27 de mayo del 2020
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En uno de los momentos más críticos de mi adolescencia hice un descubrimiento sanador, diría que milagroso en todos los sentidos: el bibliobús. Una vez por semana, aquel autobús lleno de libros se detenía tartaleando en la calle Ramón de Alarcón, muy cerca de casa.

Llegó a ser para mí una especie de Uvi móvil. Allí los libros de ficción, sus colores, sus aromas, sus personajes, sus historias ilusorias y a veces inconcebibles me trataban eficazmente contra la soledad, la crudeza y el descreimiento. Allí descubrí antídotos insólitos y fórmulas magistrales para combatir la orfandad de ánimo y la desorientación, y peligrosísimas y eficaces drogas contra la estupidez y la tristeza. Así me convertí en un bibliómano de mundos prestados, en un yonqui de las palabras y los espejismos.

En aquel bibliobús me enganché severamente a Baroja, García Márquez, Julio Verne, Emilio Salgari, Tolstoi, Unamuno, Valle Inclán, Hermann Hesse, Tomás Salvador, Frank G. Slaughter… Cuando un autor me inflamaba los sentidos de pasiones nuevas, yo me arrebataba, me sobrevenía un síndrome fatal de abstinencia, lo buscaba sin miramientos y corría en bicicleta a la biblioteca pública para consumirlo con afán suicida, sin miedo a sobredosis letales ni a miradas de funcionarios suspicaces.

Eso me ocurrió con Sven Hassel y su batallón de castigo, quienes me sumergieron sin compasión en la Segunda Guerra Mundial. Nunca me decepcionó el danés -dicen que un impostor ajeno a la guerra que jamás pisó una unidad Panzer-, quizá un mentiroso irredento con un don especial para la narrativa. “Motecassino”, “¡Liquidad París!”, “La legión de los condenados”. De él y de su batallón de tipos duros siempre al filo del reglamento, heredé un poso de aversión a las guerras y a los conflictos humanos. Hassel fue para mí el Marcial Lafuente del género bélico.Algunos estupefacientes literarios consumidos en aquel bibliobús de barrio me dejaron secuelas irreparables y magníficas: “El lobo estepario”, “El motín del Caine”, “El duelo”, “La nave”, “División 250”, “Papillón”, “Cien años de Soledad”… Pero sin duda el libro que más dolencias me curó en aquellos años de adolescencia errante fue el primero hallado en el bibliobús, el destino sabrá por qué motivo: “Sinuhé el Egipcio”. Mika Waltari me hizo adicto a la novela histórica.

Durante años leí casi todas las novelas del escritor finlandés -he dado por inasequibles sus obras de teatro y sus poemas- y persisto aún en la búsqueda de algunas de ellas, cuarenta y tantos años después de haber leído la historia de Sinuhé. Durante el confinamiento he localizado “El aventurero” y en su lectura ando, sumergido en los viejos vicios de la adolescencia temprana, polizonte en la máquina del tiempo, alterado mi estado cognitivo por la magia y la palabra, mi ánimo rendido de nuevo a una quimérica percepción de la realidad. Con naturalidad lo asumo: he recaído en las viejas drogas de la juventud. Sigo siendo un yonqui de la imaginación y de los prodigios. No tengo rehabilitación posible. Espero que a ti te ocurra lo mismo.

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Jose Antonio Illanes

José Antonio Illanes es escritor. Trabaja en la multinacional Red Bee Media como subtitulador para sordos y audiodescriptor para ciegos. Acumula multitud de premios en el campo de la narrativa: Gustavo Adolfo Bécquer, Alberto Lista, Malela Ramos, Ciudad de San Sebastián, De Buenafuente, Gabriel Miró, La Felguera, Tomás Fermín de Arteta... Es autor de "Historias de cualquier alma", "La trastienda de la memoria" y "El azor y la zura", premio de novela Malela Ramos. Es colaborador de la revista cultural Atalaya y ahora de La Réplica.
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