20 de octubre del 2020
La Réplica La Réplica La Réplica La Réplica La Réplica



Mi amigo se va de Barcelona. Llegamos hace diez años, casi a la par. En este tiempo hemos pasado de todo. Muchas dificultades, muchas fiestas, muchos eventos, mucha convulsión política, muchos momentos importantes del uno y del otro que eran, a su vez, momentos importantes para los dos.

Desde que nos lo comunicó le hablo menos, encorajado con el mundo como estoy, pagándolo con él porque si no, tendría que pagarlo conmigo mismo. Eludo el tema de su marcha o lo trato de soslayo, como si por hacerlo no fuera a suceder. Pero se va. Y, a decir verdad, era la crónica de una deserción anunciada.

No se me escapa que uno de los motivos de su marcha es el económico. Esta ciudad te ahoga con alquileres abusivos, caseros que solo piensan en pagar la casa de veraneo, vecinos especulando con el Airbnb de turno y personas que entienden la vida en común como un mercado bursátil, donde todo, absolutamente todo, hasta tu propia alma, tiene un precio. A veces me reprocho actitudes del pasado que tuvieron que ver con la desesperación de no encontrar una zona de confort de la que ahora todo el mundo parece empeñado en sacarme.

En Barcelona se sobrevive, con más fuerza si cabe en el sector cultural y comunicativo, a través del apoyo mutuo. Solo así sorteas la precariedad latente y esta toxicidad mercantil. La combatimos a nuestra manera. Trapicheando con oportunidades, soplándonos cada ganga, pasándonos soluciones de estraperlo. Hoy te paso un contacto, mañana me lo pasas tú. Hoy me das tu móvil antiguo y mañana te aviso si voy a tirar el sofá. Y cuando más aprieta la soga, acudimos a nuestro pacto de sangre: pase lo que pase en Barcelona, siempre nos tendremos el uno al otro.

Ahora ya no. Porque no he podido o no he sabido o confiaba tanto en nuestra capacidad de resiliencia, que al final llegó el final. Cada vez más seco de recursos, falto de soluciones, cada vez más inútil, al final fallé.

No es la primera vez que me pasa. De mi primer piso compartido en Barcelona, no queda nadie en la ciudad. Del último, tampoco. De la foto del pasado, apenas queda nada. He visto mucha gente de paso, personas que vinieron a probar y salieron escaldadas, con el rabo entre las piernas. Solo quedan los que nacieron y crecieron aquí, y algunos cuantos elegidos que han encontrado una rutina llevadera a costa de hipotecar sus vidas, frenar su conciliación, descuidar a sus familias o andar aferrados al bote de ansiolíticos.

No comulgo con esta ciudad frenética y psicopática donde cada uno va a lo suyo, se descuidan los afectos, la gente anda hipnotizada por la idea de competitividad y la vida de barrio se deshilacha debido a la gentrificación. No tolero este ambiente que me convierte, sin saberlo y sin quererlo, en alguien que no quiero ser. A veces imagino a mis supuestos hijos correteando por un parque, y nunca, nunca, jamás, ese parque está en Barcelona.

No soporto a esta ciudad cuya promesa no era nada, que descuida a los suyos, espanta a mi gente y acoge con honores al mejor postor. Odio a esta urbe en la que me siento cada vez más solo. No la aguanto y, sin embargo, aquí sigo. Como forma de resistencia, por coraje, por amor propio, por orgullo, por cabezonería, porque siento que irme es fracasar. Hasta en eso me han inoculado un discurso que no es el mío.

Me digo a mí mismo que tenemos derecho a ser felices donde un día imaginamos nuestro futuro y nos vimos mejores, que el mundo no es de nadie como a veces parece, que la calle es nuestra, la vida era esto y si queremos desafiar a nuestro Hollywood, pues con dos bemoles, lo hacemos. Y aquí sigo, la última pieza de un puzle decrépito, dándole a la tecla al tiempo que el mundo se descompone, el racismo se apodera de las calles, las fakes campan a sus anchas, las ciudades se convierten en el escenario de un teatro atroz y mis amigos, lentamente, paso a paso, gota a gota, se van mientras invoco un sueño que ya solo existe en mi cabeza.

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Javier López Menacho
Escritor. Comunicación digital. Sus cinco libros: Yo, precario, Hijos del Sur, SOS, 25 casos para superar una crisis de reputación digital, El profeta y Yo, charnego. Ha sido traducido al griego y al alemán. En 2014, cofundó La Réplica, periodismo incómodo.
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