27 de mayo del 2020
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Básicamente hay tres tipos de cayetanos: los que de verdad lo son, los que aparentan serlo y los que cretinamente creen serlo. Muchas personas del pueblo chusco encajan en este último tipo al que Carlo Cipolla define como superestúpido: “Una persona que causa pérdidas a otra persona o grupo de personas sin obtener ganancia para sí o incluso incurriendo en pérdidas”. O sea: alguien que defiende a navajazos los intereses de una clase que lleva siglos abusando de la suya. “¿Cómo hemos quedao’ en las elecciones, señorito?”.

El paradigma del segundo grupo de cayetanos –los que aparentan serlo sabiendo que nunca lo serán-, lo tenemos en aquel “noble” escudero que Lázaro de Tormes encontró en Toledo, el colmo de las apariencias: fingidos modales, jubón de fustán, capa frisada y espada de Cuéllar. Mucho postín, sí, pero sin linaje. Puro postureo. En esta España de la Revolución Cayetana a este grupo lo representan algunos elementos de las clases medias y medias altas: los borjamari. O sea.

El primer grupo de cayetanos, los patricios de apellidos compuestos, los herederos del oro que sus tatarabuelos trajeron de América, los legatarios de los predios ganados en guerras contra los moros y contra los rojos, los que riegan sangre azul o celestona, son una minoría a quien la ignorancia del vulgo español, siempre temeroso de los libros, alérgico a las luces, discípulo de pavores y complejos inculcados por un clero ancestralmente hambriento y analfabeto, sometido por la superstición y los palos a tiempo lo han elevado al grado de casta intocable.

A este grupo de cayetanos no lo veremos aporreando cacerolas en las calles. Vigilan desde lujosos tugurios, sentados en sofás tapizados con cretona inglesa, bebiendo Moët & Chandon y fumando puros Montecristo con banqueros, dueños de medios de comunicación y grandes empresarios –lacayos al cabo-, con las guedejas encaracoladas y percochadas de brillantina.

No, los que hacen el ridículo en la calle aporreando cacerolas mientras gritan libertad y piden cabezas jacobinas, son los cayetanos de segunda y tercera clase, franquistas irredentos, jaleados por los manijeros de sus amos, quienes por primera vez en ochenta años sienten amenazados sus intereses y prebendas.

Ante la inminente crisis, rehúyen contribuir por una vez en la historia al salvamento de la patria. Por si fuera poco, millones y millones de euros de vellón procedentes de Europa pasarán ante sus narices sin poderlos mangonear. Por primera vez en ochenta años los limpiabotas empiezan a levantar la cerviz, tienen salarios y pensiones casi dignas, reciben sanidad gratis, ERTES y ayudas en tiempos de pandemia, becas para sus hijos y muy pronto sustento mínimo vital. Y hasta ahí podíamos llegar.

¿Sobrevivirá la España cayetana, su España, sin limpiabotas? No. Se impone tumbar cuanto antes al ilegítimo Gobierno rojo –en España los Gobiernos rojos son siempre ilegítimos-, y la mejor ocasión para tumbarlo es aprovechar una pandemia. Los cayetanos de segunda y de tercera, pisaverdes y pelentrines venidos a más, palurdos con suerte de vivir en barrios ricos, mercaderes, tiburoncillos financieros y rentistas de fortuna, measalves con aroma a Paco Rabanne, sudaderas de Versace y bolsitos de Vuitton, blanqueados por los lacayos mediáticos de las élites, son la vanguardia, los mandados a provocar algaradas y a romper la paz social. ¡Viva la libertad! ¡Viva España! ¡Abajo el Gobierno ilegítimo! La vieja cantinela del viejo fascismo.

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Jose Antonio Illanes

José Antonio Illanes es escritor. Trabaja en la multinacional Red Bee Media como subtitulador para sordos y audiodescriptor para ciegos. Acumula multitud de premios en el campo de la narrativa: Gustavo Adolfo Bécquer, Alberto Lista, Malela Ramos, Ciudad de San Sebastián, De Buenafuente, Gabriel Miró, La Felguera, Tomás Fermín de Arteta... Es autor de "Historias de cualquier alma", "La trastienda de la memoria" y "El azor y la zura", premio de novela Malela Ramos. Es colaborador de la revista cultural Atalaya y ahora de La Réplica.
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    3 Réplicas

  1. J Carlos

    Sencillamente maravilloso. Qué buen retrato, qué buena descripción tipológica, qué justos adjetivos, qué bien en su lugar les deja a los y las cayetanas! Y qué bien dicho! Gracias, Sr Illanes.

  2. Jorge Vetti

    ¡Excelente, Compañero!
    Como dice J. Carlos, ¡Qué buen retrato! Ayuda a comprender lo «incomprensible». Teniendo a C. Cipolla como formidable guía en el análisis de la «Estupidez Humana», no deja de causar consternación la actuación de tantos oligofrénicos, incapaces del mínimo razonamiento, manejados por lo más degradado de la especie humana.
    La maldad de esta gente, su odio hacia la Vida, sus más que mezquinos intereses, su servilismo, su necesidad de pertenencia a «la manada» como forma de afrontar su enorme complejo de inferioridad, su insolidaridad absoluta, su ingratitud (recordemos al genial J. Swift exponiendo al desagradecido como el más detestable de los humanos), los convierte en muy peligrosos esbirros de quienes los dirigen.
    Lucidez, Compañero. El único arma efectiva para detener esta inmundicia.
    Por eso, vuelvo a felicitarte.

  3. Carlos González Sanz

    Perfecto retrato. Pero me da a mí que hoy en día (siguiendo con una analogía literaria y sin negar que es muy acertada la que propone el artículo) los de la segunda clase se parecen más al D. Pedro de ‘Los santos inocentes’.
    Qué pena de país: la Ilustración pasó de puntillas y lo poco que nos dejó lo arrancaron de cuajo los del «Vivan la caenas».
    Como anécdota, de hace solo dos o tres años, he llegado a oír a una persona mayor de un pueblecito del Prepirineo oscense utilizando el término «ilustrado» como insulto para criticar a quienes promovían la creación en su zona de una reserva de la Biosfera, posibilidad que gente como la del citado ejemplo (fieles miembros de las clientelas que siguen existiendo en un mundo rural dominado por la oligarquía y el más rancio caciquismo) malogró.

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