15 de septiembre del 2019
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Como el ‘No a la guerra’ o como el 15M con ‘No les votes’. Porque hay gritos que no se pueden contener, injusticias que no se pueden obviar, razones que caen por su propio peso. El sábado, miles de personas abarrotaron el centro de Madrid en una concentración sin precedentes en contra de las violencias machistas. Una protesta colorida, transversal y con aire festivo contra uno de los problemas más vergonzantes que afectan a nuestra sociedad. No podía ser de otra manera, a los asesinatos se les responde con vida, a la tristeza con una sonrisa.

Vivimos tiempos que destacarán en los libros de historia, las mujeres se han organizado desde abajo, con horizontalidad, para responder con firmeza a la violencia machista. La revolución democrática de los últimos años (contra las políticas represivas, patriarcales y retrógradas del Gobierno y de la Unión Europea) han traído consigo un nuevo renacer del feminismo, la llamada tercera ola, bien asentado en sus bases, con la complicidad y el empuje de las jóvenes y los jóvenes y con un color, el morado, con el que todas las personas se sienten representadas. Además, ha conseguido aunar cada vez más actores y asociaciones (más de 400 ayer participaban en la concentración).

 

La fuerza de esa marea humana debería servir para que reaccionaran con contundencia los actores políticos y el rugido de las calles se trasladara a la instituciones, bien por la misma actividad y presencia de mujeres y hombres feministas, o bien porque los partidos tradicionales se vean obligados a trasladar ese grito. No es de recibo que los avances en el terreno de la igualdad se vean lastrados por las políticas austericidas o que el papel de la mujer se vea reducido en los espacios públicos como si se trataran de escenarios reversibles.

Como ha sido la tónica general en los últimos años, da la sensación de que son los movimientos sociales quienes actúan y se vertebran con más velocidad y contundencia contra las injusticias que sufrimos (sólo ayer, tres muertes más). Y es que, a fuerza de crecer su militancia, al final se va transformando la realidad con cambios que luego viviremos como obviedades. Ni los partidos políticos ni la prensa, que ha dado un ejemplo más de inoperancia y miopía con respecto a esta protesta, han estado a la altura de las circunstancias. Probablemente, nunca terminarán de estarlo.

Será de nuevo la gente quienes impulsen los cambios en las costumbres, reorganicen las instituciones y modifiquen sus estructuras, para combatir y paliar las violencias machistas. Porque pese a la resistencia de la oligarquía y el patriarcado, pese a la ignorancia de los que sustentan las líneas editoriales en los grandes medios o el rechazo de los retrógrados, pese a que esto va a ser una lucha durísima a largo plazo, algo hizo clic el 7N en Madrid. Y no nos podrán parar.

* la fotografía es propiedad de sus autores
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