12 de noviembre del 2019
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Dimitió Tsipras y la práctica totalidad del abanico político se le echó encima, aunque da la sensación que fueran cuales fueran sus próximas decisiones, lo hubieran hecho de igual manera. Los proeuropeístas porque creen que su posición ha significado un desplante a Europa y que esto dificultará la recuperación en el contexto que exige el Eurogrupo (que es lo mismo que decir el FMI y la Troika), los antieuropeístas porque entienden que Tsipras ha terminado heredando el papel de los mandatarios precedentes y la parte de Syriza rebelde, que exigía un mejor resultado de la negociación, se han sentido directamente traicionados.

Así pues no le quedaba otra al primer ministro griego que refrendar su liderazgo con unas nuevas elecciones e intentar poner el contador a cero. La jugada es inteligente a nivel partidista y de supervivencia a medio-largo plazo (máxime con el recuerdo de Papandreu y el Pasok), porque en apenas medio año Tsipras y Syriza no habrán sufrido un desgaste tan grande como para no volver a ser el partido más votado, los nuevos recortes aún no habrán afectado a la población y las nuevas listas que configure Tsipras serán de su plena confianza. Eso sí, la mayoría quedará lejos y planea la posibilidad de que se funde un nuevo partido, escisión de Syriza. Y a partir de ahí tendrá que hacer malabares para mantener la cohesión interna, calmar la indignación ciudadana y aplicar sus políticas de izquierda desde una posición débil y ante unas circunstancias tremendamente adversas.

¿Tenía otra opción Tsipras? Decía no hace mucho Varoufakis que no le quedaba otra al primer ministro que aceptar el rescate, pero el aroma que desprende el resultado de la negociación es el propio de una derrota contundente. Con un as en la manga como el apoyo al OXI del pueblo griego, se antojaba que Syriza y Tsipras iban a aspirar a mucho más de lo que consiguieron: una rendición elegante y tardía. Y es que Grecia podía haber hecho valer con más ahínco ese apoyo ciudadano, apelar a la presión del resto de la Comunidad Internacional y buscar nuevas fuentes de ingresos. Pero hemos de suponer que la economía griega está tan controlada por agentes externos -bancos, acreedores, lobbies y especuladores-, que aplicar la tan mencionada reestructuración parece ciencia ficción, pese a ser el único camino razonable. Por el contrario, las exigencias del Eurogrupo, los principios de este liberalismo salvaje y la falta de voluntad de quienes parecían tenerla, condenan al pueblo griego a una larga travesía por el desierto.

Que el ejemplo de Syriza suponga el primer conato de rebelión en una Europa podrida o no sea más que otro triunfo de la derecha neoliberal, se verá con el paso del tiempo y dependerá de nuevos actores en el escenario internacional. De momento, la vieja guardia resiste y se alborotan de gozo -como ya escenifica Rajoy y su equipo en clave electoralista– y el cambio en Europa parece más lejos. Pero si al pueblo se le acaba la paciencia y estalla, su codicia puede terminar pasándoles factura.

 

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