver las repetidas actuaciones de quien acusaba a Rodríguez Zapatero precisamente de lo mismo.

Su sistema de gestión de grupos puede funcionar en ámbitos reducidos, pero a nivel nacional resulta ridículo pensar que el tiempo y la autogestión de las organizaciones vaya a solucionar los problemas de España. A Rajoy se le está cayendo el castillo de naipes porque nunca asumió un liderazgo basado en decisiones e infraestructura política. Se limitó a ser un presidente cómplice de un sistema podrido que subsistía por inercia pero que en cuanto se le ha atacado organizadamente se ha derrrumbado.

Hoy intenta colar ese perdón (sin derecho a réplica, claro) mientras deniega comisiones de investigación por todos los gobiernos autonómicos y se enroca intentando controlar el desaguisado que le come por dentro. Ni sus cuatro contertulios comprados aplauden con entusiasmo su honestidad.

Y ese es su mayor pecado, con su historial de mentiras, Rajoy ha perdido el derecho a pedir perdón. Ya nadie le cree, ni a él, ni a su partido.

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