12 de diciembre del 2019
La Réplica La Réplica La Réplica La Réplica La Réplica



Os voy a contar una historia que merece la pena que leáis.

El 13 de marzo de 1964 Kitty Genovese, una camarera de Nueva York, regresaba en coche a su casa. Eran alrededor de las tres de la mañana cuando aparcó a unos 30 metros de su edificio, situado en una zona residencial del barrio de Queens.

Cuando llevaba unos pasos caminados, un desconocido la atacó por la espalda apuñalándola en tres ocasiones. Ella gritó e intentó zafarse, lo que hizo que el atacante huyera. Kitty se arrastró como pudo hacia el portal de su edificio.

Habían transcurrido tan sólo 10 minutos desde el ataque, cuando el desconocido volvió a aparecer. A pesar de los gritos de desesperación de Kitty, el hombre continuó apuñalándola y, ya medio moribunda, la violó. Tras el asesinato, el desconocido se marchó tranquilamente.

¿Qué tiene de especial este terrible caso? Pues que entre 15 y 38 personas vecinas del barrio (según las distintas fuentes), fueron testigos del ataque y oyeron los chillidos desesperados de Kitty sin hacer absolutamente nada. Nadie llamó a la policía. Algunos incluso declararon que subieron el volumen de la radio para no escuchar los gritos.

Cuatro años más tarde, y a raíz de este caso, los psicólogos John Darley y Bibb Latané quisieron explicar por qué nadie hizo nada a pesar de ser testigos de un asesinato. Querían conocer la razón por la que personas normales y corrientes son capaces de no actuar ante un crimen, actuando de forma tan fría e insensible. Realizaron una investigación en la que demostraron lo que hoy se conoce como «efecto espectador», el cual establece que, cuando hay más personas presentes, es menos probable que alguien intervenga ante una situación de emergencia que cuando está solo.

Entre las diferentes explicaciones que dieron para interpretar este fenómeno estarían:

1) Los testigos asumen que otra persona intervendrá y al final nadie lo hace.

2) Los testigos creen que siempre habrá alguien más preparado que ellos para intervenir (un policía, un médico, etc.) y que, en consecuencia, su ayuda es innecesaria.

3) Las personas sienten que pueden quedar en evidencia ante los demás espectadores si aparece otra persona que ayude de una manera más eficaz que ellos

4) Los espectadores temen quedar en ridículo si ofrecen una ayuda que no ha sido solicitada.

5) Las personas evaluamos las reacciones de otras personas en una situación de emergencia para determinar si es necesario actuar. Como nadie hace nada, concluimos que nuestra ayuda no es necesaria (ignorancia colectiva).

En definitiva, el grupo hace que se difumine la responsabilidad, de tal modo que una manera de neutralizar el efecto espectador sería que la víctima, en vez de pedir ayuda en general, se dirija a alguien en concreto de entre los testigos. De esta forma la responsabilidad cae en esa persona en concreto en vez de diluirse entre el público. Además, el ver que alguien ayuda tiene como efecto que el resto de los testigos tomen conciencia real de lo que está sucediendo.

Hoy en día seguimos observando el efecto espectador en nuestra vida diaria. Tan sólo tenemos que encender la televisión para ver en las noticias casos en los que las personas son agredidas o tratadas injustamente sin que nadie haga nada. Y no se da exclusivamente ante casos tan evidentes como un asesinato o una violación. Pasa en ámbitos tan cercanos como el trabajo, donde una situación de acoso laboral (mobbing) se perpetúa porque ningún compañero interviene para parar al acosador. Se da en los colegios, donde a pesar de observar cómo un alumno está siendo hostigado, nadie, ni compañeros ni profesores, hacen nada por impedirlo. Lo vemos hoy en día cuando dejamos avanzar al fascismo sin confrontarlo. Simplemente les dejamos hacer. Simplemente nos dejamos llevar.

Decía Edmund Burke que para que el mal triunfe sólo se necesita que los hombres buenos no hagan nada. Todos somos espectadores de la maldad. Si somos insensibles ante la violencia y las injusticias, si no actuamos, también nosotros somos co-responsables.

Han pasado más de 50 años desde el asesinato y violación de Kitty Genovese. Hoy en día poca cosa hubiera cambiado; quizás tan sólo que, además de no socorrerla, muchos hubieran aprovechado para grabar un vídeo de su asesinato y colgarlo en las redes sociales.

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Antonio Romero

Doctor en Psicología por la Universidad de Sevilla. Profesor en el departamento de Psicología de la Universidad de Cádiz. Es autor y coautor de diversos libros académicos, a destacar “Psicoterapia” (Absalon ediciones, 2010) y Psicología del ciclo vital: desajustes y conflictos (El gato rojo, 2012), así como de diferentes artículos en revistas especializadas.
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